Dos personas norteamericanas —una residía en Ohio y otra en Massachusetts— decidieron quitarle la vida a sus tres hijos en el año 2023. En el primer caso, los niños tenían 7, 4 y 3 años; en el segundo, 5 años, 3 años y 8 meses.
La forma en que ocurrieron los hechos es tan desgarradora y cruel que no tengo la más remota intención de detallarla en esta columna.
Existe una diferencia importante en sus estados procesales: en el primer caso, la persona ya fue condenada a tres cadenas perpetuas consecutivas sin libertad condicional, mientras que el juicio del segundo caso está llegando a su fase final esta semana.
Sin embargo, en ambos juicios la defensa recurrió a argumentos de SALUD MENTAL para intentar justificar el filicidio: en uno se alegó no culpabilidad por demencia y en el otro, falta de responsabilidad penal por una crisis psiquiátrica grave.
Tal vez te preguntes: “Javier, ¿por qué omites los nombres y el género de los acusados?”. La razón es deliberada: no pretendo desviar la atención hacia un debate sensacionalista o hacia una pugna ideológica de redes sociales.
Prefiero apartar los reflectores de esos dos expedientes judiciales para colocar el espejo frente a nosotros mismos y formularnos dos cuestionamientos de fondo: ¿deben las conductas humanas ser justificadas por razones de salud mental? ¿Abolimos la responsabilidad individual tan pronto como aparece un diagnóstico o explicación psicológica?
Entiéndase bien: para efectos de esta reflexión, justificar significa esgrimir un argumento para absolver por completo a alguien de las consecuencias de sus actos.
Observo con preocupación la tendencia contemporánea de utilizar argumentos de salud mental como un escudo para justificar cualquier comportamiento. Y pregunto: si todos empezamos a justificar desde nuestras faltas más simples hasta las más complejas —como quitarle la vida a alguien— amparándonos en diagnósticos psicosociales o psiquiátricos, ¿dónde queda nuestro sentido de la responsabilidad?
Todo esto parte de entender la responsabilidad como el acto de asumir las consecuencias de nuestras conductas, hayan sido realizadas de forma consciente o inconsciente. Sin embargo, la salud mental no es una isla puramente individual: si bien existe el deber personal de cuidar del propio bienestar psíquico, también existe el derecho fundamental a que el Estado garantice una atención integral oportuna, junto con mecanismos eficaces de protección a las víctimas. La respuesta frente al sufrimiento y la violencia exige una corresponsabilidad real entre el individuo, el sistema de salud, la familia y la comunidad.
Existe un verbo con mayor riqueza ética y clínica que la mera justificación: comprender. Desde su raíz latina comprehendere, el término nos invita a «abrazar» o «contener por todos sus lados» un fenómeno para alcanzar una visión panorámica y profunda del mismo.
Me interesa este verbo porque no exime ni elimina la responsabilidad humana: nos permite abrazar y rodear una situación por todas sus caras, entendiendo la conducta en su máxima profundidad, pero sin que ello implique retirar la obligación de afrontar las consecuencias de nuestros actos.
En nuestro día a día vemos constantemente la brecha entre quien busca una excusa para salvarse y quien busca comprensión para hacerse cargo.
Ilustremos esta diferencia en el terreno cotidiano:
La infidelidad que se justifica: responsabiliza al descuido de la pareja, a los traumas de la infancia o al alcohol. El infiel se percibe como víctima de las circunstancias.
La infidelidad que se comprende: analiza los desencadenantes emocionales y las fallas en la relación, pero no evade el impacto destructivo del acto ni la obligación de dar la cara por sus decisiones.
El maltrato que se justifica: culpa al comportamiento o provocación del otro para validar la agresión.
El maltrato que se comprende: entiende que, sin importar las diferencias o desacuerdos, la violencia carece de cualquier justificación.
Así podría enumerar infinitos ejemplos: desde quien padece una adicción o abusa de su posición, hasta el conductor irresponsable al volante o el padre que abandona a sus hijos justificándose en su propia historia de vida.
Te invito a hacer una pausa honesta: ¿cuántas de tus conductas las justificas y cuántas las comprendes y las asumes? ¿Cuántas de las conductas de los demás justificas y cuáles comprendes sin anular la responsabilidad que les compete?
Todo comportamiento tiene una explicación detrás, pero como sociedad debemos tomar la decisión de si estas explicaciones serán justificadas o comprendidas; si se exime de la responsabilidad a la persona o si se entiende el acto sin anular las consecuencias de las decisiones tomadas.
Estos desgarradores casos, mencionados al inicio, abren un debate necesario que debemos dar, no en los estrados judiciales, sino en nuestras familias, con nuestras parejas, amigos, compañeros de trabajo y comunidades: ¿estamos dispuestos a justificar cualquier acto —incluso los más atroces— bajo argumentos de salud mental?
Esta discusión debe convertirse en un cuestionamiento personal, pues resulta muy cómodo opinar desde la barrera de lo ajeno. Por ello, confrontarnos con las siguientes preguntas se vuelve indispensable:
¿Justificarías el asesinato del ser que más amas si quien le quitó la vida argumenta un diagnóstico psicológico?
¿Justificarías, por razones de salud mental, la agresión, el abuso o cualquier acto que atente contra la integridad de los tuyos?
Por el contrario, si tú o alguien a quien amas cometieran una falta derivada de una crisis psiquiátrica real, ¿te parecería justo que el sistema o la sociedad los linchara ignorando su sufrimiento mental?
¿En dónde trazamos la línea ética entre acompañar una condición psíquica y permitir que se convierta en una coartada? ¿Cuál es el límite entre comprender una condición mental y justificar el daño que causa?
¿Hasta dónde permitirías que un familiar, pareja, amigo o jefe violente tu integridad física o emocional escudándose en una justificación psicológica?
Hoy nos encontramos ante dos extremos peligrosos: por un lado, juzgar con severidad a quienes padecen un malestar psíquico grave sin comprender su condición; por el otro, justificarlo todo y eximirlos de cualquier tipo de responsabilidad.
¿Empatizamos al punto de la impunidad o nos volvemos indolentes ante el sufrimiento psíquico?
La ecuación para una convivencia sana exige equilibrar la balanza:
Justificar sin responsabilidad: es un alto riesgo para la sociedad.
Responsabilidad sin comprensión: es un alto riesgo para la persona.
Comprensión acompañada de responsabilidad (corresponsabilidad): es el equilibrio justo para todos.
Frente a este espejo, querido lector, ¿cuál es la postura por la que eliges apostar?
P.D.: Esta columna es una invitación a la autorreflexión sobre el sentido de la responsabilidad personal. No pretende ser un dictamen forense, ni una evaluación clínica o un juzgamiento legal de los desgarradores casos citados en la introducción.





