Nepal, cientos de muertos y más de mil desaparecidos un desastre mas que la ciencia ya había advertido

Javier de la Hoz Rivero.
1 hora atrás

Imagine usted un río que crece nueve metros en menos de media hora, se escucha un rugido que baja de la montaña, y enseguida se ve venir una mezcla de barro, hielo y piedras tan compacta que los expertos la compararon con concreto líquido, no arrastra las cosas, las aplasta y literalmente las entierra, cuando esa bestia  aparece , no hay hacia dónde correr, la única salida es buscar un lugar alto en los segundos que uno alcance a tener, eso fue lo que pasó el pasado miércoles 26 de agosto en el Himalaya, en la frontera entre Nepal y el Tíbet.

Las cifras, aún provisionales, siguen creciendo, al momento de escribir esta columna , las autoridades nepalíes reportaban cientos de muertos y más de mil personas desaparecidas, muchas de ellas extranjeras, turistas y peregrinos sorprendidos por una creciente que nadie alcanzó a anunciar. Es una de las peores catástrofes que ha vivido el país, sin embargo, hay una verdad que incomoda sobre todo a los tomadores de decisiones estatales, este tipo de desastre no era desconocido, la ciencia llevaba años describiéndolo.

Durante las primeras horas hubo confusión sobre lo que había ocurrido, se habló de un terremoto, porque los sismógrafos habían registrado un temblor, pero el análisis posterior del Servicio Geológico de los Estados Unidos (USGS) invirtió la explicación; no fue un sismo el que desató la avalancha, sino al revés. Un enorme bloque de glaciar se desprendió a unos 5.200 metros de altura y se precipitó cerca de mil doscientos metros hasta el fondo del valle, arrastrando roca y sedimento a su paso; el impacto de esa masa de hielo fue tan brutal que él mismo generó la señal sísmica, equivalente a un temblor de magnitud 5,2.

Para entender por qué esto no debería sorprendernos, hay que explicar de qué hablamos, y es que cuando un glaciar de alta montaña se derrite, el hielo se vuelve inestable y puede desprenderse; a veces el agua que suelta se acumula además en lagos contenidos apenas por diques naturales de hielo, roca y sedimento, que son frágiles y pueden romperse con relativa facilidad, cualquiera de esos mecanismos libera, en minutos, una fuerza descomunal que baja por el valle arrasando lo que encuentre, los especialistas llaman a esto inundación por desborde de lago glaciar, conocida por su sigla en inglés como GLOF, y a diferencia de una inundación por  lluvias, estos eventos no se anuncian, no necesitan que esté lloviendo y pueden originarse a decenas de kilómetros de distancia, aguas arriba, sin que las personas afectadas perciban señal alguna hasta que el desastre les llega.

Y aquí viene lo más difícil de entender; este mismo territorio  donde ocurrió el desastre  ya había padecido  algo parecido apenas un año antes, en julio de 2025, en ese punto exacto de la frontera sobre el mismo río que ahora se desbordó una creciente súbita atribuida por los científicos al desborde de un lago glaciar obligó a evacuar a cientos de personas y arrasó por completo el puente que une a Nepal con China, no fue, entonces, un fenómeno inédito ni impensable, fue la repetición, con mayor violencia, de un riesgo que la misma geografía ya había puesto de presente.

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La ciencia, además, lo había estudiado en detalle , un estudio publicado en 2022 en  una revista europea especializada simuló escenarios de casos para lagos glaciares peligrosos en esa franja transfronteriza, comparando el momento y la magnitud de una creciente tanto en territorio tibetano como aguas abajo, en la frontera con Nepal, así mismo  un diagnóstico  financiado por el Banco Mundial ya había advertido que muchas de las crecientes  más destructivas que golpean a Nepal se originan del otro lado de la frontera, en el Tíbet, y que enfrentarlas exigía cooperación internacional, es claro que el  conocimiento estaba disponible.

Adicionalmente  el centro científico regional de referencia para las montañas del Himalaya reportó este mismo año que el ritmo de pérdida de hielo de los glaciares de la región se ha duplicado desde el año 2000. Los investigadores vienen señalando que, a medida que el hielo retrocede y el suelo que permanecía congelado durante todo el año empieza a descongelarse, las montañas se vuelven más inestables y estos colapsos se hacen más probables. Son cuidadosos, eso sí, con una distinción que a nosotros los abogados  nos importa enormemente, no atribuyen este desastre puntual, de manera directa, al cambio climático, pero sí advierten que el calentamiento está volviendo más frecuente la clase de evento que lo produjo. Una cosa es la causa inmediata; otra, la condición de fondo que la hace más probable.

Ahora bien, si el riesgo estaba tan bien descrito, la pregunta obligada no es qué paso con  la naturaleza, sino qué falló entre la ciencia que predijo los hechos  y las decisiones estatales que jamás se tomaron?. Existía, de hecho, un sistema de alerta temprana binacional montado justamente para prevenir tragedias como esta, y  aun así no fue suficiente, no porque nadie supiera del riesgo, sino porque la avalancha se movió más rápido de lo que cualquier alerta diseñada para crecientes ordinarias podía comunicar. El conocimiento estaba; lo que faltó fue traducirlo y materializarlo en infraestructura, en protocolos y en decisiones a la altura de lo que la propia ciencia venía anunciando.

No hace falta ir a Nepal, basta recordar  la noche del 13 de noviembre de 1985, el deshielo del volcán Nevado del Ruiz desató un río de lodo, piedras y escombros, una masa espesa con la consistencia del cemento líquido, muy parecida a la que acaba de bajar en Nepal y que sepultó al municipio de Armero llevándose más de 25.000.vidas, hoy sabemos que existía un mapa que ubicaba al pueblo justo en la ruta de esos flujos de lodo, que las autoridades lo conocían y que se dio a conocer apenas un mes antes de la tragedia, sin que llegara nunca a la gente, sería injusto juzgar aquel noviembre con los ojos del presente, en 1985 el país no tenía una política seria de gestión del riesgo, y buena parte de lo que hoy damos por hecho, no existía todavía. Lo que si resulta inconcebible no es lo que no se supo entonces, sino que hechos similares  se repitan. En marzo de 2017, el desbordamiento súbito de tres ríos arrasó buena parte de Mocoa y dejó más de 300 muertos; y esta vez un tribunal administrativo declaró responsables a la Nación y a las autoridades ambientales y de gestión del riesgo, precisamente porque existían estudios previos que advertían el peligro, incluido el propio plan de ordenamiento territorial de Mocoa, la diferencia entre Armero y Mocoa no está en la naturaleza del peligro, sino en que  ya para el 2017 no era  posible alegar ignorancia o imprevisibilidad, ya el estado tenía suficientes estudios que de ser tenidos en cuenta, otra seria la historia.

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La gestión del riesgo se construye sobre el deber de prevención, y ese deber no exige que el Estado adivine el día y la hora exactos de una catástrofe, eso, en estos eventos, es científicamente imposible, la exigencia es  más modesta y más exigente a la vez; se trata es de actuar con diligencia frente a un riesgo previsible.

En nuestro ordenamiento jurídico  esa exigencia está hoy consagrada desde  la Ley 1523 de 2012, donde el conocimiento del riesgo no es una recomendación técnica sino la primera obligación del Estado, esa obligación se incumple no solo cuando se ignora un riesgo, sino cuando, sabiéndolo, no se hace lo suficiente para reducirlo.

Colombia no tiene Himalaya, pero tiene nevados que cada día se disminuyen, páramos que regulan el agua de la que dependen millones de personas; la pregunta que  surge a raíz del desastre de Nepal es; si nuestros propios estudios, mapas y advertencias están por ahí en algún cajón esperando su propia mañana del 26 de agosto?.

En lo personal creo que lo  más difícil de aceptar en estas tragedias no es que la naturaleza sea imprevisible, sino que, en lo esencial, no lo era, la ciencia hizo su parte, describió el peligro, lo midió, lo publicó, y en más de un caso lo vio  en el mismo lugar antes de repetirse, lo que quedó hizo falta  fue convertir todo ese saber en decisiones capaces de proteger vidas antes  que la fuerza de la naturaleza  decidiera por nosotros.

Los muertos de Nepal, como los de Armero y Mocoa, no prueban que la naturaleza nos haya tomado por sorpresa; prueban que la advertencia científica, por sí sola, no salva a nadie si el derecho y la administración no la convierten en acción. ¿Cuántas advertencias más, cuidadosamente documentadas y pacientemente archivadas como improbables, estamos dispuestos a leer solo después de que se cumplen?