¿A cuántos vamos a subir?

Boris Zapata Romero
25 minutos atrás

Un andamio es una de las piezas más discretas de cualquier obra; en general pasa inadvertido cuando el edificio está terminado, y sin embargo es determinante en su construcción.

El andamio sube al maestro de obra a una altura que, por “maestro” que sea, no alcanzaría desde el suelo aun con enorme esfuerzo. Le ahorra tiempo, le amplía el alcance, permite hacer cosas más elaboradas con seguridad. Eleva el valor de su trabajo.

Esa imagen, la del humilde andamio, sirve para pensar la relación entre la inteligencia artificial y el trabajo, y para entender la decisión que Colombia tiene enfrente.

Una conversación promedio sobre inteligencia artificial gira alrededor de la sola idea, de que se puede hacer más, con menos manos; sin embargo, un trabajo de febrero de 2026 del Hamilton Project, en Brookings, invita a mirar más lejos. Sus autores son los economistas Daron Acemoglu, David Autor y Simon Johnson, dos de ellos, Acemoglu y Johnson, reconocidos con el Nobel de Economía en 2024.

Distinguen cinco maneras en que una tecnología toca el trabajo, y solo una resulta inequívocamente favorable a quien trabaja, la que crea tareas nuevas. Una herramienta puede acelerar una labor, puede trasladarla a una máquina o puede permitir que alguien con menos preparación haga lo que antes pedía un especialista.

La que de verdad multiplica es la que amplía el campo de lo que una persona logra hacer, porque eleva el valor de su criterio en lugar de volverlo prescindible.

Sin embargo, una cosa es Dinamarca y otra Cundinamarca. Ese debate nació en economías de salarios altos, donde el riesgo mayor es que la máquina desplace mano de obra especializada y de valor.

Y no quiero quitarles el sabor a las conversaciones que sobre el tema de la IA se dan en oficinas, esquinas, salas y comedores. Yo mismo con mis hijos las he tenido, pero Colombia parte de otro lugar.

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Nuestra economía convive con una informalidad amplia y con una productividad que avanza despacio, y en buena parte del territorio el expertise es escaso antes que abundante.

Trasladado a ese contexto, el marco cambia de inquietudes, pues la cuestión deja de girar sobre si la IA reemplaza al especialista y pasa a girar sobre si la IA crea capacidades donde hoy son escasas, si convierte a un técnico en alguien capaz de resolver lo que antes ocupaba a tres, si le pone un andamio al oficio que desempeña para elevar el valor de su criterio.

Esa diferencia convierte la adopción de IA en una decisión de diseño, y las decisiones de diseño tienen dueño. Un país puede usar la tecnología para comprimir lo que ya hace, y ganará eficiencia en el centro formal de su economía.

También puede usarla para ensanchar lo que su gente produce, y entonces abre servicios, oficios y mercados que antes quedaban fuera de alcance. La primera ruta es la más sencilla, pide poca imaginación gerencial y deja valor sobre la mesa. La segunda pide método, inversión y una idea clara de hacia dónde llevar el trabajo. Es, con todas sus letras, una tarea de arquitectura.

Uruguay ofrece una muestra concreta de la segunda ruta. Desde 2007, el programa Ceibal pasó de repartir computadores a sostener un ecosistema de innovación educativa, y hoy encabeza esa transición en la región. Cuando llegó la ola de IA generativa, el país eligió el andamio.

Tres de cada cuatro docentes uruguayos ya usan estas herramientas en su tarea diaria, dentro de un modelo donde el maestro conserva el centro de la decisión pedagógica y la tecnología sostiene lo operativo.

La apuesta se acompaña de formación, más de novecientos docentes aprobaron cursos y más de ciento cincuenta un postítulo durante 2025, mientras Ceibal levantaba junto al Banco Mundial, el BID y el IDRC de Canadá un laboratorio regional de IA aplicada a la educación.

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Ese caso pide una lectura precisa, en cuanto a que Uruguay muestra un diseño institucional que ubica al trabajador en el centro, y su efecto sobre la productividad de la economía madurará con los años, a medida que esas capacidades se asienten. El valor de la lección que nos dan está en el método, un Estado que decide invertir en que su gente valga más junto a la tecnología digital, y que trata esa decisión como política sostenida por encima de un gobierno. Ese es el andamio hecho institución.

El mismo principio puede operar dentro del sector privado. Schneider Electric equipó a sus electricistas e ingenieros de campo con una herramienta que cruza imágenes, datos de los equipos y un historial de fallas para sugerir el siguiente paso frente a una avería.

El resultado visible fue la mitad de tiempo en los reportes de mantenimiento. El resultado profundo fue otro, un técnico que aplica mejor su criterio justo donde el criterio decide. La herramienta elevó al oficio, y el oficio rindió más.

Colombia tiene mucha conversación sobre la IA todavía por delante, y eso es una ventaja. Está la charla sabrosa que anima una mesa, y está la decisión seria que cada ministerio, cada empresa y cada región toma al adoptar estas herramientas, lo advierta o lo pase por alto.

Una ruta llega sola, por la fuerza de los acontecimientos, automatiza el centro y deja la periferia donde está. La otra se elige a conciencia, reparte andamios y eleva a la gente. Un país que aspira a un propósito compartido, más allá de una economía apenas más barata, tiene claro cuál de las dos merece su gente y su trabajo. El andamio ya existe. Falta decidir a cuántos vamos a subir.

Boris F. Zapata Romero

(Para La Razón.Co | 14.07.26)