Dos bombas artesanales de gran podet esperaban enterradas junto a un camino de la vereda Agualinda, en el norte de Antioquia, hasta que un perro las encontró. Xenu, canino antiexplosivos del Ejército, marcó el punto exacto y les dio a los soldados la señal que necesitaban para detenerse antes de dar un paso más.
Los explosivos estaban rellenos con esquirlas de metal, pedazos pensados para salir disparados en todas las direcciones al momento de la detonación. Por ese camino pasan campesinos a diario: a pie, en moto, cargando remesa. Cualquiera pudo haber activado uno de los artefactos sin darse cuenta.
Los militares pertenecen al Batallón de Infantería Liviana N.° 10 “CR. Atanasio Girardot”, de la Cuarta Brigada. Tras acordonar el sector, destruyeron las dos cargas de forma controlada, siguiendo el procedimiento que aprendieron precisamente para momentos así. Nadie salió herido y ninguna casa ni cultivo sufrió daños.
El Ejército responsabiliza del minado a hombres del GAOr Estructura 18, grupo que opera en esa zona montañosa. En el mismo lugar los uniformados encontraron una bandera con los distintivos de la organización armada, colgada como una advertencia para quien pasara por ahí.
Terminado el trabajo, la vía quedó libre otra vez. Los habitantes de Agualinda pudieron volver a transitar por donde siempre lo han hecho, aunque con el recuerdo fresco de lo que había debajo de la tierra.
Ituango carga con una historia larga de artefactos sembrados en sus caminos veredales. Cada hallazgo como este significa una explosión que no ocurrió, una pierna que no se perdió, una familia que no tuvo que enterrar a nadie.
Los soldados dejaron un mensaje para la comunidad, si ven algo raro en el camino un cable, un tarro, tierra removida, no lo toquen y avisen. Esa llamada puede salvar más vidas que cualquier operativo.








