El sismo del 10 de agosto no fue un evento imposible ni completamente inesperado desde el punto de vista geológico; estaba dentro de los terremotos que la historia y la tectónica de Colombia hacen posibles. Lo inesperado era su fecha exacta.
Los registros históricos muestran que nuestro país ha experimentado numerosos sismos fuertes desde, al menos, el siglo XVI.
En Colombia, los terremotos de magnitud 7 o superior han ocurrido históricamente con intervalos muy variables: desde aproximadamente una década hasta varias décadas. En la serie histórica, el intervalo más corto es de unos 9 a 12 años y el más largo de 61 a 79 años, según los eventos y magnitudes que se analicen.
El terremoto de Armenia ocurrió hace 27 años; sin embargo, el terremoto grande anterior en términos de magnitud fue el del Bajo Baudó, Chocó, en 2004. Por su parte, el Servicio Geológico Colombiano registra alrededor de 2.500 sismos al mes en el país, pero la gran mayoría son pequeños y únicamente los detectan los instrumentos.
Colombia sí tiene antecedentes suficientes para considerar probable que ocurran terremotos fuertes de magnitud 7 o superior a lo largo de las décadas. La historia sísmica de Colombia muestra que dos terremotos grandes pueden ocurrir con pocos años de diferencia, pero también que pueden transcurrir varias décadas entre ellos. No existe un calendario sísmico.
Por eso, la cronología sirve para demostrar que los terremotos grandes forman parte de la historia geológica de Colombia, pero no permite establecer una fecha fija para el próximo.
Haz una pausa en este punto, querido lector, y confronta esta realidad: Si tengo por seguro que un nuevo terremoto vendrá en el futuro, pero no sé ni el día ni la hora de este evento, ¿cuál será tu postura?
La opción más insensata es asumir que tu hogar y tu familia no les ocurrirá esta clase de tragedias; por otra parte, lo más sensato y prudente que podrías hacer es lo siguiente:
Evaluar la estructura: Verificar que la edificación cumpla con la norma NSR de construcción sismo resistente. Si la vivienda es antigua, autoconstruida o presenta grietas e inclinaciones, hazla revisar por un ingeniero estructural.
Cuidar la arquitectura: No derribar muros ni vigas, ni construir pisos adicionales sin licencias ni asesoría técnica.
Asegurar el entorno: Anclar fachadas, tanques, cielorrasos y estanterías. Alejar camas y escritorios de ventanas o muebles pesados que puedan volcarse.
Diseñar el Plan Familiar de Emergencia: Establecer rutas de evacuación, puntos de encuentro seguros y asignar roles de asistencia para niños, adultos mayores y mascotas.
Armar el kit de supervivencia (72 horas): Agua, alimentos no perecederos, botiquín, medicamentos de uso diario, documentos de identidad, linterna, radio a pilas y silbato.
Dominar los cortes de servicios: Saber dónde y cómo interrumpir el paso de agua, gas y energía eléctrica de manera segura.
Entrenar la reacción: Durante el evento: agacharse, cubrirse y sujetarse. Nunca correr por escaleras ni abordar ascensores en pleno movimiento telúrico.
Es posible que me digas: «Javier, es que donde vivo es una zona de baja sismicidad, no veo necesario hacer todo esto…». Mi querido lector, no existen lugares completamente libres de terremotos. Es posible que donde vives sean muy poco frecuentes y de baja magnitud, pero jamás imposibles.
Llegados a este punto, haré un giro brusco pero necesario: debemos entender que un sismo tectónico no es la única fuerza capaz de desplomar un hogar. Existen otros “terremotos” silenciosos pero devastadores que sacuden los cimientos de la familia, resquebrajando no solo las paredes de la casa, sino la estructura emocional y espiritual de quienes la habitan, sin importar la zona ni la ciudad donde vivan.
El terremoto de la infidelidad y la traición.
El terremoto de la enfermedad crónica o terminal.
El terremoto de la depresión, el pánico y la ansiedad.
El terremoto del desempleo y la quiebra financiera.
El terremoto de las adicciones y las dependencias.
El terremoto de _________________ (escribe aquí el que consideres).
Con psicoeducación y conocimiento podemos identificar factores de riesgo, reconocer señales tempranas, fortalecer factores protectores y reducir la probabilidad de que determinadas crisis se agraven. Sin embargo, caemos en la trampa de pensar y asumir que la tragedia es un asunto ajeno. Vivimos esquivando diagnósticos, ignorando los síntomas de fractura relacional y omitiendo cualquier tipo de prevención, hasta que las grietas colapsan el techo. Para cuando reaccionamos, suele ser trágicamente tarde.
Por favor, familias: deténganse un momento. Dediquen tiempo a conocer la verdadera estructura de su hogar, a evaluar los riesgos emocionales que los amenazan y a reforzar sus muros afectivos. Prevenir no es un acto de paranoia, es la más alta manifestación de amor para salvaguardar no solo las cuatro paredes en las que duermen, sino la vida que comparten.
Ha llegado la hora de asumir la prevención como un estilo de vida frente a cualquier réplica que amenace a los nuestros. La forma correcta de hacerlo es amar y valorar el presente, pero preparar la estructura familiar como si el terremoto fuera a ocurrir en cualquier momento.
Estén atentos, reflexionen y ejecuten los cambios necesarios. Nadie conoce el día ni la hora en que la tierra —o la vida— volverá a sacudirnos.





