En cada evento de este año, los candidatos presidenciales han dicho la palabra “productividad” por lo menos una vez. La mencionan con la convicción que es importante, como quien descubre algo, pero ninguno ha explicado cómo. Y mientras la campaña avanza con sus promesas, Colombia sigue creciendo por la vía más cómoda y más frágil, que es el consumo, y no la de la producción.
El dato es contundente. El consumo representa el 77% del PIB colombiano. La inversión, apenas el 17%. Es la proporción de un país que gasta más de lo que construye en capacidad para producir. Crecemos, sí, pero como quien sube de peso sin ganar músculo, o como las abuelas decían “está pipón; esta es lleno de parásitos”.
Eso para nuestros territorios, en los que podemos dar por descontado que hay vocación productiva, tiene una razón muy concreta en el abandono de la política económica. Córdoba tiene ganadería, tiene pesca artesanal, tiene palma, tiene cacao, tiene potencial agroindustrial real. Pero sigue exportando materias primas sin valor agregado, sigue dependiendo de precios internacionales que no controla, sigue con pequeños productores que producen bien y venden mal.
Y ese es el vacío que el debate presidencial no está llenando.
La agenda económica de 2026 se mueve entre dos extremos igualmente estériles, de un lado los que defienden el gasto social como motor y los que proponen austeridad fiscal como solución. Ambos hablan desde Bogotá, para una Colombia que en el papel es uniforme y en la realidad no lo es. Nadie está hablando de cómo crece Córdoba. Nadie está hablando de cómo crece el Pacífico, los Llanos, la Amazonia. Y sin esa conversación, no hay política económica que funcione.
La productividad, es el resultado de decisiones concretas. Qué se produce, dónde, con qué tecnología, con acceso a qué mercados, con qué nivel de asociatividad. Un país que crece al 2,3% con el 55% de su fuerza laboral en la informalidad no está creciendo para todos. Está creciendo para los que ya estaban en el pastel.
Lo que Colombia necesita no es otro plan de competitividad nacional de 80 páginas que ningún alcalde municipal lee, ni mucho menos ejecuta. Necesita una estrategia de especialización inteligente por territorios, para apostarle a lo que cada región puede hacer mejor, con el Estado facilitando, no tutelando. Córdoba no necesita la misma política que Medellín. La subregión cordobesa del San Jorge no necesita lo mismo que la provincia Guanentina de Santander.
El próximo gobierno heredará una economía que crece moderadamente, con inflación aún fuera del rango meta, con déficit fiscal presionado y con una inversión privada que no despega porque la incertidumbre no cede. En ese contexto, la tentación será gestionar la coyuntura y aplazar la transformación. Sería el error más costoso.
En el mundo hay respuestas, y ninguna es mágica. Almería, una de las provincias más pobres de España en los años 60, apostó por especialización agrícola intensiva con política territorial clara, y hoy genera cerca del 35% de las exportaciones hortícolas de toda Europa.
Emilia-Romaña en Italia, hoy es una de las regiones más ricas de Europa con un modelo de asociatividad que concentra cooperativas agroindustriales, manufactura especializada y pymes exportadoras.
Querétaro en México hace 30 años era agrícola. Apostó por manufactura aeroespacial con especialización inteligente territorial, y hoy es el hub aeroespacial más importante de América Latina.
Colombia no tiene un problema de crecimiento, tiene un problema de calidad del crecimiento. Está pipón. Y mientras los candidatos siguen sin explicar cómo se construye productividad desde donde se produce, los territorios seguimos esperando una política económica que nos incluya.
Boris F. Zapata Romero / Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico









