¿Y después de las corralejas qué? El gran debate sobre la reconversión que aún está pendiente

Raúl Antonio Aldana Otero
40 minutos atrás

La discusión sobre el futuro de las corralejas en Colombia suele reducirse a una pregunta aparentemente sencilla: ¿corralejas sí o corralejas no? Pero el verdadero debate es mucho más complejo y, sobre todo, mucho más urgente.

La Ley 2385 de 2024 abrió una discusión que va mucho más allá de la tauromaquia y de las posiciones enfrentadas entre quienes defienden o rechazan estas prácticas. El gran desafío que se aproxima es responder qué ocurrirá con las miles de personas que viven directa o indirectamente de estas festividades cuando la prohibición produzca plenamente sus efectos.

La Corte Constitucional, al pronunciarse sobre las corralejas, reconoció precisamente la existencia de una realidad económica y cultural que no podía desconocerse de un momento a otro. Por ello estableció un período de transición para permitir procesos de reconversión laboral y cultural.

Y aquí surge la pregunta que debería ocupar el centro del debate público:

¿En qué va realmente la reconversión económica, laboral y cultural?

Porque prohibir puede ser relativamente sencillo. Lo verdaderamente difícil es construir alternativas para quienes dependían de esa actividad.

Las corralejas forman parte de las dinámicas festivas de numerosos municipios del Caribe colombiano. En torno a ellas existe una cadena económica que muchas veces permanece invisible para quienes observan únicamente el espectáculo dentro del ruedo.

Están los ganaderos, toreros y auxiliares, pero también los vendedores ambulantes, comerciantes, transportadores, artesanos, fabricantes y montadores de estructuras, trabajadores temporales, restaurantes, hoteles, pequeños negocios y muchas otras personas que encuentran en estas celebraciones una fuente de ingresos.

Pero hay un sector que merece una atención especial: los músicos.

En muchas de estas festividades, las bandas de viento son protagonistas esenciales. No son un accesorio de la fiesta. Son parte de su identidad.

Y una banda musical también es folclor.

Una banda no es solamente un grupo de personas que toca instrumentos. Es una escuela musical, una tradición familiar, un espacio de formación para niños y jóvenes y un vehículo para transmitir conocimientos, ritmos y repertorios de generación en generación.

Sus trompetas, clarinetes, bombardinos, saxofones, percusiones y demás instrumentos forman parte de la memoria sonora de nuestros pueblos.

Por eso aparece una preocupación que merece mucha más atención:

¿Qué va a pasar con las bandas de músicos cuando desaparezca uno de sus principales mercados de contratación?

Si una festividad contrata varias bandas y esa demanda se multiplica por las numerosas celebraciones que se realizan durante el año, estamos hablando de una fuente importante de ingresos para miles de músicos y sus familias.

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No sería responsable afirmar sin un censo oficial cuántos músicos dependen exactamente de las corralejas. Precisamente ahí está uno de los problemas: el país necesita saberlo.

¿Cuántas personas fueron caracterizadas?

¿Cuántos músicos aparecen en esos registros?

¿Cuántas bandas dependen parcial o significativamente de estas festividades?

¿Quién les ha ofrecido una alternativa laboral?

¿Quién ha diseñado un programa para que puedan seguir viviendo de la música?

¿Se garantizará su contratación en festivales culturales, fiestas patronales, eventos institucionales y otros escenarios?

¿O simplemente desaparecerá la actividad y se esperará que cada músico resuelva individualmente su futuro?

Estas preguntas no pretenden desconocer el debate sobre el bienestar animal. Pretenden poner sobre la mesa la dimensión humana, económica y cultural de una decisión que transformará una tradición profundamente arraigada en amplias regiones del país.

La reconversión no puede significar simplemente prohibición.

La Ley 2385 contempló mecanismos de reconversión económica y laboral y medidas para transformar determinados escenarios hacia actividades culturales, lúdicas, deportivas y artísticas. La Corte Constitucional, además, reconoció la necesidad de una transición.

Por eso resulta legítimo preguntar qué avances concretos se han producido.

No basta con expedir normas, crear mesas de trabajo o anunciar diagnósticos.

La verdadera reconversión comienza cuando una persona que dependía económicamente de una actividad que desaparece encuentra una alternativa real para seguir trabajando y produciendo.

