Los catalanes

Por: Mario Sánchez Arteaga
3 años atrás

En los años 50 del siglo XX llegaron procedentes de Haití a una población costera del caribe de Colombia, la familia Nicholson. Conformada por Jean y Marie, cuyo progenitor era Marc. Buscaban nuevos rumbos, se dedicaban al comercio de telas en lugares apartados donde reinaran sin competencia. Hablaban el castellano un poco atravesado y el francés a la perfección.

En corto tiempo los Nicholson fueron ganando fama en un municipio apartado, rodeado en el oriente por la corriente de un río transparente y rocoso, y al occidente por una ciénaga infinita que parecía hervir sus aguas.

Era un pueblo tan caliente que los huevos de las gallinas se fritaban con solo ponerlos en sus calles pedregosas al mediodía, y decían que los santos a las afuera de la Iglesia en vez de velas pedían un raspao o guarapo de panela con trozos de hielo. Allí en ese acalorado terruño los Nicholson decidieron instalarse para siempre.

Vestían de colorines, los hombres con camisas estrafalarias que no deslucían con su color de piel afro, las mujeres de faldas largas en tonos vivos. Los fines de semana, ya cuando el sábado comenzaba a despedirse, sacaban un enorme bafle a la terraza de su casa y escuchaban Salsa y Regué. Eran únicos, sui generis, bastante peculiares y exóticos para la mayoría de los habitantes del lugar que ostentaban ser conservadores en el modus vivendi.

Fueron pasando los años y Don Jean Nicholson era considerado uno de los hombres más prósperos del municipio. Cualquier tarde el padrote de la familia sufrió un ataque de asfixia y quedó tendido en el almacén de telas de su propiedad. Sus empleados y vecinos corrieron a prestarle los primeros auxilios, pero no reaccionaba. Su esposa Marie prefirió que no fuese llevado a un centro médico y sí a la casa. Allá lo recostaron, le colocaron varios ventiladores y abrieron las ventanas de par en par. Habían pasado varias horas y no volvía. El médico del pueblo lo diagnosticó como fallecido a causa de la asfixia. Decía que tenía varias horas de haber muerto. Todos lloraban menos su esposa e hijo. Ella se resistió a meterlo en el cajón y proceder a ceremonias fúnebres. La gente no entendía su reacción. El cuerpo permaneció inmóvil sin signos vitales en la cama matrimonial. Al tercer día Don Jean reaccionó, se sentó en la cama y pidió un sancocho de pescado.

La historia conmovió a toda la región, llegaron periodistas desde Cartagena y Barranquilla, enviados por medios nacionales a cubrir semejante eventualidad. Esta no sería la única ocasión y pasaron dos más. En el pueblo se comenzó a rumorar que los Nicholson eran herejes y satánicos. Nunca los veían en la misa dominical y asociaban los acontecimientos de resurrección con pactos malignos para prolongar sus vidas.

La familia migró de Haití huyendo de una estigmatización aún peor que la ya afamada en Colombia. La mayoría de los hombres padecían una enfermedad que los dejaba sin signos vitales a causa de una asfixia crónica. Era un estado sobrenatural. Descubrieron esta patología genética, cuando algunos de sus antepasados, al ser cambiados de tumba, al abrir estas, encontraban los cuerpos con las rodillas y brazos levantados dentro de los ataúdes. Indicios certeros que después de enterrados, hicieron esfuerzos para salir. La casualidad es que solo se presentaba en los hombres. Al evidenciar la apocalíptica situación, tomaron la firme decisión que, en los casos de asfixia presentados en los hombres de la familia, se esperaba hasta 4 días. Si el cuerpo llegaba a hincharse, quedar tieso y a emanar mal olor, era la única manera de saber que ya era cadáver. De lo contario antes de 4 días no habría autorización para velatorios y entierros.

Marc, el primogénito de Jean y Marie, era un virtuoso deportista. En la juventud fue convocado para pertenecer a la selección Colombia de Béisbol. Marc ya habría presentado indicios de la herencia genética y padecer la crónica asfixia. Sus episodios afortunadamente transcurrieron en la intimidad familiar. Se obsesionó en ser un gran atleta para vencer la enfermedad que hasta ese entonces era desconocida y no tendría cura.

En una ocasión tuvo que viajar a un campeonato internacional. Había amanecido un poco cansado, sentía ganas de nada, por costumbre tomó el café a primera hora antes que el sol saludara la fría mañana de la sobrepoblada ciudad de Pekín. No compartía habitación con nadie y antes de bajar al restaurante del hotel a desayunar, tuvo un fuerte apretón en el pecho. La respiración comenzó a cortarse y se acordó de las veces anteriores, solo que esta ves sentía con mayor intención los síntomas. Se dijo así mismo “presiento que me va a dar esa vaina y aquí nadie sabe de eso. Estos chinos me van es cremando y me mandan en una caja de cenizas para Colombia”. Su agonía fue desesperante y antes de perder el conocimiento bajó los 21 pisos para avisarle al director deportivo de la delegación lo que podría pasar; pero al entrar al restaurante solo alcanzó a decir “Llamen a mi casa” e inmediatamente se derrumbó. Los paramédicos le asistieron de inmediato, notaron la baja pulsación y lo llevaron a la clínica autorizada del evento. No pasaron 20 minutos cuando se enlutó el ambiente al llegar la noticia que Marc había fallecido producto de un paro respiratorio. Tuvo varias reanimaciones hasta que el médico desistió y firmó el acta de defunción.

Pasaron 24 horas y no habían logrado comunicación con sus padres. Los Nicholson eran de las pocas familias del poblado que tenían teléfono en sus casas. Para variar el aparato se había dañado y estaba en reparación. El director deportivo de la delegación colombiana solicitó ayuda, buscaron otro número de cualquier habitante para que avisara la triste noticia a los familiares de Marc. En efecto la sugerencia que le hicieron desde la embajada de Colombia al director deportivo era cremar el cuerpo, para así esperar 13 días que terminara el torneo y enviarles las cenizas a los seres queridos en el mismo viaje. Al segundo día que presuntamente había fallecido, el cuerpo de Marc yacía en una morgue esperando autorización de cremación. Don Jean, su padre, al recibir la información de un coterráneo, logró comunicarse afanosamente con el director deportivo y le exigió que no cremaran a su hijo, haciendo una súplica. “Esperen a que pasen 3 días, si en 3 días no ha reaccionado procedan como quieran, pero estoy seguro que mi hijo está vivo aún”. Le explico al director la enfermedad que según él padecían todos los Nicholson masculinos. Por supuesto no le creyeron, pero le respetaron su decisión. Antes de cumplirse las 72 horas (3 días) Marc despertó y fue noticia internacional. Le llamaron “Lázaro”.

Poco Tiempo después llegó al pueblo un médico barranquillero, recién desempacado de Argentina, donde habría realizado 2 especializaciones. Buscó a los Populares y ya famosos Nicholson para explicarles en realidad qué era lo que ellos tenían. No bastó con hablar con ellos, también pidió permiso al cura del pueblo para que al final de la eucaristía le dieran la palabra y dar a conocer que los haitianos no eran herejes ni demoniacos, padecían de un trastorno del sistema nervioso que se caracteriza por la rigidez muscular, la falta de respuesta a estímulos físicos y la desaceleración, hasta un punto casi imperceptible, de las funciones corporales, el cual la medicina le llamó “Catalepsia”.

Era complicado en aquél entonces determinar si en verdad la persona estaría viva o muerta. La persona reposa inmóvil, en aparente muerte y sin signos vitales. El método de los Nicholson era artesanal pero eficaz para evitar que fuesen enterrados vivos como muchos de sus antepasados.

En aquél pueblo costeño sobreabundaba el espíritu del perrateo, la burla a todo animal, objeto o cosa. Después de la explicación científica del médico barranquillero, bautizaron para siempre y por siempre a los Nicholson como “Los Catalanes” por aquello de Catalepsia.

Hoy día los avances de la ciencia y medicina han permitido que una de las formas definitivas para descartar o confirmar la muerte es un electrocardiograma (ECG) En un ataque de “Catalepsia”, la respiración y el pulso son muy lentos y pueden generar dudas. Sin embargo, las constantes vitales sí están presentes y pueden ser registradas a través de una máquina de ECG.

El día que Don Jean murió de manera fehaciente y categórica a los 90 años, sus hijos y ya nietos buscaron aquel médico barranquillero para que diera crédito del estado de fallecimiento y que fuese él quien firmara el acta de defunción. En aquel pueblo donde la ciénaga hervía y los santos de la iglesia pedían raspao y guarapo en vez de velas, celebraron 9 noches de fiesta y no de velorio, pues ya se habían cansado llorarle más de siete veces.

POSDATA: Una historia de ficción basada en hechos de la vida real.