Los ataques y adjetivos hacia la persona de Sofía Vela han sido incontables: desde los comentarios más discretos hasta los más vulgares; desde la indignación hasta la burla. En su gran mayoría, los señalamientos apuntan en la misma pregunta incriminatoria: si no deseaba nada de lo que ocurrió con Rafael Poveda, ¿por qué NO le dijo que NO?
Esa es la pregunta del millón: ¿por qué NO dijo que NO?
Te lo pregunto directamente a ti, querido lector: ¿por qué crees que ella no le puso un alto a Rafael?
Me detendré a abordar los dos argumentos más comunes que circulan en la opinión pública sobre Sofía Vela:
La incredulidad: No le creen las explicaciones que ha dado sobre su incapacidad para negarse.
La sospecha de oportunismo: Asumen que busca rédito, visibilidad y victimización desempolvando un hecho del pasado a costa de la fama actual de Poveda.
¿Qué pienso al respecto como psicólogo?
Tras escuchar con detenimiento la historia de Sofía Vela y ponerla en perspectiva con una gran variedad de clientes que he acompañado en consulta —algunos de ellos de mayor complejidad que el de Sofía y Rafael—, mi conclusión es directa: no le dijo que NO porque no sabe decir NO.
No afirmo esto con el afán de juzgar a Sofía Vela; no la conozco personalmente ni pretendo leer las intenciones secretas de su corazón. Lo sostengo respaldado por el ejercicio de mi profesión: he visto a hombres y mujeres acceder o someterse a situaciones sumamente graves, llegando incluso a arriesgar su integridad y su vida, simplemente por la dolorosa incapacidad de sostener un «NO» a tiempo.
Quien esté libre de haber flaqueado al momento de fijar un NO, que tire la primera piedra.
Todos —y léalo muy bien, TODOS— sufrimos en alguna medida de esa incapacidad para decir NO.
«Qué va, Javier, yo jamás permitiría que alguien sobrepasara mis límites como lo hizo Rafael con Sofía», podrías estar pensando. Y es muy probable que tengas razón en ese escenario en específico, pues cada persona cuenta con fortalezas distintas según la situación. Pero eso no te exime, querido lector, de tener tu propio punto ciego: esa parcela de tu vida donde sabes perfectamente que te cuesta horrores pronunciar una negativa.
Resulta comodísimo juzgar a Sofía Vela o a otro parado desde la trinchera de nuestras fortalezas, exhibiendo las flaquezas del prójimo. ¡Así cualquiera pontifica! Siempre es más fácil mirar la astilla en el ojo ajeno y no la viga anclada en el nuestro.
Pregúntate tú, que señalas con el dedo a Sofía por no haberle dicho que NO a Rafael:
¿Por qué no le has dicho que NO a la comida chatarra que mina tu salud día a día?
¿Por qué no le has dicho que NO a ese hijo o hija que abusa desmedidamente de tu amor de madre o padre?
¿Por qué no le has dicho que NO a la nicotina, al alcohol o a la adicción que te está consumiendo?
¿Por qué no le has dicho que NO a esa pareja que te manipula, se aprovecha de ti o te somete a violencia?
¿Por qué no le has dicho que NO a esa conducta íntima y secreta con la que batallas a diario y a la que jamás le has marcado un alto definitivo?
Lo que vivió esta mujer le ocurre a diario a incontables hombres que, ante la insinuación o invitación de una mujer, ceden en cadena sin poseer el carácter ni la templanza para decir «NO».
Dejémonos de vainas: nadie aquí es el «Santo Patrono del NO». Todos padecemos la misma condición, manifestada de distintas formas, pero con la misma raíz: esa destructiva incapacidad de NO saber decir que NO a lo que nos degrada, nos hace daño o nos destruye.
Quienes leen con frecuencia mis columnas saben que no me muevo desde la justificación. En este escenario no pretendo exonerar ni a Sofía Vela ni a Rafael Poveda; ambos responderán ante las instancias humanas y divinas que correspondan. Escribo, más bien, para suscitar la empatía y la autocrítica, para reconocer que las zonas grises del prójimo no distan tanto de las nuestras.
Y, por encima de todo, escribo para que asumamos responsabilidades: a encarar las secuelas de nuestra incapacidad para poner límites. Tanto Sofía como cada uno de nosotros debemos entrenarnos en marcar un alto frente a lo que nos vulnera, nos incomoda o pone en peligro nuestra vida. La justicia y el entorno social son insuficientes para protegernos de aquellas personas que se pueden aprovechar de que no seamos capaces de pronunciar NO a tiempo.
El propósito de esta reflexión no es dictaminar la existencia de acoso o abuso en el plano legal —esa evaluación no corresponde a mi ámbito ni a mi disciplina clínica—. Mi intención es llevarte a una confrontación personal: necesitamos aprender a decir «NO». Y si descubrimos que carecemos de las herramientas para establecer fronteras saludables, es momento de buscar acompañamiento profesional. Solo así evitaremos vivir como rehenes de la voluntad o los abusos de los demás.








