De cada 100 empresas creadas en Colombia, solo 33 llegan al quinto año de operación. Simultáneamente, investigaciones académicas recientes muestran que entre 60% y 70% de los empresarios colombianos presentan deficiencias significativas en capacidades gerenciales como liderazgo estratégico, adopción tecnológica, diseño de procesos, e incluso en básicos como mercadeo y ventas.
Son dos ángulos del mismo problema, originado en que quienes las lideran no tienen capacidades para escalarlas, protegerlas de crisis ni adaptarlas cuando el mercado cambia.
Hay algo más para observar. Mientras las empresas cierran, existe una inversión pública y privada importante en ciencia que no se traduce en capacidad empresarial real.
Universidades, institutos de investigación y laboratorios generan constantemente nuevos conocimientos y metodologías. Desde la óptica de la competitividad, esa desconexión es un desperdicio de recursos que el Estado tiene que ayudar a resolver.
Colombia invierte 0,21% de su PIB en investigación y desarrollo, menos de la décima parte que el conjunto de países de la OCDE (2,71%). El desperdicio se hace evidente cuando apenas el 0,1% de los doctores formados en Colombia trabajan en industria privada, mientras que en Brasil y Chile es 24%.
Mientras se forma talento científico, la grieta entre conocimiento e implementación empresarial sigue siendo gigante. El resultado es, para el caso, una inversión pública cumpliendo un papel mediocre.
La paradoja es contundente. Colombia tiene universidades con laboratorios de prototipado, profesionales diagnosticando brechas de capacidad y metodologías de transferencia que funcionan.
Uno de los casos que lo prueba es el de la Universidad de La Sabana con Grupo Éxito, que desarrolló tecnología para higienización de líquidos a temperatura ambiente. El proceso fue claro, paso a paso, investigación, prototipo, validación comercial, transferencia, e innovación implementada. No es magia, es transferencia estructurada.
En Medellín funcionó igual un caso de ingeniería biomédica. Una universidad, diez fundaciones con personas en discapacidad y organizaciones de ayudas técnicas, cuyo resultado fueron soluciones reales de rehabilitación. Lo que importa es que cuando existe conexión clara entre academia y demanda empresarial, ocurre la transformación.
Pero estos casos son excepciones. Historias de suerte. La mayoría de empresarios se ahogan en los primeros 5 años porque no encuentran el salvavidas que está a su lado.
Aquí el Estado tiene un rol que no es solo financiar más ciencia; es financiar la conexión entre ciencia y empresa de forma sistemática. Debe actuar sabiendo que hay empresarios cuyas empresas no escalan y no saben a dónde ir porque no existe ruta clara.
El Estado debería crear centros de diagnóstico rápido de capacidades gerenciales, fondos para que laboratorios de innovación conecten activamente con empresarios en crisis, y políticas que obliguen a la investigación pública a demostrar transferencia real a empresas, no solo publicaciones académicas.
Uruguay ofrece una lección que ya he mencionado. Su programa Ceibal comenzó como distribución de computadores y evolucionó hacia un ecosistema de innovación educativa con transferencia real de tecnología, llegando a ser líder regional.
Por eso, cuando la inteligencia artificial generativa llegó, Uruguay pasó fácilmente a modelos donde el maestro conserva el centro de decisión y la tecnología sostiene lo operativo. Colombia puede hacer lo mismo con capacidades gerenciales.
Entre 2022 y 2025, las empresas en liquidación crecieron 160%. Comercio, servicios y manufactura son los más golpeados. Cada cierre es talento desperdiciado, empleos perdidos e impuestos no recaudados. Pero esa alta mortalidad es evitable. Se necesita hacer algo tan obvio como conectar sistemáticamente la inversión en ciencia con el empresario que necesita escalar.
Lo que falta es decisión política para orquestar la conexión. El Estado debe liderar, con seriedad y constancia, la asociación del sector privado, gremios, universidades e instituciones de I+D.
Puede ser un fondo financiando grupos de 100 empresarios en laboratorios durante 6 semanas, centros de diagnóstico rápido donde cualquier empresa analice brechas en 2 días y salga con ruta clara, u oficinas de transferencia en institutos públicos conectando investigadores con empresarios que necesitan escalar.
Cualquiera funciona. Lo que no funciona es esperar.
Colombia invierte en ciencia, forma doctores, genera investigación de calidad. Pero desconectada de la productividad, esa inversión se pierde en la brecha entre laboratorio e implementación empresarial. Y es allí donde mueren las empresas colombianas. La solución es corregir la falla de conexión.





