Los duendes: seres sobrenaturales o reales

Mario Sánchez Arteaga
19 horas atrás

-En el último puente de concreto, antes de llegar a la finca, en tres ocasiones pude ver a dos duendes. Eran pequeños, menos de un metro, del tamaño de un muñeco. Estaban parados al pie del caño —sostuvo mi abuela materna con la seguridad de atestiguarlo contumazmente mientras miraba el asiento del café del mediodía en el vaivén de la hamaca. No espabiló ni titubeó en ningún momento, en la acostumbrada mirada apacible de quien no le asombra nada simplemente porque lo ha visto y escuchado todo en el otoño de su frágil vejez.

Por supuesto que el asombrado era yo, y como fiel cazador de historias e inconmensurable escucha, no dejé pasar desapercibido el comentario. Había escuchado hablar de duendes en cuentos y películas, pero que alguien me asegurara haberlos visto y varias veces… jamás. Una cosa es la tradición oral y las leyendas que se tejen de generación en generación y se mastican en la cultura verbomotora, y otra muy distinta es que alguien cercano de incuestionable veracidad, te lo diga.

Mi abuela era una caja de Pandora con historias fascinantes del pasado, pero aclaraba con el sello de su puño arrugado y venoso cuándo eran cuentos y cuándo eran situaciones de las que ella evidenció fehacientemente.

Los duendes han sido descritos como seres pertenecientes al folclore y la tradición popular de muchas culturas, especialmente de Europa y América Latina. Generalmente, se describen como pequeños seres sobrenaturales que habitan bosques, montañas, cuevas o incluso viviendas, y a los que se les atribuyen comportamientos traviesos, misteriosos o protectores de la naturaleza y de ciertos lugares.

Desde una mirada antropológica y cultural, los duendes forman parte de las creencias, mitos y leyendas transmitidas por la oralidad de antaño. No existe evidencia científica de su existencia; por ello, se consideran personajes del imaginario popular y del universo sobrenatural. En Colombia, las historias sobre duendes hacen parte del patrimonio oral de comunidades rurales e indígenas y cumplen un papel importante en la preservación de las tradiciones y la identidad cultural.

Vale la pena recordar los testimonios de los indígenas uitotos adultos cuando en la espesa e inhóspita Amazonía en el año 2023 buscaban a los 4 niños de la etnia que se habían extraviado en un accidente aéreo. Fueron encontrados 40 días después y siempre sostuvieron que los duendes los guiaban y orientaban, según sus creencias. 

 Mientras yo terminaba de tomarme el café, siendo más lento al goce del aroma y bebida, mi abuela, en la sapiencia de sus casi 9 décadas de vida, sabiendo que más sabe el diablo por viejo que por diablo, sospechando mi intriga, volvió a tomar la palabra, dejando de mecerse y buscando una tonalidad de mayor seriedad en la boscosa voz que la caracterizaba: —Eran dos niños muy blancos, demasiado blancos, varones, peinados y vestidos de la misma forma. La primera vez me llamó la atención porque no eran enanos, eran del físico de un niño de 10 a 12 años, pero con diminuta estatura. Nunca hablaban, me miraban fijamente y seguían mi mirada hasta que mi presencia se perdiera en el camino. La segunda vez estaban ahí, en el mismo lugar, sin moverse. No me dio miedo porque pensaba que estaba viendo a dos niños extraños, pero pequeños.

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Diez años después de haber fallecido mi abuela, me hallaba almorzando cuando la empleada doméstica de la casa recibió una llamada que puso en altavoz debido a estar lavando los platos. Su hija mayor, de 29 años, le manifestaba que ya no aguantaba más e iba a entregar la casa en alquiler donde vivía. Un niño de aproximadamente 7 años permanecía apareciéndose en la cocina. Tanto en horas de la tarde como de la noche. Declaraba en su agitada voz que era inofensivo, que parecía jugar a las escondidas. Su expresión corporal no era de asustar ni temer, pero como ella lo decía: “Madre, esto no es normal, es un espanto o un alma en pena. Mis hijos lo han visto varias veces y mi marido—

La hija de mi empleada doméstica le comentó a varios vecinos y estos le dijeron que hacía varios años, la estructura del tanque elevado de la casa había caído encima de la cocina y había ocasionado la muerte del hijo de los dueños de la vivienda. Ya el tema era de público conocimiento y le decían el duende Andrés. Sus padres se mudaron, pero el niño pasó a ser un duende que cuida y permanece en el recinto, según los vecinos.

—La tercera vez que los vi iba acompañada de mi comadre Manuela. Cuando pasamos justo frente a ellos, le dije que esos niños siempre me habían parecido extraños y ella me dijo que no veía a nadie. Yo volví a mirar hacia atrás y nunca dejaron de mirarme con una sonrisa prudente, entre penosa —me ratificó mi abuela, ya habiéndose ubicado en una silla. Se acariciaba el rostro cubierto de caminos venosos mientras la poca brisa le despeinaba el cabello cenizo. Al poco tiempo se enteró de que en ese puente se habían ahogado dos niños gemelos.

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Para el cristianismo, los duendes hacen parte del imaginario colectivo refugiado en el folklore, creencias populares ancestrales, prácticas paganas a quienes le invocan, pero no son reconocidos como seres existentes dentro de fenómenos sobrenaturales.

En la literatura no son ignorados, solo por mencionar algunos autores que recurren a ellos en las narraciones, como es el caso de Isabel Allende en La casa de los espíritus, El Elfo de Goethe, La Tempestad de Shakespeare, en las sagas de Harry Potter y El Señor de los Anillos. García Márquez también los nombra sin tanto protagonismo cuando desaparecen los objetos en la casa de los Buendía.

Cierto de este año, salí con un amigo literato a un bar de la avenida primera; buscamos la terraza escapando del bullicio para tratar de tertuliar y lograr cualquier caricia del bosque que se aposenta frente al río. Nos dimos cuenta de que el servicio en el lugar era muy decadente y le manifestamos al masero que no era la primera ocasión que frecuentábamos el lugar y que tratara de estar más atento a los clientes. La respuesta del mesero, quien es un hombre pasado del medio siglo de vivir, nos dejó estupefactos: Es que desde que el patrón se fue de viaje y dejó un duende en la parte trasera del negocio, esta ha decaído. Allá atrás hay un cuartico especial donde nadie entra; nos prohibió entrar hasta que él vuelva. Pero la que hace el aseo lo vio y dice que es así como un muñeco, pero está vivo. Es blanquito, de menos de un metro de largo; lo tienen en una jaula. Mi contertulio, que es bastante supersticioso y escribe mucho sobre estos temas de espantos y situaciones fantasmagóricas, pidió la cuenta de las dos cervezas que habíamos tomado y nos marchamos del lugar.

Aquella tarde remota, vestida de matices sepia, que escuchaba a mi abuela contar con aureola notarial sus tres encuentros con duendes, probablemente vio en mi rostro un aspecto calamitoso y cierta incredulidad. Tomó un respiro fuerte tratando de espantar la pesadumbre enjorobada de los años y afirmó con la certeza del profeta: —Los duendes están por todos lados, solo es que no todo el mundo los ve y ellos tampoco se dejan ver de todo el mundo.

Buen viento, buena mar

Posdata: Felicitaciones al nuevo Secretario de Cultura de la Alcaldía de Montería Félix Avilés. Éxitos en la gestión.