La asfixiocracia

Felipe Sánchez Iregui
22 minutos atrás

¿Cuándo los parques dejaron de ser para los niños y pasaron a ser para las mascotas ?

Un experimento social sobre la libertad de expresión

Hoy escribo este artículo como una provocación deliberada, un detonante diseñado específicamente para generar debate, crítica, incomodidad y cuestionamiento público. Este texto es la trampa perfecta que he construido para el debate, y la regla del juego es clara: todo aquel que decida opinar, indignarse, aplaudir o contradecir lo que aquí se expone, automáticamente pasará a formar parte activa de nuestro experimento social sobre la asfixiocracia.

Querido participante de este experimento, no olvide que la indignación es el combustible más rápido para viralizar una idea en las redes sociales

Así que piénselo bien antes de escribir una sola línea en contra o en favor de este articulo: ¿Se atreve a hablar, o prefiere caer mansamente en este experimento?

Asfixiocracia

He creado esta palabra para explicar algo muy sencillo que nos pasa hoy: es cuando vivimos en una supuesta democracia donde todavía hay votaciones y leyes, pero el ambiente para hablar se volvió irrespirable y que en verdad creo que ya hay cosas de las que no se nos permite hablar u opinar. Básicamente, es el gobierno del ahogo. Pasa cuando los algoritmos de las redes, los linchamientos de la gente determinan lo que se puede decir y lo que no y al final, la libertad de expresión deja de ser un derecho y se vuelve una trampa: si abres la boca, te asfixian. Es la típica dictadura de lo correcto y del miedo, donde nadie se atreve a ser espontáneo ni a llevar la contraria por temor a que lo destruyan.

“El experimento del parque: midiendo el alcance de la libertad de expresión, la asfixiocracia y el colapso del debate público

Objetivo: Observar, documentar y analizar la respuesta social y de conducta digital de una comunidad urbana ante la publicación de este texto que desafía abiertamente el dogma imperante sobre el uso de los parques públicos, exigiendo priorizar los derechos de los niños por encima de las mascotas y señalando la crisis higiénica (excrementos, olores, enfermedades) bajo el concepto de la asfixiocracia.

Qué creo que pasará?

Para echar a andar esto, lo primero es el canal: montarlo en una cuenta o medio digital local de buen tráfico en redes —grupos vecinales bien pesados de Facebook, hilos en X enfocados en la movida urbana o portales de opinión de barrio—. ¿Qué se lanza? El contenido completico: el argumento sin filtros sobre cómo hay que rescatar los parques para los niños y sacarlos de esa colonización canina y de la dictadura de la corrección moral.

¿Cuál es la jugada que espero de salida? Este artículo va a prender fuego y a romper el cristal del ecosistema digital, radicalizando las aguas entre la indignación visceral de los colectivos animalistas y el desahogo callado, guardado por pura autocensura, de los papás y vecinos cansados de los parques donde ya sus hijos y nadie puede sentarse o jugar  por la falta de aseo.

Desde mi análisis desde el observatorio de redes sociales de conexión consciente y mi experiencia en la libertad de expresión en medios digitales pasaremos sin duda por tres momentos de comportamiento social bien marcados en las primeras cuarenta y ocho horas de estar publicado:

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El primero de esos momentos será lo que denomino la turba moral (la indignación en automático) ¿Cómo reaccionan? En los primeros treinta minutos, la publicación se llena de una avalancha de respuestas viscerales, agarrándose únicamente del titular o de medias verdades sin sentarse a leer el fondo de la reflexión. ¿Qué se dice en la sredes? Lo de siempre: “Los perros sienten igual que los niños”, “El verdadero monstruo es el que odia a los animales”, “Seguro son unos amargados sin corazón”. ¿Qué pasa por debajo? Se enciende la maquinita de la asfixiocracia digital. Nadie se pone a debatir el problema higiénico ni el derecho de la infancia; el libreto es atacar al emisor para matarle la reputación. De una aparecen los intentos de cancelación masiva, los reportes coordinados para que se baje el post y las etiquetas para descalificar.

El segundo se presentará cuando la mayoría silenciosa ( se rompe la tensión) reacciona. Y es que ya pasado el chaparrón de insultos de los primeros momentos, empiezan a asomarse comentarios más sensatos, casi siempre desde perfiles que no se exponen tanto o directamente al privado del autor. ¿Qué dicen? Al fin alguien se atreve a decirlo”, “Llevar a mis hijos al parque de la esquina se volvió imposible por el olor y las heces”, “Amo a los perros, pero el espacio público tiene reglas”. ¿Qué pasa por debajo? Pues que se desinfla la burbuja de la autocensura y  el artículo termina funcionando como un espejo que saca a flote esa frustración que media ciudad tenía trancada en la garganta por miedo al qué dirán los defensores radicales y viscerales de las mascotas.

