¿Qué relación existe entre los rescatistas del terremoto en Venezuela, Cristiano Ronaldo y Lionel Messi? La respuesta es simple y contundente: en ambos escenarios, los hombres son los protagonistas absolutos. Si usted tiene el infortunio de vivir una catástrofe natural, o si tiene la fortuna de experimentar la intensidad de un mundial de fútbol, se dará cuenta de una verdad evidente: los hombres brillan por su presencia.
Quienes insisten en repetir que los hombres no lloramos o que carecemos de expresividad emocional, es porque jamás se han detenido a observar cómo nos comportamos cuando la vida se juega en esos dos extremos.
Quienes tachan al género masculino como “lo peor” de la sociedad es, sencillamente, porque no nos conocen a fondo. Tanto el fútbol como las catástrofes naturales tienen la particularidad de revelar lo mejor que habita dentro de nosotros.
Invito al lector a recordar, o a volver a observar con detenimiento, las imágenes de las primeras 72 horas tras la tragedia venezolana: ¿quiénes son los que más socorren a otros, al punto de estar dispuestos a entregar su propia vida por familiares, amigos e incluso perfectos extraños? Notará, sin lugar a dudas, que los hombres están siempre allí, en la primera línea de rescate.
Pregúntese por un instante: ¿qué sería de la raza humana si los hombres no tuviésemos esa función innata de entrega, protección y cuidado? ¿Qué pasaría si no estuviéramos dispuestos a salvaguardar y rescatar al prójimo, aun poniendo en riesgo nuestra propia integridad?
Los incontables varones que dan la vida por otros son la prueba irrefutable de que no somos malos simplemente por el hecho de ser hombres; ni el sexo ni el género definen la calidad moral de un individuo. La bondad y la maldad de un ser humano radican en lo que decide hacer con las capacidades y poderes que posee. En el caso del hombre, el dilema está en qué hace con su fuerza, sus características fisiológicas, sus capacidades y sus talentos. Es cierto que unos pocos utilizan ese potencial para dañar y destruir, pero somos muchísimos más los que elegimos esas virtudes para amar y salvar. Exactamente igual que ocurre con las mujeres.
El mundial de fútbol también nos demuestra que los hombres no somos meros músculos ni fuerza bruta; somos seres humanos que sentimos y nos emocionamos con la misma profundidad que las mujeres. Lloramos ante la derrota y estallamos de felicidad ante el triunfo. Pero, sobre todo, la gran lección que esto nos deja es que los hombres —tanto en la tensión de un estadio como en el desastre de un terremoto— podemos ser sumamente valientes, fuertes y aguerridos, hasta el punto de darlo todo, y al mismo tiempo conservar la hermosa capacidad de llorar, conmovernos y alegrarnos como lo haría un niño, y eso no nos resta hombría.
Como hombres, tenemos el desafío de trasladar esa misma actitud y autenticidad que brota en medio de las crisis o en la pasión de un mundial hacia nuestra vida cotidiana. Es necesario aprender que se puede ser plenamente varonil sin necesidad de esconder, reprimir o camuflar nuestra vida emocional.
Mujeres y sociedad en general: aprendamos que los hombres no son peligrosos o perversos simplemente por el hecho de nacer hombres. Es imperativo entender que los varones somos, y hemos sido históricamente, una pieza fundamental en el cuidado y la protección de la humanidad. Como en cualquier proceso humano, por supuesto que necesitamos cambiar, desaprender y mejorar en múltiples aspectos; sin embargo, esas tareas pendientes no pueden usarse como excusa para invisibilizar la bondad, nobleza y rectitud que habita en la gran parte de los hombres.
Advertencia: Tengamos cuidado con la tendencia de catalogar como “tóxica” o negativa la fuerza biológica del varón, su valentía, su firmeza o su entrega total. Sería un error histórico pretender que los hombres pierdan estas capacidades y cualidades, pues son pilares fundamentales para la protección y el equilibrio de nuestra sociedad. Lo que sí es urgente y necesario es que los hombres aprendamos a encauzar las características de nuestra naturaleza para ponerlas, siempre y sin excepción, al servicio del bien, del amor y de la vida.





