
Las calles de Tocaimo fueron testigo del caminado cadencioso de Josefa Guerra Castro cuando paralizaba a los hombres que la miraban, convirtiendo los polvorientos caminos del pueblo en toda una pasarela. Su baile de caderas y la elegancia de sus movimientos eran acordes a la belleza en general que acompañaba toda la feminidad de su juventud. Era imposible que pasara desapercibida. Para ese entonces, culminando la década de los años 40 Leandro Díaz ya era conocido entre algunos pueblos como un talentoso compositor.
Tocaimo, corregimiento de San Diego – Cesar, recibió a Leandro, siendo él un joven recién pasado los 20 años ansioso de recorrer pasajes con sus cantos. Buscaba nuevos horizontes y consolidar una agrupación de acordeón. Es allí en esa población de clima agradable por los vientos provenientes de la Sierra Nevada desplegados sin desdén, donde conoce a Josefa a través de su gran amigo Pedro Julio Castro, compañero de faenas parranderas y hermano de madre de la afamada mujer. Leandro ya tenía cierta experiencia de pica flor y Casanova rural, su invidencia no le limitaba lanzarse al ruedo de las conquistas, sacando una artillería con cantos y letras que terminaban en dos sentencias; castigaba a quien lo despreciara y engalanaba a quienes le correspondían.
Desde el primer momento que conoce a Josefa se obsesiona con ella, aparte de todo, sus amigos le alimentaban el sentimiento describiendo los atributos de la exótica morena, era el “Nuevo encanto de la sabana”. Josefa Guerra era hija de un reconocido hacendado de la región, gozaba de comodidades, apartaba pretendientes. Nunca le hizo “cambio de luces” a Leandro como decimos castizamente a quien da indicios de corresponder sentimentalmente, nunca les hizo juego a sus galanteos. Lo atendió como un amigo más y hasta un poco tosca y dura fue con él al conocer sus intensiones. La dificultad de no ver, quizás le restaba al oficio que había optado para subsistir, ser músico; algo que para ese entonces era mirado de reojo y despectivamente por la sociedad, y por supuesto ese no era el perfil que ambicionaba Guerra Castro.
Fueron meses de insistencia, Leandro sabía cuándo Josefa se negaba, conocía el olor de su cuerpo y la aureola de Diosa que engalanaba su entorno. Ella orgullosa y ya cansada de los cortejos lo frenaba en seco, pero él no solo ciego sino terco, sin importar que ella fuera gente de grado distinguido persistía. Hablaba de sus encantos, describía esos lugares de su Diosa Coronada, hablaba de su corona de Reina, la reina del Magdalena, que para aquel entonces era el Magdalena Grande (hoy Magdalena, Guajira y Cesar) o Provincia de Santa Marta.
En la última estocada de rechazo con mirada de diosa, que para Leandro era las delicias de la vida, anduvo de corredurías musicales un buen tiempo. El mundo conoció la musa, la “Diosa Coronada” pero el rey que se sofocaba cuando otro hombre la miraba, el rey querido, de gente fina, que le gustaba la mesa bien servida con gallina rellena y arroz volado casi nadie supo quién era. Leandro muy metafóricamente se refiere a uno de sus hermanos, con quien desde la infancia tuvo diferencias marcadas por el trato indiferente que el padre de ambos tuvo con él y en cambio con el otro hermano un afecto desaforado a quien llamaba el Rey. Josefa según fuentes allegadas a la familia de los Diaz Duarte tuvo una amistad muy cercana con ese hermano, a él le dio más confianza y atención. Esta situación puso a Leandro a ver con sus ojos del alma desde otra óptica y tomar distancia cantando tristemente por la serranía.
Al poco tiempo en una bocanada de inspiración Leandro Díaz comenzó a cantar la canción en parrandas y todos sabían quién era la Diosa Coronada. Ella lo consideró un atrevimiento, un desagravio que le causaba pena con la gente del pueblo, pensaba en el qué dirán o si ella tuvo amores con él. Reconoce que el canto tiene una hermosa letra, que hay respeto en ella, pero considera que fue una maldición que aún a sus más de ochenta años le atormenta la vida. Leandro le reconoció que fue en venganza por su desprecio. Pero vaya qué venganza! Hizo verdaderamente de ella una Diosa Coronada.
Le resta un pepino que un fragmento de la canción “En adelanto van esos lugares, ya tienen su diosa coronada” haya sido el epígrafe de la novela “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez. Y es que es ahí donde Josefa se volvió mitológica, una leyenda del canto vallenato. Gabo publicó el libro en 1985, tres años después de haber ganado el Nobel de Literatura. Había expectativa mundial porque era el primer ejemplar que el escritor sacaría luego de ser galardonado en Estocolmo y para de malas de Guerra Castro, la prensa mundial comenzó a preguntar quién era ese tal Leandro y cuál fue la musa que inspiró su canto. Desde ese día se convirtió en una figura inmortal en la música vallenata y por los siglos de los siglos jamás volvería hacer una mujer del común, aunque nunca quiso ser coronada.
POSDATA: Para conocer más de la vida del Juglar Leandro Díaz, sus historias y cantos; recomiendo leer el libro LEANDRO de Alonso Sánchez Baute y la exquisita crónica de Alberto Salcedo Ramos en el libro “Diez juglares en su patio”.