Ese es el punto que debería ocupar el centro de la discusión.

¿Cuántas personas han sido caracterizadas?

¿Cuántas han recibido capacitación?

¿Cuántas han recibido apoyo económico?

¿Cuántas han encontrado una nueva fuente de ingresos?

¿Cuánto dinero se ha destinado a esa reconversión?

¿Y cuáles son los programas específicos para los territorios donde las corralejas constituyen una actividad económica y cultural de enorme importancia?

Hay otra dimensión todavía más compleja: la reconversión cultural.

Una tradición no desaparece simplemente porque una norma determine que una determinada práctica dejará de realizarse. La cultura tiene memoria, identidad, música, gastronomía, artesanía, relatos, símbolos y formas de relacionamiento social.

Si se pretende transformar las fiestas de corralejas, la pregunta no debería ser únicamente qué se va a prohibir, sino también qué se va a construir en su lugar.

¿Por qué no fortalecer los festivales de bandas?

¿Por qué no crear nuevos circuitos culturales que garanticen contratación para nuestros músicos?

¿Por qué no convertir antiguos escenarios en espacios para conciertos, ferias artesanales, gastronomía, danza, teatro, deporte y emprendimiento?

¿Por qué no hacer de la reconversión una oportunidad para preservar el patrimonio musical del Caribe?

Porque existe un riesgo que no podemos ignorar: cuando desaparece el principal mercado que sostiene una manifestación artística, la manifestación artística también puede desaparecer.

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Si las bandas dejan de tener contrataciones suficientes, algunos músicos podrían abandonar la actividad. Si disminuye el número de estudiantes, las escuelas musicales podrían debilitarse. Si desaparecen las agrupaciones, se pierde repertorio, conocimiento y memoria.

Y, finalmente, puede desaparecer una parte de ese sonido que identifica culturalmente a nuestros pueblos.

Por eso sería un error reducir la discusión a la suerte de quienes están dentro del ruedo.

La pregunta debe abarcar a todos los que están alrededor del ruedo.

No se trata de enfrentar a animalistas contra defensores de las corralejas. Tampoco de convertir el asunto en una pelea política.

La decisión constitucional existe y debe cumplirse. Pero cumplir una prohibición no exime al Estado de cumplir también con la responsabilidad de hacer una transición económica, laboral y cultural seria.

Si el Estado considera que una práctica debe desaparecer, tiene también la responsabilidad de explicar cómo acompañará a quienes dependían de ella.

El Caribe merece saber qué se está haciendo.

Y merece saberlo con cifras, presupuesto, programas, cronogramas y resultados.

Queremos saber cuántos trabajadores han sido caracterizados, cuántos han recibido capacitación, cuántos han encontrado nuevas fuentes de ingresos y qué alternativas existen para vendedores, comerciantes, artesanos y trabajadores temporales.

Pero queremos saber especialmente qué futuro tendrán nuestras bandas de músicos.

Porque si cada fiesta pierde sus espectáculos tradicionales, pero no se construyen nuevas oportunidades para quienes vivían de ellos, la reconversión habrá sido solamente una palabra bonita en una ley.

Y si las bandas pierden uno de sus principales escenarios de contratación sin que aparezcan nuevos mercados culturales, podríamos terminar descubriendo demasiado tarde que no solamente desapareció una fiesta: también desaparecieron empleos, escuelas de música, agrupaciones y una parte de nuestra memoria cultural.

La discusión sobre las corralejas no debería terminar en una guerra entre quienes defienden los animales y quienes defienden las tradiciones. Debería convertirse en una oportunidad para preguntarnos qué cultura queremos construir y cómo vamos a garantizar que quienes hoy viven de estas expresiones tengan un futuro digno.

Por eso la pregunta ya no puede ser únicamente:

¿Corralejas sí o corralejas no?

La pregunta verdaderamente importante es:

Si las corralejas desaparecen, ¿qué vamos a construir en su lugar?

Y, sobre todo:

¿Qué vamos a hacer para que quienes hoy viven de ellas no sean las víctimas económicas y culturales de esa transformación?

Ese es el gran debate que todavía está pendiente.

Y el Caribe tiene derecho a que se le responda con hechos, presupuesto y resultados; no solamente con discursos.

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