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Un acto fallido de los ideales del Siglo 20

Por Marcos Velásquez.


WHISKY

La Revolución Industrial fue la época de transformación económica donde se pasó del imaginario rural, basado en la agricultura y el comercio, a una economía marcada por lo urbano, la industrialización y la mecanización.

Fue la época en la que el vasallo se quedó sin servidumbre, lo que lo empujó a buscar en las cloacas de la urbe un lugar donde guarecerse mientras comprendía que de ahí en adelante le correspondía, para sobrevivir, vender su mano de obra a una fábrica que requiriera obreros.

No fue fácil para el sujeto de la época comprender que de alguna manera ya era libre. Que ahora él podía elegir a su nuevo amo, y quizás, lo más significativo, asumir que él era dueño de su opción laboral.

En cada momento histórico siempre ha existido una resistencia al cambio, a las transformaciones y a las sutiles libertades que existen en las construcciones sociales. Con todo, el sujeto siempre se adapta, o si no, él se excluye del discurso de su época.

Así las cosas, en la historia de la humanidad, la Revolución Industrial dio pie a que muchos sujetos iniciaran un arduo trabajo de obreros, mientras la urbe organizaba a la sociedad naciente a partir de la normalización educativa.

Muchos obreros trabajaron pensando en que sus hijos, pioneros estudiantes, no tendrían que utilizar su fuerza bruta en las fábricas, sino que entrarían a ocupar cargos técnicos o administrativos dentro de estos nuevos espacios laborales que la humanidad estaba instalando, para ese momento y de modo utópico a perpetuidad, gracias a sus capacidades intelectuales, las cuales los liberarían del flagelo de la utilización de la fuerza bruta, para ubicarlos en el empeño del trabajo intelectual.

Nacieron las universidades y con su negocio los posgrados como una forma de cualificar las habilidades que demanda la transformación urbana y el desarrollo de la mecanización, la cual deviene en tecnología, que implica el desplazamiento de la mano de obra por la automatización: la maquina operada por un software.

Para mediados del Siglo 20 las fábricas ya estaban entrando en esta nueva etapa y los vasallos que entregaron su fuerza al dueño de la fábrica empezaban a envejecer o a morir viendo cómo sus segundas generaciones ya no tenían que utilizar la fuerza bruta sino su capacidad intelectual como opción laboral. Sin embargo, el mundo se empezó a dividir dentro de las grandes urbes entre los sujetos que optaron por estudiar, los que pudieron estudiar y los que no contemplaron esa alternativa como posibilidad.

A lo sumo, los padres de la generación escolar de hoy día hacen parte de una de esas tres situaciones, las cuales, al unísono, son el legado de estilos de pensar del Siglo 20, lo que implica que aún estiman que el trabajo se realiza a partir del esfuerzo intelectual y la resistencia a las embestidas de las presiones de los grupos de trabajo al interior de las organizaciones por un lado, o por el otro, una mirada desesperanzada y atribulada de la economía formal del hogar y las escasas oportunidades laborales.

Sin embargo, estos padres y los hijos que hoy están en la competencia académica para afianzar una plaza laboral en el mercado del trabajo local o nacional, desconocen o no se han percatado de que a fecha de hoy estamos en la transición del final de la Revolución Industrial, el que da pie a la transición hacia la Revolución Digital.

No percatarse de este hecho implica que para quienes aun piensan que realizar grandes profundizaciones de estudios doctorales como estrategia de afianzamiento laboral en nuestro medio o a nivel nacional, le garantizará el trabajo que brinde su estabilidad económica, su reconocimiento social y un estilo de vida donde el triunfo del intelecto permitió superar la fuerza bruta con la que los vasallos tuvieron que lidiar en el desarme del imaginario feudal, expone a quien no esté enterado de que el Siglo 21 ya no demanda tanto saber y sí muchas habilidades técnicas y tecnológicas relacionadas con el mundo digital, aplicadas a la venta de servicios, a una depresión, una desilusión o una decepción por haber invertido tanto tiempo y dinero en una tarea que de modo cosmético le servirá a quien la hizo, pero no tanto a esta sociedad que no tiene dinero para cubrir el salario utópico del doctor, ni el lugar de trabajo donde pensar es algo costoso, poco necesario y un acto fallido de los ideales del Siglo 20.

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@MARCOS_V_M

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