Una clase dirigente que no reacciona y una comunidad que parece haberse acostumbrado al abandono.
Hay momentos en la vida de un pueblo en los que el silencio deja de ser prudencia y empieza a parecerse demasiado a la resignación. Sahagún atraviesa uno de ellos. Resulta difícil entender cómo un municipio que ha tenido representantes en las más altas esferas del poder regional y nacional —gobernadores, congresistas, ministros y hasta un presidente de la República nacido en Córdoba— puede encontrarse hoy sumido en semejante estado de atraso y deterioro.
Basta recorrer sus calles para comprobarlo: huecos, vías deterioradas y obras que parecen no tener fecha de terminación. Hay sectores que, por su estado, parecieran haber sido escenario de una guerra. Pero quizá lo más preocupante no sea solamente el deterioro físico, sino la aparente normalización del desastre.
Obras que se eternizan
Una obra pública puede tener dificultades; lo inadmisible es que estas terminen convirtiéndose en la regla. Las tres cuadras frente al cementerio, por ejemplo, están próximas a cumplir un año de ejecución y aún no terminan. ¿Qué explica la demora? ¿Dónde están los cronogramas? ¿Quién vigila y quién responde?
Algo similar ocurre con la Avenida del Hospital, cuyo nuevo asfalto ha generado cuestionamientos ciudadanos por desniveles, ondulaciones y problemas de drenaje. Una vía recién intervenida debería representar una solución, no convertirse en una nueva fuente de preocupaciones. Cuando una obra presenta estas dificultades, corresponde explicar qué ocurrió con la ejecución, la supervisión y la interventoría.
El dinero público no puede terminar pavimentándose dos veces porque la primera obra quedó mal.
23 años hablando de agua
Si existe un símbolo de la crisis institucional de Sahagún, ese es el servicio de agua potable. Después de 23 años de operación privada, todavía hay sectores donde el agua escasea durante días o semanas. A esto se suma que las intervenciones sobre las redes implican romper calles que, en ocasiones, quedan deterioradas y sin una solución visible para los usuarios.
Por eso resulta insuficiente seguir explicando el problema únicamente con lo que ocurría hace cuarenta años. La pregunta de hoy es mucho más concreta: ¿qué ha ocurrido durante estos 23 años? ¿Cuánto se ha invertido? ¿Cuánto se ha subsidiado? ¿Qué obligaciones contractuales se han cumplido? ¿Cuáles no? ¿Qué resultados se han obtenido y quién ha ejercido el control?
Mientras se buscan respuestas, los ciudadanos buscan agua. La situación ha llegado al extremo de que algunos habitantes están recogiendo agua de las fuentes construidas en los parques municipales para atender necesidades básicas. Pocas imágenes pueden expresar con mayor crudeza la magnitud del problema.
Otra vez los pozos
Ahora se habla de un contrato cercano a $14.000 millones para reactivar los pozos profundos, una fórmula que ya se ha intentado en anteriores ocasiones sin alcanzar una solución definitiva. La pregunta, entonces, es inevitable: ¿qué hace diferente este nuevo intento?
Antes de comprometer semejante cantidad de recursos, la ciudadanía merece conocer los estudios técnicos, los antecedentes de los proyectos anteriores, las razones de sus resultados fallidos, el alcance del nuevo contrato y las garantías de que esta vez la solución será sostenible.
Sahagún no necesita otro anuncio sobre el agua. Necesita agua.
Anuncios, servicios y responsabilidades
Desde la Gobernación se anuncian obras e inversiones con frecuencia, pero en Sahagún comienza a crecer la sensación de que abundan los anuncios y escasean los resultados. El gobernador Erasmo Zuleta Bechara corre el riesgo de ser visto como una especie de pregonero del Gallo de Oro: anuncia y anuncia, pero cuando llega el momento de comprobar los resultados, muchos se preguntan dónde está el gallo.
El alcalde, por su parte, tampoco puede seguir refugiándose en discursos reciclados sobre la antigüedad del problema del agua. La historia ayuda a entender el origen de una dificultad, pero no puede convertirse en excusa para perpetuarla. Gobernar implica explicar qué se hará, cuánto costará, quién lo ejecutará, cuándo estará listo y cómo se garantizará que funcione.
Y la crisis no termina allí. La recolección de residuos es irregular; unos días hay servicio y otros no. Con Afinia, los apagones y las interrupciones también forman parte de las preocupaciones cotidianas de los usuarios. Son problemas distintos, pero tienen algo en común: la ciudadanía espera servicios públicos confiables y respuestas concretas.
Un pueblo que necesita despertar
También hay que mirar hacia adentro. Los líderes sociales, que deberían estar unidos alrededor de los grandes problemas del municipio, con frecuencia terminan enfrentados entre ellos mismos. Mientras se desgastan en disputas, los problemas estructurales permanecen.
Y la comunidad tampoco puede ser completamente ajena a esta realidad. Cuando una sociedad termina acostumbrándose a los huecos, al agua que no llega, a las obras inconclusas, a la basura acumulada y a los anuncios incumplidos, la indignación se convierte en costumbre.
Sahagún necesita despertar, no para destruir ni para convertir las diferencias en confrontación, sino para exigir.
Exigir cuentas, cronogramas, calidad, transparencia y resultados. Exigir que cada peso público produzca beneficios verificables y que los responsables de los servicios públicos respondan por su gestión.
¿Quién podrá salvar a Sahagún?
La pregunta es inevitable: ¿quién podrá salvar a Sahagún?
La respuesta quizá sea la más incómoda: nadie vendrá a salvarnos. No será otro discurso, ni otro anuncio, ni otro contrato presentado como la solución definitiva.
Sahagún tendrá que comenzar por salvarse a sí mismo. Eso implica una clase dirigente capaz de gestionar y rendir cuentas; líderes sociales capaces de superar sus disputas; organismos de control que ejerzan efectivamente sus competencias; y una ciudadanía que abandone la indiferencia y recupere su capacidad de organizarse y reclamar.
Después de tantos representantes, anuncios, inversiones y promesas, ya no necesitamos que nos expliquen por qué Sahagún está atrasado.
Necesitamos saber por qué seguimos atrasados y quién va a responder para que dejemos de estarlo.
Porque Sahagún no puede seguir sobreviviendo entre calles destruidas, obras eternas, agua ausente, apagones, problemas de aseo y promesas repetidas.
Ya es hora de despertar.
Porque la pregunta no debería ser quién podrá salvarnos.
La verdadera pregunta es cuánto tiempo más vamos a permitir que nos sigan dejando hundir.





