En 2025 Colombia exportó banano por US$1.309 millones, un récord empacado en 133 millones de cajas, 21,6 % más que el año anterior, según Augura. Pero detrás de la cifra hay un dato que no puede pasar inadvertido respecto a Urabá, el corazón bananero del país, que tiene hoy 32.465 hectáreas sembradas, cerca de 2.600 menos que en 2019. El negocio crece, pero su frontera está copada y el crecimiento sale a buscar tierra en otra parte.
Córdoba es esa tierra, pero ¿estamos preparados para aprovecharlo sin una política pública de competitividad?
La Unidad de Planificación Rural Agropecuaria (UPRA) zonificó el país para banano de exportación y encontró 5,1 millones de hectáreas aptas. Córdoba aporta 730.919, el 14,3 % del total, solo detrás de Magdalena. De ellas, 64.503 son de aptitud alta, la cuarta cifra nacional. Y Montería es el municipio con mayor área apta de Colombia con 180.446 hectáreas. La UPRA no lo deja en una tabla, sino que señala expresamente a Montería, junto con Palmira, como zona de alto potencial para la expansión de las siembras.
Una política seria de especialización inteligente invita a leer los datos como son, y para el caso el 59 % del área apta del departamento es de aptitud baja, principalmente por restricciones de humedad. Pero eso no invalida la vocación, lo que hace es indicar dónde debe ir la inversión, en este caso en drenaje y adecuación de tierras. Esa misma vocación se extiende al plátano, que Córdoba ya produce a escala y que comparte con el banano sus exigencias y también sus riesgos sanitarios.
Hace año y medio, desde la Secretaría de Competitividad de la Gobernación, comenzamos a abrir las puertas del departamento a C.I. Unibán, la mayor comercializadora bananera del país, para que viera en Córdoba su siguiente frontera productiva. Hoy hay 60 hectáreas sembradas en el corregimiento La Madera, en San Pelayo, dentro de un proyecto que se acerca a las 700 en el Sinú medio. Si se replica la proporción de Urabá, unos 24.000 empleos directos en cerca de 35.000 hectáreas, 700 hectáreas significarían del orden de 480 empleos formales directos y un x10 en indirectos.
Es un primer paso, no un logro consumado. Y lo que venga dependerá menos del suelo que de lo que se haga alrededor de él.
Aquí entra la especialización inteligente, un concepto que suele confundirse con escoger cultivos desde un escritorio, cuando es otra cosa; es concentrar recursos públicos y privados donde el territorio tiene ventajas verificables y donde es posible sumarles conocimiento, tecnología y encadenamientos. La aptitud es la condición de entrada, mientras la competitividad se construye.
La propia UPRA lo sugiere en su análisis multicriterio. En el componente socioeconómico, el factor de mayor peso no es el suelo sino la infraestructura y la logística (43,2 %), seguido de la asociatividad y la institucionalidad (23,3 %). Lo que define si una región compite es cómo saca la fruta y cómo se organiza para producirla.
La investigación Competitividad del banano colombiano: una mirada desde el caso ecuatoriano (Ruiz-Contreras, Rodríguez y Redondo-Méndez, I+D Revista de Investigaciones, 2022) lleva esa idea a la comparación con Ecuador, primer exportador mundial. Ambos países tienen condiciones de cultivo similares, pero Ecuador siembra más del triple del área colombiana y exporta cerca de 6,9 millones de toneladas al año. Desde el enfoque de competitividad sistémica, los autores ubican la diferencia en la coordinación entre Estado, empresas e instituciones, y concluyen que Colombia “no presenta un modelo de desarrollo unificado” para competir. Córdoba no puede darse el lujo de repetir esa fragmentación a escala departamental.
Si la apuesta es una agroindustria y no un enclave, cada actor tiene tareas concretas. Al sector público le corresponde entender para atender la logística hacia los puertos, la adecuación de tierras en las zonas con restricción de humedad y, con urgencia, la bioseguridad. El Fusarium raza 4 tropical está confirmado en Colombia desde 2019; un protocolo departamental con el ICA protege tanto al banano que llega como al plátano que ya sostiene miles de economías campesinas. También le toca incorporar la apuesta en los instrumentos de ordenamiento territorial y en la agenda de la Comisión Regional de Competitividad e Innovación.
Al sector privado le corresponde que la empresa ancla no crezca sola. En el Magdalena, cooperativas de pequeños productores exportan con certificación Fairtrade integradas a comercializadoras. Ese es el camino, medianos y pequeños productores como proveedores con acceso a mercado, asistencia técnica y precio. Eso es creación de riqueza, no asistencialismo.
A la academia, con Unicórdoba y el SENA a la cabeza, le toca formar el talento técnico que el cultivo exige, investigar en drenaje y sanidad vegetal y abrir líneas de valor agregado para la fruta de rechazo, que hoy se vende sin transformar o se pierde.
Las 60 hectáreas de La Madera pueden ser el comienzo inteligente de una agroindustria bananera en el Sinú, o el inicio de otro enclave que produce fruta pero deja poco valor en el territorio. La diferencia no la marcará la tierra, sino la capacidad de construir competitividad.
Boris F. Zapata Romero





