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Aunque sea en otro continente

Por: William Mercado Echenique


Opinión. En pleno Siglo XXI, aún nos comportamos como si muchas de las grandes catástrofes que atacan a la humanidad, fueran solo la ciencia ficción que hemos visto en las películas desde hace tantos años.

Vivir abstraídos en el círculo diario, pendientes únicamente del limitado espacio que abarca nuestras vidas, nos hace permanecer indiferentes ante las calamidades que aunque suceden a miles de kilómetros de distancia, de manera indirecta nos aquejan, pero peor aún si por causa del descuido y falta de atención, la afectación pudiera ser directa.

Aplica para la alarmante situación que se vive por estos días, específicamente en la República Democrática del Congo. Desde mi perspectiva, de lo más preocupante que está sucediendo en el mundo, por las consecuencias aterradoras que se podrían presentar a nivel internacional.

Se trata del nuevo  brote de ébola identificado en la ciudad de Goma, siendo esta la primera ciudad grande en la que se presenta, lo que ha llevado a la organización Mundial de la Salud (OMS) a prender todas las alarmas, conocedores de la facilidad de su propagación.

Sin embargo, son muchos los factores que rodean el negro escenario; el primer elemento en contra, radica en la deficiente infraestructura sanitaria que existe en estas poblaciones, lo que resulta determinante cuando se trata de contener de manera oportuna y segura la rápida y mortal expansión de la enfermedad.

Aunado a esto, está el hecho de que la epidemia se presenta en una de las zonas más violentas del mundo, en donde confluyen todo tipo de milicias, generando lugares de difícil acceso al personal de salud que tiene a su cargo la vacunación, al punto de que, en lo que va corrido del año han sido asesinados siete miembros de las misiones humanitarias que apoyan el trabajo de erradicación de la enfermedad, siendo cada vez mas apremiantes las acciones a realizar, para así cerrar el cerco a la inminente multiplicación de esta.

Como si esto fuera poco, también existe el factor desconfianza entre los habitantes de estas comunidades, frente a los equipos de salud, de quienes piensan que tienen intereses oscuros, que se ocultan en el aparente trabajo humanitario que realizan, llevándolos a no reconocer la existencia de la enfermedad y a no tomar las medidas de cuidado necesarias para evitar su contagio.

La epidemia actual fue declarada el año anterior en el mes de agosto, identificándose que han sido infectadas 2500 personas, de las cuales han muerto 1676, convirtiéndola en una de las peores de la historia, después de la acaecida entre 2014 y 2016 en África del Oeste.

Imposible mantenerse ajenos a semejante realidad, a la que deben volcarse los ojos del mundo entero, atendiendo el llamado hecho por la OMS, en el que advierte sobre la hecatombe que golpearía al mundo si no se lograra frenar la dispersión  de la enfermedad.

Sin duda, deben activarse todos los protocolos de prevención y atención, ante la posibilidad de que se llegaran a identificar probables casos, más aún cuando sus síntomas son muy similares a los de enfermedades muy comunes en nuestro país y región, como lo son la malaria y el tifo, pero con un nivel de letalidad extremo, que no alcanzaría a ser abordado con éxito, sin que cobrara muchas vidas, si no se tomaran las medidas necesarias a tiempo, llevándonos a revivir aquellas épocas del AH1N1, que nos llenó de miedo en su momento, por sus altos índices de mortalidad.

No se trata de exagerar, solo es cuestión de prevenir, de no ser indiferentes ante estas terribles situaciones, que así sucedan en otro continente, son tan dramáticas y están rodeadas por una multiplicidad de factores, que sus efectos podrían considerarse globales.



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