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El perro seguirá mordiéndose la cola

Por Marcos Velásquez. FOCUS Marcos Velásquez. El martes 16 de Mayo del año en curso salió publicado en el sitio web Verdad Abierta un artículo titulado: El silencio de Bojayá. Dicho artículo es un relato de la investigadora social Patricia Nieto, quien cuenta cómo en...


Por Marcos Velásquez.

FOCUS

Por: Marcos Velásquez.
Marcos Velásquez.

El martes 16 de Mayo del año en curso salió publicado en el sitio web Verdad Abierta un artículo titulado: El silencio de Bojayá. Dicho artículo es un relato de la investigadora social Patricia Nieto, quien cuenta cómo en el trabajo de campo de su investigación periodística, donde tenía “como propósito registrar el proceso social, político y judicial que implica la segunda exhumación de los restos de las 119 personas sepultadas en el cementerio municipal después de la masacre del 2 de mayo de 2002, que estuvo precedida y seguida de varios crímenes en las zonas rurales”, algunos miembros del Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá les impusieron un veto a su trabajo, secundados por miembros de la ONU en el lugar.

La imagen con la que presenta uno de los momentos de verdad -foto tomada por Natalia Botero, investigadora gráfica del tema-, donde, según la crónica, hubo obstrucción y control de la información, muestra la posición rígida, enfática e impotente de una investigadora tratando de argumentar la importancia de su labor, como su indignación ante la imposibilidad de que se le permitiera hacer su trabajo, frente a un hombre cruzado de brazos escuchando dichos argumentos con gesto expectante que plantea un: ¿Y qué con eso?

En el artículo se resalta la “experiencia de más de veinticinco años en investigación y escritura periodística en temas del conflicto armado y las acciones de paz” por parte del equipo de investigación periodística -que tiene como objeto dar a conocer la verdad-, como argumento probatorio de que el trabajo que se deseaba realizar no era ni el primero para ellas, como tampoco iba a ser un asunto esnobista del tratamiento del tema.

De este momento de verdad vivido por Nieto, Botero y el equipo documental que iba a culminar una escena de un trabajo que vienen desarrollando años a tras sobre el presbítero Antún Ramos Cuesta, sobreviviente de la masacre del 2 de mayo de 2002 en Bojayá y quien fue pilar en el traslado de los heridos de la misma, a la luz de una Colombia espinosa que más allá de clamar por la verdad, por la historia o por su memoria, a lo sumo sólo desea realmente vivir en paz, se pueden hacer lecturas encontradas para tratar de asimilar el presente y discernir el futuro de un Estado que sigue su curso en los cauces del poder de gobiernos que, antes que estar atentos a las necesidades de sus ciudadanos, toman estas como excusas para usufructuar sus estilos de vida.

Los Investigadores

A través de la voz de Patricia Nieto y tal como se ve en las dos fotografías en las que aparece dentro del apoyo multimedia que se le da a la crónica en mención, se presenta el cansancio y el enfado de quien obrando en razón de su tarea, es sorprendido por la falta de aval y comprensión para la realización de su trabajo. Sin embargo, como se trata de un tema donde el dolor está servido a flor de piel en los deudos y en los sobrevivientes de una escena que para muchos de ellos ha de ser inadjetivable, queda en entredicho la ira de quien piensa en los compromisos adquiridos contando con las necesidades de los otros, dado que es sabido que las investigaciones sociales, como cualquier trabajo que cuenta con un presupuesto para llevarse a cabo, requiere “positivos” que se han de materializar en productos académicos, audiovisuales o literarios.

Leído de este modo, el narcisismo de los investigadores iría en contra del dolor de los bojayaseños, lo cual pone en entredicho a la academia, quien busca formar personas con sensibilidad social para comprender los momentos de verdad del otro a través del respeto. Por lo pronto, de su dolor. De lo contrario estaríamos en el terreno planteado por Richard Sennett, cuando habla de cómo estamos en “una economía cada vez más posesiva, menos generosa, que a su vez empobrece el espíritu de mutualidad”.

El respeto parte de la reciprocidad. Por ende, si el investigador tiene fines positivos para la consolidación de su trabajo, ha de respetar que el afectado es un testigo que tiene derecho a decir que no. De lo contrario, estaríamos actuando en el plano del egoísmo, de una posición narcisa en la que mi reciprocidad para con el otro la pago con mis logros y no con la comprensión de su dolor. Es decir, con tal de yo hacer mi tarea, el otro es quien tiene que entender que su dolor me pertenece, aunque él no sienta con mi labor alivio alguno.

Memoria Histórica y Verdad

En la crónica se expone que algunos miembros del Comité por los Derechos de las Víctimas de Bojayá, secundados por miembros de la ONU del lugar, obstaculizaron e impidieron el trabajo de levantamiento de información que puede registrarse en lo que hoy conocemos como la memoria histórica de los hechos y la labor periodística que busca poner a cielo abierto la verdad.

Lo particular del caso es que ambas organizaciones tienen por principio apalancarse en la verdad para conseguir los objetivos que se trazan en favor de las personas que socorren, representan o defienden. ¿Qué incomodó a una comunidad que ha sido golpeada por la violencia? ¿Acaso el silencio de un gobierno que los ha sumado en la mirada de la miseria sin darles lo que realmente necesitan para mitigar, aunque sea de modo tangible, algo por sus perdidas y desdichas? O, el alboroto de unos investigadores sociales que, con su trabajo, no alcanzan a resolver los problemas estructurales de su dolor y mucho menos aportar a la transformación de una infraestructura material para reformar la calidad de vida de quienes han sido aporreados por la desgracia.

Después del conflicto

Al final de la crónica Patricia Nieto se hace unas preguntas en las que se puede leer cómo ya su indignación pasa al plano de la aceptación de la impotencia, y ello la sume en una reflexión sociopolítica en la que se pregunta: ¿Cómo se configurará el escenario para el trabajo de la prensa una vez se instale la Comisión de la Verdad en Colombia? Muchos queremos la paz para nuestro país. Sin embargo, por ir detrás de esta, no hemos podido escuchar con detenimiento la algarabía de quienes se oponen a los acuerdos de paz firmados en la Habana.

Ellos plantean, la más de las veces, sin argumentos contundentes o pruebas específicas, el peligro de un cambio radical en el cauce del poder. Ponen como espejo el gobierno actual de Venezuela, quien negando a sus contradictores, son hoy el paradójico nuevo fascismo de izquierda, donde como cualquier dictadura, lo que menos importa es la verdad, dado que ella es “el ajo para los vampiros”.

Lo que vivieron estos investigadores sociales o periodistas de largo aliento está en el marco del postconflicto. Hace parte del cubrimiento de un hecho perpetrado por las FARC-EP. En Colombia estamos acostumbrados a la autocensura por cuestiones de seguridad. En otras palabras, al silencio complice que permite continuar con la vida, como también, a dejar pasar por alto lo que no tiene que ver con nosotros para no meternos en problemas.

El momento de verdad vivido por Patricia Nieto y sus compañeros de investigación, deja en entredicho entonces que: o los periodistas no respetamos el dolor de los demás. O que las comunidades están cansadas de que sigan hablando de ellas porque con ello no se les resuelve su dolor. O que nos tenemos que preparar para una nueva traición en el orden de la entrega del testigo al amigo al que se le dio la mano y se confió en él para continuar con el cauce de las aguas. De ser así, sólo resta lo que Nieto dijo: “el perro seguirá mordiéndose la cola”. Twitter:

@MARCOS_V_M

Foto de portada: Las 2orillas 



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