Juan sobrevivió al terremoto de Venezuela, pero hoy aprende a vivir sin su esposa y sus dos hijos. Por su parte, Ana María perdió a toda su familia —sus padres y sus hermanas— en el sismo de hace pocos días en Colombia.
Así como Juan y Ana, hoy se encuentran miles de personas sobrevivientes que afrontan, ya no las sacudidas de la tierra, sino las réplicas demoledoras de la ausencia de sus seres más amados.
Querido lector, te pregunto: ¿qué es más complejo? ¿Sobrevivir a la furia de un terremoto o aprender a vivir sin aquellos que el sismo nos arrebató?
Quizá en este momento, en lo más profundo de tus pensamientos o desde la impresión de los hechos, pienses que en el lugar de Juan o Ana habrías preferido no salir con vida. Muchos llegan a sentir que quedarse bajo los escombros junto a los suyos habría sido mejor que despertar a un mundo sin ellos.
Te preguntarás: “Javier, ¿de dónde saca uno fuerzas y razones para seguir cuando la gente que ama ya no está?”.
No existen fórmulas mágicas ni discursos simplistas que borren la devastación del duelo. Sin embargo, quiero compartirte una razón humilde y respetuosa. No busca anestesiar el dolor, sino más bien aportar sentido en medio de la incertidumbre que deja la ausencia de ese otro que le daba propósito a la vida. Compartiré con la sincera intención de acompañar con palabras que sean bálsamo de esperanza para el alma afligida por aquellos que hoy ya no están.
La razón que les comparto se sostiene sobre una paradoja sanadora: la misma fuerza que hoy te tienta a rendirte es la que tiene el poder de devolverte a la vida.
Haz una pausa y pregúntate: ¿por qué alguien colapsa y siente que no puede continuar tras perder a los suyos?
La razón es muy clara: por amor. Porque los amaba con tal intensidad y las consideraba tan centrales e importantes para su vida, que de golpe todo carece de significado y no logra percibir un futuro sin ellas.
Pero analiza esto con detenimiento: si la razón principal para darnos por vencidos ante la pérdida es el profundo amor por quienes la muerte nos arrebató, entonces ese mismo amor debe ser la razón que nos devuelva el sentido y el propósito para darlo todo en vida.
Tal vez pienses: «Javier, suena contradictorio, no te comprendo». Permíteme explicártelo así:
Imagina por un instante la escena invertida: no fuiste tú quien sobrevivió, sino el ser que más amas en esta tierra (tu hijo, tu madre, tu pareja o _______________). Si tú hubieses partido y uno de ellos quedaran con vida, ¿qué les pedirías desde el fondo de tu corazón?
Jamás desearíamos la autodestrucción de quienes amamos. Ningún padre le exigiría a su hijo renunciar a la existencia; ningún hijo querría ver a sus padres apagarse en vida, y ninguna pareja con amor auténtico pediría el colapso del otro tras su partida.
Si yo no estuviera, desearía que el amor de los míos trascendiera el llanto para convertirse en honra. La honra entendida como una demostración viva de aprecio y valoración profunda. A mi hijo le diría: «Hijo, si me amas, hónrame viviendo; viviendo con mayor propósito que si yo no me hubiera ido». Lo mismo para mis padres, mi esposa y toda la gente que amo: si me aman, hónrenme con vida, no con muerte y dolor.
Detente un segundo y escucha en tu interior: ¿qué te pediría hoy esa persona que físicamente ya no te acompaña, pero cuyo amor sigue presente en ti?
Si le preguntáramos a los dos pequeños de Juan, ¿qué le exigirían a su padre desde el amor puro? ¿Qué le susurraría su esposa? Y en el caso de Ana, ¿cuál sería el mandato de sus padres y hermanas? ¿Qué querrían para su futuro?
Las respuestas no admiten duda. En lo más profundo del alma sabemos con exactitud cuál es la última voluntad de quienes perdimos: nos quieren de pie. Una certeza que nos revela qué nos aman eternamente y que desean que ese amor no se extinga en nosotros en el mar del dolor.
Aprendamos a transitar por las dos facetas del amor que les guardaremos por siempre: la faceta del sufrimiento y la tristeza por la muerte, pero a su vez —y a su debido tiempo— la faceta de la resurrección. Esa resurrección a la esperanza de por qué seguir viviendo, y también la resurrección de la honra que se rinde con vida a la memoria de quienes más amamos.
Abrazo con mi más sincera condolencia a cada persona que ha sufrido la pérdida de un ser querido en estos trágicos sismos o en las tempestades inesperadas de la vida. Le pido a Dios que derrame paz y consolación sobre sus corazones afligidos.
Que ese amor incondicional por quienes hoy les duelen hasta en la última fibra de su ser no los hunda en el desamor por la vida, sino que se convierta en el motor invencible para levantarse y tributarles, cada día de su existencia, la más alta honra a su memoria. Porque a quien se ama de verdad, se le ama y se le honra para siempre.





