Lo peor que han hecho los equipos que se enfrentaron a Argentina en este mundial fue marcarle un gol. Ponerse arriba en el marcador terminó siendo, paradójicamente, su sentencia de muerte. ¿Qué ocurre en la mente de un equipo cuando recibir un gol, en lugar de disminuirlo, lo hace más fuerte, le borra el cansancio, desvanece el miedo y despierta a una fiera que eleva su potencial al máximo? Eso es lo que pasa con el conjunto de Scaloni. Algunos analistas del fútbol llaman a este fenómeno “jerarquía”, pero esa palabra se queda corta para definir y entender lo que verdaderamente ocurre en un plantel y en una nación donde el fútbol no es un simple deporte: es una cuestión de vida o muerte.
Si usted quiere comprender el trasfondo psicológico de la pregunta inicial, mi querido lector, lo invito a leer hasta el final.
Hacia mediados del siglo XIX, cuando los inmigrantes británicos introdujeron el fútbol en territorio argentino, este deporte se topó con una realidad cruda: miles de trabajadores e inmigrantes europeos marcados por la nostalgia, el cansancio y las barreras idiomáticas. En medio de esa dificultad para comunicarse, hallaron en la pelota un sentido de supervivencia y catalizador de emociones. El potrero y el balón se convirtieron en el gran lenguaje integrador, pero, por sobre todas las cosas, en el único canal emocionalmente seguro para conectarse con sus hijos.
Así, el fútbol dejó de ser un juego extranjero para transformarse en la herramienta clave para construir identidad, el puente para empezar a sentirse argentinos y la mejor terapia para mitigar el dolor del desarraigo europeo.
Cuando el fútbol transitó del potrero a la cancha profesional, la radio terminó por convertir el domingo, el hogar y la familia en un altar sagrado. La pasta y el fuego del asado se hicieron parte del partido mientras los goles resonaban; el escenario exacto donde el padre típicamente silencioso, fuerte y distante se transformaba, en un instante, en un ser emocional y conversador con la familia, abriendo su corazón ante sus hijos para hablar de fútbol.
El año 1986 marcó la consolidación definitiva del fútbol en el ADN argentino. Con la herida abierta por la traumática Guerra de Malvinas, el pueblo encontró en el Mundial de México 86 la oportunidad perfecta de revancha y desahogo frente a la impotencia, la injusticia y la rabia colectiva. En ese contexto, Diego Maradona dejó de ser un simple futbolista para convertirse en un soldado épico frente a los ingleses. Bajo esa mirada, “la mano de dios” jamás se percibió como una trampa, sino como un acto de justicia poética por las Malvinas. Allí, el fútbol trascendió el sentido de pertenencia barrial para transformarse en un orgullo nacional furioso.
Frente a las devastadoras crisis económicas que el pueblo argentino ha arrastrado durante décadas, el fútbol emergió como la alegría en tiempos de bancarrota, el gozo en medio del hambre, el orgullo frente a la escasez y el desahogo ante el estrés cotidiano; la resiliencia pura hecha juego. Por eso, para un argentino, el estadio no es una simple estructura de cemento: es un templo sagrado y, quizás, el único espacio social donde un hombre se siente plenamente validado emocionalmente.
Para un argentino, la cancha no es un simple terreno de juego; es un campo de batalla donde se disputa la vida o la muerte del orgullo personal y nacional. Pertenecer a un club no es solo simpatizar con unos colores; es su identidad misma. El “YO SOY DE…” funciona como carta de presentación ante el mundo, definiendo su origen, su familia y un linaje de lealtad intergeneracional. En definitiva, el fútbol es el espejo exacto donde el argentino se mira a sí mismo.
Un argentino no se limita a alentar; se hace presente con mayor fuerza en la adversidad: cuando van perdiendo, cuando el clima es hostil o cuando se desciende de categoría. Es la lealtad en las malas, el arte de compartir el sufrimiento. En esa cultura, se valora mucho más al hincha que padece y se queda, que al que solo aparece para celebrar los triunfos. Por eso, si existe una palabra capaz de resumir todo lo expuesto, no es “jerarquía”. El concepto que verdaderamente condensa cada hito histórico, vivencia y sentimiento, tanto en el fútbol como en la vida diaria del argentino, es el “AGUANTE”.
El ¡AGUANTE! Esa es la característica que admiro profundamente. Aunque existan matices que no comparto del fútbol argentino, el ¡AGUANTE! me hace desear ser como ellos son en una cancha de fútbol; quiero serlo en la cancha de la vida.
Querido lector, ¿usted es de los que se amilana ante las adversidades de la vida?, ¿es de los que afloja cuando se siente perdido?, ¿le faltan huevos para enfrentarse a lo que lo quiere acabar? Si es así, usted necesita “AGUANTE”.
Necesita que, ante los golpes de la cotidianidad y en los momentos donde el marcador de la vida va en contra, emerja desde su interior una fuerza superior, una profunda ardentía, valor, que desaparezca el miedo y potencie sus poderes capacidades en el instante más crítico del partido y la batalla de la vida.
Si usted piensa que he escrito esta columna con el único fin de elogiar a Messi o a la selección argentina, está equivocado.
Mis palabras están dedicadas a todas esas personas que hoy se están dando por vencidas, que creen que ya no hay nada que hacer, que han perdido el partido faltando aún algunos minutos por jugar.
¡Vamos, levántese, carajo! ¡Aguante, Juan! ¡Aguante, Grace! ¡Aguante, Shirlys! ¡Aguante, Lidis! ¡Aguante, Mayra! ¡Aguante, Felvia! ¡Aguante, Jane! ¡Aguante, Ligia! ¡Aguante, Karo! ¡AGUANTE, _______________!
Es necesario que aprendamos de los argentinos: lo mejor de nuestro ser debe darse en los peores momentos del partido. Debemos dejar ¡ya! toda actitud aprendida de derrota ante la adversidad y comenzar a aprender a sacar la furia que llevamos dentro para pelear nuestras batallas hasta el último instante. Si muero, moriré peleando, y si vivo, viviré guerreando, pero nunca me daré por muerto antes de tiempo. Mientras haya vida, hay oportunidad de cambiar el resultado; mientras haya tiempo, todo puede pasar.
P.D. Pido disculpas a los lectores argentinos si alguna de mis palabras no los representa fielmente; soy un colombiano que intenta interpretar, desde la distancia, una historia que no ha vivido en carne propia. Sería un absoluto honor que sumen sus perspectivas en los comentarios para enriquecer esta columna. Les deseo el mayor de los éxitos en la final. ¡Aguante, Argentina!





