Machismo o fuente de inspiración
En 1968, la figura femenina marcó un hito en la música vallenata al presentarse en la primera edición del Festival Vallenato una agrupación que abriría el camino para la mujer en una cultura que se ha mal llamado machista. Rita Fernández Padilla, con el acordeón al pecho, tapando quizás la feminidad de su busto, pero esbozando el talento a flor de piel que erupcionaba en sus notas y tono de voz, sorprendió al público junto a otras compañeras, a las que bautizaron como Las Universitarias.
Jóvenes con gran sutileza y habilidades para ejecutar con firmeza los cuatro aires del vallenato. —Ve y esto de dónde salió, acaso las mujeres pueden tocar esta vaina —comentaban algunos participantes del certamen al mirar con rareza a Rita, quien con autoridad y destreza dejó fascinados a los asistentes.
Y es que no era para menos; siempre se habló de la figura masculina liderando el protagonismo desde la juglaría. La música vallenata tiene su genealogía en la tradición oral, en el canto de vaquería con décimas, luego versos que el jornalero cantaba mientras encerraba el ganado. En ocasiones, viajes, travesías que aquellos hombres acompañaban con el repentismo inspirado para dialogar con el mismo ganado y escabullir un poco la soledad que atrofiaba la espesura de la manigua.
Eran oficios varoniles; luego llegó la instrumentación a acompañar a esos rapsodas que llevaban las historias y noticias de pueblo en pueblo a lomo de mula (oficios varoniles) y a esto se le adiciona que en los descansos de las extenuantes jornadas se hacían rondas nocturnas que se convirtieron en parrandas. En aquel entonces, la mujer no cabía en ese ambiente; tomar trago a caballo y durar varios días en ese son era de hombres y de hombres de vida alegre, no eran bien vistos por la sociedad en general; por lo tanto, la mujer no hacía parte de esas costumbres.
Quizás la figura femenina no participaba como ejecutora del folclor, pero tuvo un mayor protagonismo: cuando llegaron los primeros versos convertidos en canciones y el vallenato tomó forma, ya no como una música de traspatio y jornaleros, sino que fue cimentando una identidad, una cultura; la mujer fue siempre la mayor inspiración de aquellos cantos. Pero su figura no claudica allí; la mujer estuvo siempre al pie de aquellos pioneros del folclor vallenato. Una parranda duraba varios días: versos, piquerías, cantos inéditos que se compartían unos con otros, pero parranda sin comida no era parranda.
En el sigilo hacendoso, las mujeres se quedaban en la cocina, al pendiente de que en la parranda no faltara nada. Los manjares vernáculos eran receta de autor: sancochos y guisos de animales montunos, esos eran algunos de los platos que normalmente acompañaban los encuentros alborozados. No podían quedarse escuchando los cantos y mucho menos opinando, apartadas del jolgorio, pero sin ellas no había parranda y toda la cofradía de músicos le rendía culto a su figura emblemática en los cantos. En el sigilo hacendoso se convirtieron en portadoras de tradición oral y guardianas de historias.
En ese primer festival de 1968 ya eran reconocidos Escalona, Emiliano Zuleta, Alejo Durán y su dinastía, Luis Enrique Martínez, Lorenzo Morales, Leandro Díaz, Alfredo Gutiérrez, entre otros. Hombres, cantores, compositores y acordeoneros. Jamás se habría escuchado hablar de mujeres que interpretaran vallenatos; lo impensable ocasionó un revuelo, recibieron un reconocimiento especial y al año siguiente fueron declaradas fuera de concurso.
A partir de allí, el patriarcado del hombre como figura protagónica tiene un antes y un después. Rita Fernández y las Universitarias lograron grabar un único trabajo musical que, aunque fue todo un éxito en 1970 con el sello discográfico Bambuco, lastimosamente, la agrupación tuvo corta vida debido a que los compañeros sentimentales de las integrantes no comulgaban con las agendas, casetas y viajes de sus mujeres. Pero la semilla quedó y Rita continuó como compositora, desafiando cualquier estigma ante la sociedad, y varias de sus canciones como Sombra Perdida (composición más emblemática, inmortalizada por El Binomio de Oro), Himno de Valledupar, Las dudas del amor, Tierra blanda, El valle que llevo dentro, Se va la tarde, Romance vallenato, entre otros, lograron un despertar y ebullición de féminas que en distintas regiones del Caribe colombiano comenzaron a ejecutar el acordeón y cantar música vallenata.
Era complicado; en el club de Valledupar había y creo que aún conservan un letrero en la pared que prohibía la entrada de conjuntos vallenatos. El estigma señalaba a esta música como plebeya, de borrachos, hombres andariegos y fecundadores al garete de hijos. La jovencitas que quisieran aprender a tocar el acordeón o cantar en este género, lo hacían a escondidas de sus padres. Hoy esa música que se vetó en otras épocas, es la que nos representa ante Colombia y el mundo… aunque algunos etnomusicólogos sigan considerando que la cumbia es nuestra música representativa.
El precedente lo sentó Rita, como acordeonera, como intérprete y cantante. De ahí, años más tarde, aparecen Patricia Teherán, Adriana Lucia, Las Diosas del Vallenato, Las Musas del Vallenato, Margarita Doria, Ana del Castillo, Karen Lizarazo, por mencionar algunas, porque ese árbol ha crecido de forma exponencial.
Vale la pena resaltar que la figura femenina siempre ha estado inmersa en el Festival de la Leyenda Vallenata, desde su creación con Consuelo Araujo Noguera y Cecilia “La Polla” Monsalvo; fueron gestoras de consecución exitosa en edificar el evento. En el año de 1969 se presenta Fabri Meriño como la primera mujer en competencia, enfrentando a hombres de gran categoría. En 1971, Stella Durán se convierte en la primera concursante de la canción inédita, para que años más tarde, en 1995, Hortensia Lanao ganara esa categoría de canción inédita. Desde 2019, el festival creó oficialmente las categorías acordeonera mayor y menor, lo que ha permitido la presencia de un derroche de talento femenino en la digitación del acordeón. Mujeres que pueden pararse ante cualquier acordeonero masculino de tú a tú. El talento es el mismo, solo cambia el sexo.
Rita Fernández abrió el portillo, quitó las barreras y abrió fronteras. Se ganó el respeto y la admiración, llegando a ser en mayo de 2019 la primera mujer presidente de la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia (SAYCO).
Desde un comienzo, la mujer fue el eje de la mayoría de las composiciones; es la inspiración central de una música que siempre ha sido más verbo que melodía, más poesía que arreglos, más historias y narrativa. Si hay un género musical en el mundo donde sus compositores se inspiren en exaltaciones y versos a la mujer, ese es el vallenato.
Buen viento, buena mar
Posdata: Este año nuestro acordeonero monteriano Camilo Molina vuelve a la contienda por la corona del Rey Profesional en el Festival Vallenato, luego de tres años de estar entre los finalistas. Este año es el año Cami. Bendiciones






