
Eran las 2:15 pm de un martes laboral cuando el profesor Otalvaro llegó afanosamente a mi oficina para que lo acompañara a una reunión con David Sánchez Juliao. Necesitaba un periodista para sacar una nota sobre un evento que se realizaría al día siguiente en la Universidad de Córdoba. Inmediatamente, solté el computador, tomé una grabadora, cámara fotográfica y me monté en su carro. No dudé un segundo en acompañarlo. En la oficina habíamos 4 comunicadores y no iba a dejar pasar la oportunidad de conocer a uno de los personajes que más admiraba desde épocas del colegio.
La cita era a las 2:30 pm en Juan Valdez Café. Íbamos atrasados. David llegó en horas de la mañana a Montería, y ya había presentado una queja porque no lo recogieron en el aeropuerto Los Garzones. El profesor Otalvaro era el organizador de un Festival de Literatura y el invitado de honor era Sánchez Juliao. Llegamos al Café y ya estaba sentado leyendo un libro de cuentos. Lucía una clásica guayabera 4 bolsillos azul cielo. Miró por encima de los lentes al profesor Otalvaro y le dijo “Llegaste tarde”.
Nos presentamos. Era la segunda vez que estaría cerca al maestro David. La primera fue en un conversatorio, pero efímeramente nos saludamos. La turba de admiradores no dejaba intimar más con él.
Su narrativa estuvo basada en la cultura popular del hombre caribe y sinuano. Publicó una veintena de libros en novelas, cuentos, fábulas, historias infantiles. Dentro de los más destacados se encuentran Cachaco, palomo y gato, Pero sigo siendo el rey, Mi sangre aunque plebeya, Buenos días, América. Dulce veneno moreno, El flecha II: (el retorno). ¿Por qué me llevas al hospital en canoa, papá? Historias de Raca Mandaca y El arca de Noé. De toda esta producción literaria recibió en varias oportunidades el Premio Nacional de Cuento, lo mismo que el de Libro de Cuentos y el Premio Nacional de Novela Plaza y Janés. También obtuvo varios reconocimientos a nivel internacional. Sus obras literarias han sido traducidas a 12 idiomas y adaptadas exitosamente al teatro, cine y televisión.
El profesor Otalvaro se paró a comprar 3 capuchinos y le dijo “Ya vengo para que entremos en materia sobre el evento de mañana”. El maestro David Sánchez me hizo una pregunta, cuya respuesta él la tomó como el tema central y se olvidó a qué había venido. ¿Mario tus apellidos son del bajó Sinú? A lo que le confirmé su sospecha y le dije que mis padres eran de Lorica. Bastó esa respuesta para que se emocionara y olvidara la molestia por hacerlo esperar. Sánchez Juliao terminó conociendo a toda mi familia desde abuelos, tíos y primos. Iniciamos una deliciosa conversación de personajes y lugares de su amada Lorica. Me preguntaba si había comido los bocachicos de Tomasa en la casona del mercado público, los jugos El Siboney frente al club, los chicharrones de la bomba, los fritos frente al Teatro Martha y los buchacarasos en Billares El Champion. Conocía a casi todos los personajes que vivían casa por casa desde el puente viejo hasta el barrio Remolino. Zapata Olivella no podía faltar en la tertulia. El profesor Otalvaro tomó la cámara y terminó él haciendo de reportero sin interrumpir al maestro y tomando apuntes de todo lo que hablábamos.
David Sánchez Juliao fue sociólogo, escritor, periodista, diplomático y conversador inigualable. Hombre de amplia sapiencia y una voz portentosa llena de ritmos, matices, armonías que deslumbraban a quien tuviese en frente y de cautivar todo un auditorio atiborrado de cientos de personas. Era prodigioso para dominar lo histriónico de nuestro entorno con un humor exquisito y excelso sin salirse de la intelectualidad que poseía. Tenía las habilidades para doblar e imitar voces. Defensor acérrimo de la identidad cultural del caribe colombiano.
Se le atribuye ser el precursor en Latinoamérica de la literatura casete. En esta modalidad grabó varios audiolibros, pero los más acogidos en el medio fueron El Flecha, El Pachanga, Abraham Al Humor, Fosforito, Pedrito el soñador y David Sánchez conversa con sus amigos de Montería. Ganó varios premios como Disco de Oro y el Disco de Platino, a la par de cualquier intérprete musical. El monólogo fue el sello con el cual se identificó demostrando grandes cualidades en su expresión oral. Cautivaba más con su voz que con su pluma.
Cuando llegamos al Café solo había dos mesas ocupadas. En ese momento eran las 4:00 de la tarde y el lugar estaba lleno. David al darse cuenta subió el tono de su voz musical y cambió la posición en la silla donde estaba sentado, dando una vista más visible a la gente. Al ser identificado comenzó el desfile de personas de su edad, mayores de 50 años y llegaban a profesarle admiración y respeto. Fotos van y fotos vienen. Los celulares más avanzados en aquel entonces eran los BlackBerry que no tenían muy buena resolución en las fotografías.
Otra gran exitosa faceta fue su paso por la televisión con tres producciones de audiencias elevadas: Pero Sigo Siendo el Rey, Mi Sangre, Aunque plebeya y la mítica e inolvidable, Gallito Ramírez. Historia de dos boxeadores que pelean no solo por el amor de una mujer, sino por salir de la miseria. Allí se dieron a conocer figuras que hoy aún están vigentes en la vida pública del arte y los medios, Carlos Vives y Margarita Rosa de Francisco.
Ya sabiendo que las miradas en el recinto estaban direccionadas hacia él, se paró a realizar una llamada y fumarse un cigarrillo en la parte de afuera. Mientras hablaba y absorbía el humo, los carros que pasaban bajaban el vidrio para saludarlo. Entonces percibí que estaba extasiado. Recordé aquella anécdota de Pambelé en Bogotá. Llevaba dos horas montado en un taxi en pleno trancón capitalino. En la Avenida Caracas se bajó sin pagar el servicio y comenzó a caminar en medio del hervidero humano que caracteriza esa zona. No llevaba media cuadra cuando la gente lo reconoció, le levantaban los brazos y gritaban arengas de victoria. Tanto el Pambe como David, necesitaban ser reconocidos y despertar un poco ese ego que la historia les había creado.
Cuando David entró nuevamente al Café, se sentó, tomó el último sorbo del capuchino que estaba completamente frío. Miró el reloj (habían pasado casi tres horas desde que llagamos) y le dijo al profesor Otalvaro “Aja, y tú y yo a qué fue que vinimos”.





