Por: Raúl Antonio Aldana Otero, sociólogo
Una de las paradojas más llamativas de nuestra sociedad es que solemos proclamar la igualdad de todos los seres humanos, pero en la práctica dispensamos un trato diferenciado según el poder, el cargo, la riqueza o la influencia que atribuimos a las personas.
No valoramos al individuo por su condición humana, sino por los beneficios reales o imaginarios que puede proporcionarnos. Es una forma de relación social fundada en el interés y no en el reconocimiento del otro como igual.
Hace algún tiempo tuve una experiencia reveladora. Acompañé a un general de la República a San Andrés de Sotavento, pueblo vecino que se encontraba en fiestas.
El alto oficial, cansado del protocolo, decidió escapar por unas horas de los esquemas de seguridad y se presentó vestido de civil, con la sencillez de cualquier ciudadano.
En aquella tertulia nadie reparó en su presencia. Éramos dos personas más entre tantas otras. Las miradas eran indiferentes y el trato, apenas cortés. No existía mayor interés por conversar ni por compartir.
La situación cambió radicalmente cuando los organismos de seguridad, preocupados por la ausencia del general, desplegaron un operativo para localizarlo.
La llegada de policías al sitio donde estábamos y las formalidades propias del rango militar bastaron para transformar el ambiente.
Los mismos contertulios que antes nos ignoraban comenzaron a acercarse, a mostrarse amables, a querer entablar amistad y a dispensarle una atención casi reverencial. De repente, quienes antes éramos invisibles nos convertimos en el centro de la reunión.
La anécdota revela una característica profundamente arraigada en nuestras relaciones sociales: el estatus importa más que la persona. La posición ocupa el lugar que debería corresponder a la dignidad humana. El individuo deja de ser valorado por lo que es y pasa a ser apreciado por el poder que representa.
Pierre Bourdieu explicaba este fenómeno mediante el concepto de capital simbólico. El prestigio, los títulos y las posiciones de autoridad generan una especie de valor social que despierta admiración y subordinación.
Max Weber, por su parte, señalaba que las sociedades están atravesadas por jerarquías de estatus que influyen en las relaciones humanas tanto como la riqueza o el poder económico. En la vida cotidiana, esas jerarquías producen una peligrosa ilusión: creer que algunas personas merecen más atención y consideración que otras.
Sin embargo, esa conducta revela una pobreza moral. La verdadera educación no consiste en inclinarse ante los poderosos, sino en tratar con respeto al desconocido, al humilde, al trabajador, al campesino, al anciano y al obrero con la misma consideración que se ofrece al ministro, al general o al empresario. El valor de una persona no aumenta ni disminuye con el uniforme, el cargo o la fortuna.
Quizá uno de los mayores defectos de nuestra cultura sea precisamente esa tendencia a relacionarnos movidos por la conveniencia. Admiramos los títulos, perseguimos las influencias y cultivamos amistades por utilidad. Olvidamos que la dignidad humana no depende de los privilegios, sino que es inherente a cada ser humano.
Al final, la verdadera grandeza no está en recibir honores cuando se conoce nuestra posición, sino en ser tratados con la misma cortesía cuando nadie sabe quiénes somos.
Una sociedad madura será aquella en la que el desconocido y el poderoso reciban el mismo respeto, porque la cortesía auténtica no nace del interés, sino del reconocimiento de que, por encima de cualquier jerarquía, todos somos igualmente humanos.





