El MinTIC acaba de hacer algo que no siempre se hace bien, y fue sacar el debate de la transformación digital de Bogotá y llevarlo a once departamentos. Colombia 5.0 terminó su gira nacional esta semana en Corferias, con anuncios de política pública y la presentación de lo que el gobierno llama la Misión de Transformación Digital 2035. Vale la pena tomárselo en serio, pero me inquieta saber ¿Transformación digital para qué?
Lo primero que se debe anotar es que tratar la digitalización como un fin en sí mismo, como si conectar fuera suficiente, como si instalar infraestructura tecnológica en un territorio productivo equivaliera a transformarlo, es equivocado. No equivale a eso.
La transformación digital no es un sector; no se trata de que toda la economía migre a la industria del software o a los servicios digitales. Sí es un multiplicador. Multiplica lo que ya existe, y en Colombia llevamos años invirtiendo en el multiplicador sin preguntarnos qué queremos multiplicar.
Los datos son elocuentes sobre esa desconexión. El 74% de las pymes del país ya utiliza herramientas digitales para ventas, gestión contable o comunicación interna, según ACOPI. Pero ese mismo ecosistema empresarial tiene una base en los micronegocios que no está en condiciones de aprovechar esa adopción, y representa el 93,7% del tejido empresarial colombiano, y según el Laboratorio Empresarial de Productividad y Competitividad de la Universidad del Rosario, la gran mayoría enfrenta brechas que van mucho más allá del acceso.
Y ni que decir de nuestro campo colombiano, donde solo el 28,8% de la población rural tiene acceso a internet, y la adopción tecnológica en el sector agropecuario apenas llega al 31%. No porque los productores no quieran tecnología, pues más allá de la limitación del acceso, se trata más bien que nadie les ha explicado para qué les sirve en lo que hacen.
Ahí está el vacío. La Estrategia Nacional Digital 2023-2026 tiene ocho ejes, cien acciones y trece indicadores en un documento serio. Sin embargo, sus métricas miden acceso, cobertura y adopción, no transformación productiva.
No hay un solo indicador que mida si la digitalización está cambiando la canasta exportadora de una región, si está formalizando cadenas de valor que antes operaban en la informalidad, si potencia la creación de valor, acortando la distancia entre lo que un territorio produce y el mayor precio al que lo vende.
Sé que no es un defecto técnico del documento, pero también que sé que es una decisión conceptual. Es lo que pasa cuando la visión técnica y la del desarrollo económico no conversan
Más allá de cuántos hogares están conectados (cosa sumamente importante), hay que ver si la transformación digital está sirviendo para diversificar la canasta económica de los territorios o si está modernizando su dependencia de una estructura económica frágil.
Un pequeño empresario con trazabilidad digital puede acceder a mercados de exportación que antes le eran imposibles. Un clúster de turismo con datos de precios en tiempo real puede dejar de vender mal. Una cadena agroalimentaria certificada digitalmente puede capturar el valor que hoy le transfiere al intermediario. Eso es transformación. Lo otro es conectividad.
Hay un caso que ilustra bien la diferencia en Estonia; ese país digitalizó su Estado hace más de veinte años, pero lo hizo con la decisión previa y clara de definir qué tipo de economía quería ser. La digitalización llegó después, como herramienta de esa apuesta, no como sustituto de ella. En palabras castizas, trajeron la bestia y después la ensillaron.
Si nos cuestionamos respecto a qué produce cada territorio, y cómo la transformación digital multiplica esa capacidad específica, podríamos establecer una política nacional que deje de exportar el mismo modelo desde Bogotá, con mejores pantallas.
La ministra Carina Murcia anunció esta semana decretos presidenciales y una hoja de ruta hacia 2035. Veo voluntad política real, y también recursos e institucionalidad, es decir, la oportunidad existe; pero si la Misión de Transformación Digital 2035 no se articula explícitamente con las agendas productivas de cada territorio, si no responde a la pregunta de qué multiplica en cada lugar, en diez años tendremos más conectividad y la misma estructura económica.
Y a eso no se le puede llamar transformación. A lo máximo, una decoración costosa.
Boris F. Zapata Romero Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico









