Los resultados de PISA 2025 llegaron esta semana con el titular que Colombia sigue estancada con rendimientos cómo lectura en mínimos históricos, matemáticas en el sótano, y programación, como última entre países OCDE. La narrativa en general que se está suscitando, y que termina por echarle la culpa a FECODE, al Ministerio, a los jóvenes y hasta a los teléfonos, está pasando por alto un dato que no encaja en ella.
El 82% de los jóvenes colombianos de 15 años reporta tener curiosidad por aprender, y eso supera el promedio de la OCDE (73%); además el 76% se esfuerza más cuando las tareas se complican, frente al 60% del promedio comparado; y finalmente, solo el 15% considera que el colegio fue una pérdida de tiempo.
Para mi estos números revelan que la situación no es de voluntad, porque cuando la motivación intrínseca es alta y los resultados son bajos, el vacío no está en el joven, sino en lo que rodea al joven.
¿Qué hay en ese hueco entonces? Primero, lo obvio, infraestructura. El 63% de los estudiantes asiste a colegios donde falta material educativo – libros, computadores, laboratorios-; el 62% estudia en instituciones con fallas físicas, es decir, edificios deficientes, iluminación pobre, mala acústica que no funciona. Y esto más allá del problema de infraestructura educativa genérica, es un problema de capacidad para enseñar lo que PISA 2025 ahora mide.
Recordemos que PISA introdujo un dominio nuevo, la resolución de problemas computacionales. Allí no se pregunta si los jóvenes usan tecnología, sino si pueden comprender un problema, diseñar y crear una solución. Es decir, si pueden pensar como solucionadores de sistemas complejos, no como consumidores de herramientas. Colombia quedó última entre países OCDE en eso. La mayoría ni alcanza el nivel básico.
¿Cómo se enseña eso sin computadores? ¿Cómo se enseña diseño de soluciones sin laboratorios donde experimentar? Ese es parte del vacío, del hueco.
Pero creo que hay otro tema que lo hace más profundo, y es que entre 2022 y 2025, el acompañamiento familiar se desplomó. En 2022, el 67% de los padres conversaba regularmente con sus hijos sobre problemas escolares, mientras que, en 2025, eso bajó al 53%.
Y lamento contradecir a quienes lo dicen, pero eso no es pereza estudiantil, es una clara evidencia de desarticulación del ecosistema de aprendizaje. El joven colombiano tiene toda la curiosidad del mundo y ningún lugar donde desplegarla, es decir, asiste a la escuela con grandes esfuerzos propios y de sus padres, a escuelas con recursos limitados, sin espacios para experimentar, y además sin acompañamiento en casa.
Hay un espacio vacío entre lo que ese joven quiere ser y lo que el sistema le permite ser.
Mis pocos lectores dirán que escribo sobre desarrollo económico, y ¿esto que tiene que ver?, a lo que debo anotar, pues aquí es donde la situación deja de ser “educativa” para convertirse en un problema de competitividad territorial.
La economía del conocimiento no necesita gente que memoriza fórmulas, necesita con furia gente que resuelve problemas complejos, que combina disciplinas, que diseña soluciones para contextos específicos. Eso es lo que mide PISA 2025 cuando evalúa resolución de problemas computacionales. Eso es lo que demanda la especialización inteligente, lo que exigen bioeconomía, GovTech, clusters de innovación, personas que entienden sistemas, que crean con tecnología, que no solo la consumen.
La generación que hoy tiene 15 años llegará al mercado laboral en cinco a diez años. Si las brechas de aprendizaje que PISA midió no se cierran ahora, si el hueco entre su talento y su potencial sigue sin rellenarse, esa generación ingresa a un mercado que exige especialización inteligente con déficits que no puede cerrar en años. Eso no es un problema de educación, es un problema de capacidad competitiva territorial a futuro.
La respuesta no es nueva, pero sí es específica. Tiene cinco letras. STEAM (ciencia, tecnología, ingeniería, arte, matemáticas) no como acrónimo inglés “mete mono”, sino como metodología que enseña a resolver problemas complejos, a diseñar, a combinar disciplinas. Es lo opuesto a aprender fórmulas sin contexto, y es precisamente lo que PISA 2025 evalúa ahora.
Pero eso requiere infraestructura adecuada (computadores, laboratorios, espacios de experimentación), maestros entrenados en enseñanza por resolución de problemas, acompañamiento en familia (escuelas que comuniquen qué se aprende y por qué importa), y como complemento, políticas que alineen educación con demanda económica real. Políticas de competitividad.
El riesgo es claro; si no se rellenan esos huecos ahora, con decisión y recursos, esa generación de jóvenes (motivados, perseverantes, curiosos) llega a un mercado laboral que no tiene espacio para ellos. Si se posterga, estaremos años cerrando brechas, en los que nuestros territorios, los más pobres en particular, pierden capacidad competitiva en una economía que demanda talento que resuelve problemas, no que los sufre.
Boris F. Zapata Romero
(Para La Razón.Co | 08.09.26)