El tercer momento será la contradicción estéril (El atolladero de trincheras) ¿Cómo reaccionan? Los dueños de perros tachan a los papás de “fascistas ecológicos“, y los defensores de los niños les responden llamando a los animalistas “egoístas insalubres“. ¿Qué pasa por debajo en las redes? El algoritmo, que se lucra de la pelea y la contradicción, premia el choque, por lo que la sección de comentarios se vuelve un circo romano donde los líos de fondo —la zonificación, el civismo, la salud pública— se disuelven entre gritos y groserías.. Personalmente creo que ya es hora de redefinir esa palabra de “tendencia en redes”, porque a mi juicio no es solo aquello de lo que todo el mundo habla, sino especialmente eso que logra prenderle candela a la confrontación.

Pero qué pasaría si sacamos esta discusión de las redes y la llevamos a la realidad práctica  de los insultos de internet a la realidad de la calle y  armamos una intervención urbana clavando un letrero temporal —diseñado con un tono firme pero educado— en tres parques de alta movida en la ciudad, con un mensaje directo: “Este espacio de juegos es para el desarrollo seguro de la infancia. Por higiene y salud pública, evitemos el ingreso de mascotas y sus desechos. Cuidemos a los niños” (con un código QR ahí pegado que manda directo a este artículo).

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¿Qué se podría a medir con este experimento practico?:

¿Cuánto aguanta ese letrero antes de que lo arranquen, lo rayen o lo llenen de groserías los transeúntes ofendidos?

Que interesante seria ver la cara  y los gestos, los murmullos y las expresiones de los dueños de perros cuando pasan al lado del aviso, comparados con las reacciones de los papás con niños pequeños.

Será que de verdad algún vecino se atreve a pararse y reclamarle con educación al dueño de la mascota que deja defecar al perro en la zona de los niños, o si lo que manda es el silencio sepulcral por terror a que se armen los golpes.

Conclusión esperada del experimento

Este experimento social demostraría empíricamente que la asfixiocracia no es una teoría abstracta, sino una realidad cotidiana. Revelaría lo que todos sabemos, pero nadie se atreve a decir y es que las redes sociales han dejado de ser un lugar de deliberación racional y convivencia cívica para convertirse en un terreno de fricción identitaria donde el miedo a la sanción social y la tiranía de la sensibilidad malinterpretada paralizan el sentido común.

Al final, el experimento confirmaría que la única forma de sanar la vida social es romper el silencio, aceptar la incomodidad del debate real y obligar a las instituciones a poner orden donde la buena educación y el civismo han fracasado.

¿ Será que con este experimento y artículo estoyinvitando a que los concejos municipales de las grandes ciudades tomen acción sobre lo que se ha vuelto un tema de salubridad publica ?

La zonificación mediante decretos municipales obligatorios pondría orden a través de la arquitectura y la ley: delimitar perímetros innegociables para la infancia —libres de heces, orina y alérgenos— al tiempo que se habilitan espacios exclusivos y dignos para los animales (dog parks), para aplicar el principio básico de la convivencia urbana: el respeto mutuo mediante límites claros.

En la asfixiocracia en la que vivimos, un decreto así provocaría una reacción visceral inmediata pues aquellos que han convertido a las mascotas en un estatus moral y afectivo intocable lo interpretarán no como una medida de salud pública, sino como una declaración de guerra cultural o un acto de “crueldad”. Las alcaldías que se atrevan a firmarlo necesitarán una enorme voluntad política, valor político y blindaje institucional (del cual creo que carecen) para soportar la presión digital, los reclamos de colectivos animalistas y las críticas en redes sociales.

La zona de comentarios queda abierta. Cada palabra que escriba, cada réplica airada o cada aplauso cómplice alimentará las estadísticas de esta investigación. ¿Va a quedarse callado y convertirse oficialmente en parte del experimento que demuestra que la asfixiocracia existe ?

  • Felipe Sanchez Iregui es el creador de conexión consciente una iniciativa de responsabilidad social que a través de su observatorio de redes sociales analiza las consecuencias y los problemas que plantea la responsabilidad legal y ética por el uso de las redes sociales