Poco menos de siete años tenía Ella Kissi cuando le diagnosticaron asma, en los dos años siguientes fue hospitalizada 27 veces, muchas de ellas tras convulsiones provocadas por crisis respiratorias severas, junto a su madre vivían en el sur de Londres, a apenas 25 metros de una de las avenidas más transitadas de la ciudad, jamás en ninguna de esas múltiples hospitalizaciones, se identificó la contaminación del aire como una posible causa asociada a su enfermedad.
El 15 de febrero de 2013, pocas semanas después de cumplir nueve años, la niña murió de un paro respiratorio agudo.
La primera investigación judicial sobre su muerte, en 2014, fue breve y por decir lo menos evasiva, concluyó que la crisis final pudo haberse desencadenado por “algo en el aire”, una frase vaga con la que se decía mucho y al tiempo nada, pero que archivaba el expediente sin abrir ninguna pregunta incómoda, no obstante Rosamund, la madre, no se conformó con esa frase, durante años reunió historiales médicos, insistió ante los tribunales, consiguió un informe pericial que concluyó que existía “una posibilidad real de que, sin los niveles ilegales de contaminación del aire, la niña no hubiera muerto”. Logró que la primera conclusión judicial fuera anulada por el Tribunal Superior de Londres y se abriera una segunda investigación, esta vez con acceso a algo que nadie había examinado antes, los niveles exactos de contaminación que rodeaban la casa de la familia, medidos día tras día, durante años y que por alguna de esas razones poco ortodoxas se mantenían ahí en un archivo, pasa en Londres y pasa también por estas tierras de este lado del mundo.
Lo que encontraron fue perturbador, la concentración de dióxido de nitrógeno y de material particulado cerca de su casa superó de manera sostenida las guías de la Organización Mundial de la Salud; en el caso del dióxido de nitrógeno, además, incumplía la propia legislación europea y nacional, no se trataba de un episodio aislado, de una fábrica que un día falla o de un accidente industrial que obliga a evacuar un barrio, era el aire de todos los días, el que entraba a su casa mientras la niña dormía, el que respiraba camino al colegio, un veneno que venía siendo medido, jamás se les advirtió del peligro.
El 16 de diciembre de 2020, el juez a cargo de la investigación, Philip Barlow, llegó a una conclusión que ningún tribunal en el mundo había formulado antes en términos tan exactos, la exposición a la contaminación del aire hizo una “contribución material” a la muerte de la niña, es decir un Juez la certificó como causa, junto a la insuficiencia respiratoria y el asma severa que la desencadenaron directamente, en Colombia a esto se le conoce como responsabilidad compartida. Ella Kissi se convirtió así en la primera persona en el Reino Unido, y, según se cree, en el mundo, en tener la contaminación atmosférica escrita en su certificado de defunción como causa de muerte.
El reconocimiento judicial no fue el final de esta historia, cuatro años después, en octubre de 2024, tres departamentos del gobierno británico (Ambiente, Transporte y Salud) emitieron una disculpa formal a la familia y llegaron a un acuerdo económico, tras una demanda civil que Rosamund había iniciado ese mismo año, el comunicado ministerial reconoció algo poco frecuente en el lenguaje burocrático estatal, que niños como Ella “no deberían tener que sufrir por culpa de nuestro aire”. Rosamund no se detuvo ahí, hoy exige al Parlamento una norma que obligaría al gobierno a fijar como meta reducir la contaminación por partículas finas a niveles seguros diez años antes de lo que actualmente está comprometido.
En lo personal lo que más me impacta no es ninguno de esos hitos legales, por históricos que sean, no, se trata de algo que la propia Rosamund confesaría después, con una franqueza devastadora, y es que ella sostiene que si hubieran sabido a tiempo el riesgo que la contaminación representaba para Ella, mudarse de esa casa habría sido lo primero que habrían hecho, pero acá no hubo un aviso, una recomendación, absolutamente nada, el sistema tenía la información, se guardó un vergonzoso silencio, la familia jamás la recibió, y aquí es donde pienso como padre de tres hijos, como abogado dedicado al litigio ambiental de alta complejidad, como carajos no indignarse, pero sobre todo vienen a mi mente casos que trabaje donde incluso los niveles de contaminación son más altos y de una forma bastante complaciente esos datos se ignoran.
No fue solamente el aire lo que la mató, fue también el silencio, el Estado británico sabía o tenía todos los medios técnicos para saberlo, que esa avenida incumplía de forma sistemática los límites legales de contaminación, existían estaciones de medición, existían las mismas guías de la Organización Mundial de la Salud que el propio juez citó en su decisión, toda esa información circulaba en informes técnicos, en bases de datos ambientales, en comités de expertos, a la única que no llegó fue a la única persona que quizás habría podido hacer algo distinto con ella, una madre que llevó a su hija al hospital una y otra vez, buscando una respuesta que ningún médico le dio completa.
Hay algo actual en esta historia, y por eso resulta tan inquietante, no hablamos de una catástrofe común, por ejemplo una explosión, un derrame de químicos, una nube tóxica que obliga a evacuar un pueblo entero y que uno puede fotografiar como prueba irrefutable del daño, hablamos de partículas que no se ven, de gases sin olor perceptible de un daño que se disuelve en la rutina diaria, caminar al colegio, abrir la ventana, respirar.
El daño ambiental que conocimos durante el siglo pasado tenía la forma del accidente, algo se rompía en un instante y ese instante era el que el derecho debía juzgar, el daño ambiental de este siglo, en cambio, en muchas ocasiones no hace ruido, pero además es invisible y se acumula, lo más sorprendente es que no es un caso aislado; la contaminación del aire contribuye hoy a más de una de cada cuatro muertes de niños menores de cinco años en el mundo, según el último informe conjunto del Health Effects Institute y UNICEF.
Nuestras instituciones fueron diseñadas casi siempre para reaccionar frente al accidente; ¿Pero qué hacemos cuando el daño no tiene un instante único, sino miles de instantes idénticos, repetidos durante años, sin que nadie los sume ?
Han pasado más de diez años desde que Ella dejó de respirar, y su historia sigue citándose en tribunales de distintos países, cada vez que un juez en algún lugar del mundo se enfrenta a la misma pregunta que el juez de Londres tuvo que responder primero, cuando el veneno no tiene ni olor ni color, cuando se disuelve en lo más ordinario de la vida cotidiana, ¿de quién es, exactamente, la obligación de advertir a tiempo?
Posdata: Mientras el mundo discute en voz alta sobre lo trivial y lo ruidoso, el verdadero peligro casi siempre avanza en silencio, Ella Kissi no murió en medio de un escándalo, la niña murió en medio de sus rutinas diarias, quizás valga la pena, de vez en cuando, bajar el volumen de lo urgente para escuchar lo que en realidad importa.





