El IDEAM confirmó algo que veníamos monitoreando desde hace meses, el Fenómeno de El Niño ya inició oficialmente en Colombia, tres meses antes de lo previsto, y con una probabilidad alta de convertirse en uno de los eventos más intensos desde 1950. La noticia llegó acompañada de cifras que no admiten ambigüedad, condiciones de sequía prolongada para el segundo semestre, mayor evapotranspiración, presión sobre embalses, sobre la generación hidroeléctrica y sobre la agricultura y producción pecuaria.
Y ahí está lo interesante, la ciencia se adelantó. El sistema de monitoreo internacional, acoplado con el trabajo del IDEAM, detectó la señal antes de lo esperado y la puso sobre la mesa con semanas de anticipación. La cuestión ahora es si esa anticipación se traduce en algo concreto para quien tiene que decidir qué hacer, el ganadero que define cuándo mover el hato, el mandatario que sabe de la importancia del sector agropecuario, el arrocero que calcula la siembra, la asociación del distrito de riego que programa la distribución del agua.
Pensemos en el territorio como un organismo. Un organismo recibe estímulos constantemente, calor, presión, dolor, y los traduce en reacciones casi instantáneas gracias a un sistema nervioso que conecta cada terminación sensorial con el cerebro. El país tiene cada vez más sensores, estaciones climáticas, alertas satelitales, boletines del IDEAM y de sus organismos de prevención que llegan con precisión creciente. Lo que no tenemos es el procesador, el cerebro que tome esa señal de la red y la convierta en decisión a nivel de finca, de vereda, de cadena productiva.
Los datos recientes confirman que el cuello de botella ya no es el cableado. Según la Encuesta de Calidad de Vida 2025 del DANE, presentada hace pocas semanas a la OCDE, Colombia llegó a 73.9% de hogares con acceso a internet, y por primera vez más de la mitad de los hogares rurales, el 56.9%, está conectada, reduciendo la brecha urbano-rural a unos 20 puntos. La respuesta de la OCDE fue contundente, tener conexión no garantiza aprovecharla. Asi que, si ya tendimos buena parte de los nervios, lo que falta es el cerebro que los conecte con la decisión.
No es la primera vez que pasa. El Niño 2015-2016 nos dejó una lección que vale la pena recordar con números, no con generalidades. En ese episodio, 3.8 millones de hectáreas en Colombia quedaron bajo fuerte amenaza de sequía, y en Córdoba y Sucre la producción de yuca, arroz y ganadería sintió el golpe directo. La información sobre el fenómeno también existía entonces, los modelos climáticos también advirtieron con tiempo, asi que lo que faltó no fue el dato, y aunque la red era de menor calidad que hoy, fallo entonces, cómo es posible que ahora, la conexión con quienes tenían que actuar.
Aquí es donde la transformación digital debe dejar de ser una cosa etérea para pasar a convertirse en una decisión de construcción de lo territorial; lo que permitiría que una alerta agroclimática se traduzca en una acción específica para el ganadero de Ayapel, o Boyacá, para el caficultor del Huila o Quimbaya, y para el arrocero del Guamo o del Casanare.
Y para que ese sistema nervioso tenga sentido, necesita dos cosas que ya hemos venido planteando. Necesita especialización inteligente, porque no todos los municipios ni todas las cadenas productivas enfrentan el mismo riesgo de la misma manera, y un sistema que trate igual a la ganadería de sabana que al arroz de riego termina sin servirle bien a ninguno.
Y necesita el lente de la bioeconomía, porque la respuesta a una amenaza climática recurrente no puede ser solo resistir el golpe, tiene que ser construir modelos productivos que conviertan esa recurrencia en ventaja, variedades más resistentes, sistemas silvopastoriles, manejo del agua que funcione tanto en sequía como en exceso.
Hay algo de esa transformación que ya empieza a adoptarse en el campo colombiano, aunque todavía a escala incipiente. Collares y sensores que monitorean la temperatura corporal, la rumia y el comportamiento del ganado permiten detectar estrés calórico y problemas de salud antes de que se reflejen en pérdida de peso o de producción de leche, justo lo que un ganadero de Ayapel necesitaría frente a un episodio prolongado de altas temperaturas.
Del lado agrícola, con Aclímate Colombia, Fedearroz puso a disposición más de veinticinco años de datos de cosechas y experimentos agronómicos, que junto con información de Fenalce, la Federación de Cafeteros e IDEAM alimentan un sistema que traduce el pronóstico climático en recomendaciones de siembra para arroz, maíz y café.
La tecnología existe, lo que falta es multiplicar para que llegue al territorio donde más se necesita. La diferencia entre el discurso y la transformación y adopción tecnológica se mide en la escala de decisión que la alerta de esta semana nos exige tomar, no después, sino ya.
Boris F. Zapata Romero







