Me confesaré Kulero

Boris Zapata Romero
6 días atrás

Los modelos económicos no están tallados en piedra. Se transforman, se hibridan, mueren y resucitan con otro nombre. Lo sabe cualquiera que haya visto cómo el “libre mercado” del Consenso de Washington terminó pidiendo rescates estatales en 2008, o cómo economías que presumían de planificación centralizada abrieron bolsas de valores sin mucho rubor. La economía no es dogma, aunque muchos la usen como si lo fuera.

Y precisamente porque los modelos viven, pueden también ser usados como arma retórica. En Colombia eso ocurre hoy con una figura que pocos reconocen por su nombre histórico, pero que la extrema izquierda local está resucitando con notable eficacia: el kulak.

¿Quién fue el kulak? En la Rusia pre-soviética, el término designaba al campesino que había logrado acumular algo. Una vaca más, unas hectáreas propias, una pequeña bodega de granos. No era un terrateniente. No era un oligarca. Era, en el lenguaje de hoy, un pequeño productor rural que había prosperado con trabajo propio. Eso fue suficiente para que el estalinismo lo convirtiera en enemigo de clase. Entre 1929 y 1933, la política de “deskulakización” deportó, encarceló o ejecutó a cientos de miles de familias. No por ser ricos, sino por no ser lo suficientemente pobres. Su pecado fue haber producido.

Ese mecanismo de señalar al pequeño productor como símbolo de la explotación, como obstáculo para la utopía, no desapareció con la URSS. Sobrevivió como técnica política, y en Colombia está operando desde el poder.

Aquí y ahora, quien emplea esa lógica ya no es la guerrilla de izquierda ortodoxa, sino sectores de la extrema izquierda democrática que han encontrado en el pequeño agricultor, el ganadero, el cafetero familiar, un blanco conveniente. Los atacan por tener demasiado, a pesar de no encajar en los esquemas de gran capital. En una Colombia donde más del 70% de los productores agropecuarios son pequeños y medianos, donde según el DANE el 48% de ellos tienen menos de 3 hectáreas, eso es una masa enorme a la que hay que neutralizar o cooptar.

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El instrumento usado cada vez es menos sutil, es la narrativa de que ser propietario rural, vivir de la tierra, es de por sí un gesto capitalista reprobable. Es la presión para que esos productores dependan de subsidios discrecionales en lugar de mercados. Es el discurso que romantiza la pobreza campesina como autenticidad, mientras deslegitima cualquier acumulación modesta como traición ideológica. El capitalismo es su pecado, les dicen, mientras ahogan la economía para que dependan de ellos, de su redención.

La extrema izquierda lleva décadas perfeccionando su propio truco, crear pobres con la ilusión de un futuro mejor. Es quizás el engaño más gastado de la historia política moderna, y también el más peligroso, porque se disfraza de compasión. La promesa de la redención colectiva, ese horizonte luminoso que justifica el sacrificio presente, ha venido sirviendo para mantener poblaciones enteras en condición de espera, clientelizadas, dependientes de quien administra la esperanza.

El pobre redimible es un votante cautivo. El productor autónomo, no.

Lo que ninguno de los dos extremos, derecha e izquierda, quiere admitir es que hay un modelo posible que no se parece a ninguno de sus relatos. No es la depredación del capitalismo de gran escala, que en el agro colombiano tiene cara de acaparamiento de tierras, monocultivos extractivos y encadenamientos que dejan las migajas para el productor primario. Pero tampoco es la utopía redistributiva que ha demostrado, donde se ha intentado, más capacidad para generar miseria compartida que prosperidad real.

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Existe, en cambio, una economía de creación de riqueza sustentable (y sí, prefiero ese término a “sostenible”, que ya huele a PowerPoint corporativo), que toma en serio al pequeño productor como sujeto económico activo, no como beneficiario pasivo ni como obstáculo ideológico.

En Colombia tenemos uno de sus ejemplos más nítidos, Colanta, y en Córdoba, Codelac. Nacieron de la unión de pequeños productores lecheros para enfrentar la incertidumbre del mercado, y su lógica sigue siendo exactamente la contraria al asistencialismo. Ahí hay encadenamiento productivo real, tecnología aplicada, transformación agroindustrial y acceso estable a mercado, todo a partir de una figura donde el productor no entrega su autonomía a un tutor político, sino que se integra como actor económico con derechos e interés directo en la cadena.

Ese modelo no tiene héroes ni redentores. Por eso no es atractivo para quienes necesitan que los pobres sigan esperando ser salvados.

Así que si tener una finca propia, trabajarla, sostener una familia con ella y aspirar a dejarla mejor de como la recibí nos convierte en enemigos del pueblo según unos, y en capitalistas recalcitrantes según otros, pues no queda más remedio que declararse kulak. O kulero, que suena más de aquí y quizás es más honesto.

Boris F. Zapata Romero Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico