En una conversación con mi dilecto amigo Pompilio Silva surgió una pregunta que, por su profundidad y por el drama humano que encierra, merece una reflexión seria: ¿por qué tantos jóvenes deciden quitarse la vida en el departamento de Córdoba?
Confieso que no existe una respuesta simple. Sería irresponsable atribuir este fenómeno a una única causa, porque el suicidio es uno de los problemas más complejos que enfrentan las sociedades contemporáneas. Cada caso tiene una historia distinta, pero todos obligan a preguntarnos qué está ocurriendo con nuestros jóvenes, con nuestras familias y con nuestras instituciones.
Como sociólogo, considero que este fenómeno debe analizarse desde una perspectiva integral. No basta con observar el comportamiento individual; es indispensable comprender el contexto social en el que viven los jóvenes. La desintegración familiar, la violencia intrafamiliar, el desempleo, la pobreza, la incertidumbre frente al futuro, el consumo de sustancias psicoactivas, el acoso escolar, la presión académica, el impacto de las redes sociales, el aislamiento y las dificultades para acceder oportunamente a servicios de salud mental son factores que, en diferentes niveles, pueden influir en la aparición de conductas suicidas.
Hace más de un siglo, Émile Durkheim revolucionó la forma de entender este fenómeno al publicar El suicidio. Su principal aporte consistió en demostrar que el suicidio no podía analizarse únicamente como una decisión individual o un problema clínico, sino también como un hecho social. Durkheim sostenía que cuando los vínculos que unen a las personas con la familia, la comunidad, la escuela o las instituciones se debilitan, aumenta la vulnerabilidad frente a situaciones de desesperanza y pérdida del sentido de la vida.
Más de cien años después, muchas de sus reflexiones mantienen plena vigencia. Vivimos en una sociedad donde, paradójicamente, la hiperconectividad tecnológica convive con una creciente soledad emocional. Muchos jóvenes tienen cientos de contactos en redes sociales, pero muy pocas personas con quienes hablar de sus angustias, sus miedos o sus frustraciones.
Por eso la pregunta formulada por Pompilio Silva no debe quedarse en una conversación entre amigos. Debe convertirse en un llamado a toda la sociedad cordobesa. No podemos acostumbrarnos a leer noticias sobre suicidios juveniles como si fueran un dato más de la realidad. Detrás de cada cifra existe una historia, una familia destruida, un proyecto de vida que nunca llegó a realizarse y una comunidad que también fracasa cuando no logra proteger a sus jóvenes.
Comparto plenamente el planteamiento de Pompilio Silva cuando insiste en la necesidad de fortalecer las políticas públicas de salud mental. No basta con reaccionar después de una tragedia; la verdadera responsabilidad del Estado consiste en prevenirla. La salud mental debe dejar de ocupar un lugar secundario en la agenda pública y convertirse en una prioridad de los gobiernos nacional, departamental y municipal.
Eso significa incrementar la inversión pública en programas de prevención, garantizar la presencia de psicólogos y orientadores en las instituciones educativas, ampliar el acceso a consultas psicológicas y psiquiátricas, fortalecer las líneas de atención en crisis, capacitar a docentes y padres de familia para identificar señales de alerta y promover campañas permanentes que ayuden a romper el estigma que todavía existe alrededor de la salud mental.
Pero esta responsabilidad no recae únicamente sobre el Estado. La familia continúa siendo el principal espacio de protección emocional. La escuela debe formar no solo para el conocimiento, sino también para la vida. Las iglesias, las organizaciones sociales, los medios de comunicación y la ciudadanía en general también tienen un papel fundamental en la construcción de redes de apoyo que permitan detectar oportunamente situaciones de riesgo.
La salud mental no puede seguir tratándose únicamente cuando aparece la enfermedad. Debe entenderse como un componente esencial del bienestar, tan importante como la salud física. Una sociedad que cuida la salud mental de sus jóvenes está protegiendo su futuro.
La pregunta de Pompilio Silva, lejos de buscar culpables, nos invita a asumir responsabilidades. Tal vez nunca exista una explicación única para el suicidio, pero sí sabemos que una sociedad más solidaria, unas instituciones más cercanas y unas políticas públicas más fuertes pueden marcar la diferencia entre la desesperanza y la oportunidad de seguir viviendo.
Si realmente queremos reducir el número de suicidios en Córdoba, debemos dejar de actuar únicamente cuando ocurre una tragedia y comenzar a construir una verdadera cultura de prevención. Como bien lo plantea Pompilio Silva, fortalecer las políticas públicas de salud mental no es un lujo ni un gasto innecesario; es una inversión en la vida, en la dignidad humana y en el futuro de nuestros jóvenes. Esa debería ser una prioridad inaplazable para quienes tienen la responsabilidad de gobernar.








