En esta última semana se ha instalado un nuevo debate en la agenda pública colombiana, la aplicación de bloqueadores puberales y terapias de hormonación cruzada en menores de edad, en algunos casos desde los 9 años. La discusión cuestiona si los niños y niñas están en capacidad de decidir sobre este tipo de procedimientos a tan temprana edad, especialmente cuando la evidencia científica aún no es concluyente sobre las consecuencias que estos tratamientos tienen para su salud física a largo plazo.
Países como Suecia y Reino Unido, ante esa misma cautela por la falta de evidencia científica firme, han decidido frenar este tipo de intervenciones médicas en menores de edad, priorizando el principio de precaución clínica.
Esta controversia se convierte en la oportunidad perfecta para formularnos una pregunta urgente que nos atañe a todos y que quisiera que no eludas, sino que afrontes en este mismo instante:
¿Existe alguna parte de tu cuerpo que rechaces o que te cueste aceptar? No te tomes la pregunta a la ligera; hazte el cuestionamiento con calma, no hay prisa, tómate tu tiempo… aquí te espero.
Si tuvieras tanto dinero como para arrojarlo por la ventana, ¿te someterías a una intervención quirúrgica para modificar o erradicar esa parte de ti que no terminas de aceptar? ¿si fuese necesario asumirías el riesgo de tu salud o la vida si fuese necesario?
Atravesamos la era de la posmodernidad, un momento histórico donde como sociedad nos cuestionamos todo, pero especialmente nuestro cuerpo y nuestra propia naturaleza. Cuestionamos desde el dedo meñique, la más mínima arruga o el porcentaje de grasa, pasando por los glúteos y el busto, hasta llegar al cabello.
No obstante, esta inconformidad ha trascendido lo estético para convertirse en un cuestionamiento existencial y biológico. Hoy presenciamos el rechazo a la estructura orgánica sexual, la proliferación de identidades transespecie que rechazan la condición humana, y corrientes como el transhumanismo, que buscan reemplazar tejidos biológicos por tecnología. A esto se suma el avance de la ingeniería genética orientada al diseño de «bebés a la carta». En resumen, la autodiscriminación del propio cuerpo y la natural esencia.
Que paradoja, en la cultura de la vida fitness, de lo saludable y lo natural, rechazamos lo más natural que tenemos: nuestro propio cuerpo.
La sociedad contemporánea está experimentando una marcada “cuerpofobia” y “humanofobia”. Autodiscriminamos nuestro cuerpo y nuestra humanidad: exigimos ser aceptados por los demás, pero nos rechazamos a nosotros mismos; pedimos proteger la naturaleza planetaria, pero descuidamos y saboteamos la naturaleza más primaria que poseemos: nuestra propia biología.
Si abogamos por respetar la naturaleza y erradicar la discriminación, el primer paso ético debe ser reconciliarnos con nuestra propia biología.
Es momento de hacer las paces con tus pies, tu rostro, tus ojos, tu pecho y tus formas y con cada rincón de tu cuerpo. No se trata de adaptarnos a un dictamen o categoría social, sino de reconciliarte con la esencia biológica que te constituye: reconciliarte con tu propia casa.
Tu verdadera primera morada no es el planeta ni la estructura física donde vive tu familia; la casa primaria es nuestro propio cuerpo, nuestra naturaleza, en la cual viviremos cada uno de los días de nuestra vida. y una de las metas más elevadas de la salud mental es aprender a habitarla en paz.
Protejamos esta casa. No hagamos nada que la dañe ni la expongamos a factores que la vulneren, desde una mala alimentación hasta sustancias o procedimientos perjudiciales. Antes de someter tu cuerpo a riesgos irreparables, concédete la oportunidad de sanar la relación con ese rasgo, con ese dedo meñique, con ese cabello o con esa parte de nuestra anatomía que hoy nos resta salud mental.
Desafortunadamente, hemos sido testigos de cómo muchas personas destruyen sus cuerpos o pierden la salud —e incluso la vida— en el intento de modificar, extirpar o amoldar su estructura física a un ideal o a una apariencia momentánea.
Frente a este panorama, querido lector, te planteo dos reflexiones finales: ¿consideras que un niño cuenta con la madurez psicológica para asumir las consecuencias irreversibles de estos tratamientos? Y en nuestro caso como adultos, ¿no deberíamos agotar primero la vía de la reconciliación emocional con nuestra biología antes de acudir al bisturí o a la alteración química?
Antes de cerrar esta columna, hago un llamado a ponernos en los zapatos de todas aquellas personas que luchan contra la aversión a alguna parte de su anatomía. Si a muchos de nosotros nos cuesta lidiar con una pequeña inconformidad en nuestra silueta, imaginemos la carga de quienes sufren una intensa aversión hacia todo su cuerpo. Nuestro acompañamiento y apoyo comprensivo son vitales, en lugar de la crítica o el juzgamiento desde el desconocimiento.
Que los avances médicos y tecnológicos sean herramientas para preservar la vida y la salud, no para mutilar nuestra humanidad ni enseñarnos a aborrecer lo que biológicamente somos.





