La FIFA y el fuera de lugar ambiental que le pitaron en Suiza

Javier De La Hoz Rivero
3 horas atrás

@javierdelahoz20

Esta semana arrancó la fiesta mundial del fútbol, confieso que soy un aficionado absoluto de esta cita global. Pocas cosas reúnen al planeta como un Mundial, durante un mes, husos horarios distintos laten al mismo ritmo, países que jamás se cruzarían en otro escenario comparten una misma tarde, y millones de personas que no saben nada las unas de las otras celebran o sufren por lo mismo.

No vengo a aguar esa fiesta, vengo a contar algo que ocurrió lejos del campo, en una oficina suiza, y que debería interesar a cualquiera que en su trabajo prometa ser “amigable con el Medio Ambiente”.

La historia empieza en el mundial anterior,  a muchos nos sonó, en su momento, la promesa que acompañó al Mundial de Qatar 2022, esto es, sería, según se anunció, el primer Mundial “totalmente neutro en carbono”, era una frase elegante, de las que quedan bien en un comunicado y tranquilizan conciencias, el problema es que alguien decidió tomársela en serio y hacer las verificaciones correspondiente.

Organizaciones ambientales de cinco países europeos (Bélgica, Francia, Países Bajos, Suiza y el Reino Unido) presentaron quejas, y un órgano suizo de control de la publicidad (la Comisión Suiza de Lealtad – organismo de autorregulación que vigila que los mensajes comerciales no engañen) concluyó en junio de 2023 que esa afirmación de neutralidad no estaba sustentada.

En lenguaje futbolero, le pitaron un fuera de lugar a la FIFA,  la jugada parecía válida, el gol parecía legítimo, pero la revisión en el VAR mostró que la posición era irregular desde antes de que el balón se moviera.

Conviene entender por qué se levantó esa bandera, porque ahí está la lección que trasciende el fútbol, y es que la neutralidad de carbono que promete un gran evento descansa en una secuencia que suena impecable; primero se miden todas las emisiones, luego se reducen las que sean posibles, y al final se compensan las que quedan comprando créditos o bonos como algunos le llaman, que financian proyectos ambientales en otra parte.

Medir, reducir, compensar, el ritual es correcto. El problema aparece cuando uno mira de dónde sale realmente la huella ambiental de un Mundial de futbol. La inmensa mayoría de las emisiones (los cálculos hablan de un 80% o más)  proviene de los aviones, los vuelos de los aficionados, de los equipos, de las delegaciones que cruzan el mundo para estar presentes, y eso es, justamente, lo que la organización no puede reducir. Puede hacer estadios eficientes, separar la basura, instalar paneles solares, etc, pero no puede impedir que medio planeta tome un avión.

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Cuando lo que más contamina es precisamente lo que no se puede reducir, la palabra “compensar” empieza a cargar con un peso enorme. Compensar deja de ser el último eslabón de un esfuerzo genuino y se convierte en el recurso que sostiene, contablemente, una promesa que la realidad física no respalda, se sigue emitiendo igual, pero se declara neutralidad porque en algún lugar del mundo se plantaron árboles o se financió un parque eólico, por ejemplo.

 La Comisión suiza fue precisa en ese punto; observó que la FIFA no había probado las compensaciones que decía haber realizado, que no definió un plan claro para compensar el resto, y que ni siquiera estaba claro si el nivel de compensación prometido era realista.

No dijo que compensar esté mal; dijo algo más incómodo, que no se puede anunciar como un hecho consumado una neutralidad que no se ha demostrado. La diferencia entre “estamos trabajando para reducir nuestro impacto” y “somos neutros en carbono” no es de menor, no es semántica, es la diferencia entre una aspiración y una afirmación, y solo la segunda compromete a quien la pronuncia.

El Mundial que arranco esta semana, repartido en tres países y decenas de ciudades, con más equipos y más partidos que nunca, será según los estudios independientes el más intensivo en emisiones de la historia del torneo.

La FIFA, hay que decirlo, tiene una estrategia de sostenibilidad publicada, se ha fijado metas de reducción para los próximos años y ha certificado sus operaciones bajo estándares internacionales, no obstante  la sombra de Qatar persigue cada anuncio, una vez que un regulador declaró infundada una promesa de neutralidad, todas las promesas siguientes se leen con otros ojos.

La credibilidad, en esto, también se gana y se pierde como en el fútbol, por lo que uno hace, no por lo que uno proclama antes del pitazo inicial.

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Y aquí es donde esta historia, que parece ajena, toca de cerca a quien produce, exporta o invierte desde Colombia. Lo que le ocurrió a la FIFA no es una excentricidad deportiva,  es la punta visible de un cambio que ya está en marcha, destacando  además que  quién levantó la mano para que se revisaran las afirmaciones de la FIFA no fueron gobiernos ni grandes potencias, fueron organizaciones de la sociedad civil, con sede en cinco países.

Cada vez más, las afirmaciones ambientales de una empresa “producto sostenible”, “operación carbono neutro”, “compensamos nuestra huella”, dejan de ser un adorno de mercadeo para convertirse en declaraciones que alguien puede examinar, cuestionar y, eventualmente, declarar engañosas.

En Europa avanza una regulación específica sobre esta clase de afirmaciones, y los compradores internacionales empiezan a exigir que lo que se dice en la etiqueta se pueda probar con documentos. Una empresa colombiana que exporte café, flores o cacao prometiendo neutralidad de carbono o que diga que es ambientalmente sostenible está expuesta exactamente al mismo escrutinio que recibió la FIFA, la diferencia es que la FIFA tiene quién la defienda y resista el golpe reputacional, un exportador Colombiano, quizás no.

La conclusión  como aficionado y como abogado es sencilla, compensar no es reducir, anunciar no es probar, y la sostenibilidad, cuando se convierte en una afirmación pública, deja de pertenecer al terreno de las buenas intenciones para entrar en el de la responsabilidad, donde cada palabra puede ser revisada como se revisa una jugada dudosa. El mensaje no es dejar de aspirar a la neutralidad; es dejar de anunciarla antes de haberla ganado, decir menos y poder demostrarlo siempre será más sólido que decir mucho y no resistir la repetición de la jugada.

Disfrutaré este Mundial, gritaré los goles, sufriré los penales, defenderé a mi selección, pero cada vez que vea la palabra “sostenible” en una valla del estadio, no podré evitar la pregunta que esta semana le devuelvo a quien me lee; y es que si hasta el evento más vigilado del planeta no logró sostener su promesa verde ante un simple órgano de publicidad, ¿cuántas de las afirmaciones ambientales que se publican  hoy, con la misma ligereza con que se anotan en un comunicado de prensa, resistirían que alguien, algún día, decida tomárselas en serio?