Un empalme, en su sentido más literal, es la unión de dos cables para que la corriente siga su curso sin interrupción. Cada cuatro años, Colombia hace ese ejercicio con sus gobiernos, entrega de carpetas, balances de gestión, inventarios de obras en curso.
Es un protocolo necesario y, esta vez, además, anunciado como inédito por su escala territorial, con recorridos previstos por departamentos para escuchar a alcaldes y gobernadores antes de la posesión.
Esa meta merece reconocerse, porque pocas veces un relevo de gobierno se ha propuesto bajar tan temprano a las regiones, más todavía en un ambiente político tan distante como el actual, donde cada empalme exige una dosis extra de oficio técnico para que la corriente, en efecto, llegue completa al otro lado.
Vale la pena interesarse, entonces, en qué tipo de corriente es la que de verdad queremos que pase por ese cable. Porque existe un empalme que se agota en el inventario, y existe otro que transmite rumbo.
El primero garantiza continuidad operativa, que las luces sigan encendidas mientras cambia el equipo. El segundo garantiza algo más exigente, y es que las apuestas de desarrollo sobrevivan al color político de quien gobierna, porque pertenecen al país y no a una administración.
Colombia tiene ejemplos que demuestran que ese segundo tipo de empalme es posible. Ruta N, en Antioquia, nació en una alcaldía y ha atravesado gobiernos de signos distintos sin perder su identidad como motor de innovación regional, hoy referencia obligada cuando se habla de especialización inteligente en el país.
Su mérito está tanto en los resultados que ha producido, como en la capacidad de instalarse como política de territorio antes que como bandera de gobierno.
Costa Rica ofrece un espejo útil desde otra escala. Su Estrategia Nacional de Bioeconomía, formalizada desde 2020, ha cruzado ya más de una administración sin perder continuidad, porque se ancló en ventajas productivas reales, biodiversidad, capacidad científica, vocación exportadora, y no en el calendario de quien la firmó.
Ese es precisamente el tipo de anclaje que vuelve sostenible una apuesta, su capacidad de explicarse por las características y la vocación de un territorio, más que por la voluntad de un gobernante.
La transformación digital completa el cuadro, y aquí Colombia ya tiene la conversación bien encaminada, los datos productivos, el monitoreo territorial y la conectividad rural dejaron de ser promesa de campaña para convertirse en infraestructura que cualquier gobierno, del signo que sea, tiene interés en heredar y fortalecer. Ese consenso técnico es, en sí mismo, una forma de empalme que merece cuidarse.
Bioeconomía, especialización inteligente y transformación digital comparten una virtud que las vuelve perfectas candidatas a sobrevivir cualquier empalme, están ancladas en lo que un territorio es, no en lo que un gobierno promete.
Por eso conviene que la temporada de transición que vive hoy el país se piense también en esos términos, qué apuestas técnicas merecen pasar de una administración a la siguiente, no solo del gobierno que sale sino de todos los anteriores, con la misma naturalidad con la que se entrega un inventario de obras.
El verdadero empalme, el que de verdad importa, ocurre cuando el país y sus regiones logran que su rumbo de desarrollo deje de depender del calendario electoral. Esa es la corriente que vale la pena mantener encendida, o recuperar si es el caso, recorra el cable que recorra y lo sostenga el gobierno que lo sostenga.
Boris F. Zapata Romero
(Para La Razón.Co | 30.06.26)





