Maradona y Diomedes Díaz, dioses divorciados del cielo

Por: Por Róbinson Nájera Galvis


Personas de diferentes clases sociales, en toda la historia de la humanidad, han sentido la urgencia de inventarse la existencia de seres superiores que justifiquen la creación del mundo o, quizás, la necesidad de endiosar ídolos que les ayuden a llenar posibles vacíos afectivos, de allí que aparezcan dioses y divinidades de todos los calibres: el sol, la luna, y hasta humanos nacidos de un vientre común y corriente, pero dotados de cierto talento para desarrollar determinadas actividades.

Hace poco, la muerte de uno de estos personajes conmocionó al mundo. El chico inició su endiosamiento a los 10 años, cuando hacía malabares con un balón en los entretiempos de importantes partidos de fútbol. A los 16 jugaba en primera con Argentinos Juniors y a los 25 ya tenía el universo a sus pies porque en el Mundial del 86 hizo un gol él solo, arrancando desde su propia cancha, eludiendo a 6 adversarios, incluyendo al arquero, y aunque hizo otro con la mano, los aplausos no cesaron, pues una sociedad enferma no tiene problemas en admitir una trampa como una hazaña.

Diego Armando Maradona, con un nombre sonoro, una caminadita de bailecito de tango y una expresión certera, fue premiado con un gran carisma y una zurda mágica, pero como Dios no quiere humanos perfectos, que se acerquen a su grandeza o la sobrepasen, le negó la sabiduría para aprender a vivir, y el mismo “Pelusa” convirtió su propia vida en un infierno, en un verdadero desastre, sin que ni siquiera las multitudes que lo elevaron a la categoría de dios pudieran evitar su muerte en medio de la soledad y la depresión.

Los colombianos también hemos tenido y tenemos nuestros “dioses”. Diomedes Díaz, un campesino que aprendió a cantar mientras espantaba los pájaros en los cultivos donde trabajaba su padre, fue uno de ellos. Diomedes, de pedir raticos a otros cantantes para mostrar sus excelentes composiciones de enamorado, pronto pasó a ser el “mandacallar” del género vallenato, pero con la fama también llegaron la droga, los escándalos, los líos judiciales, la cárcel y la autodestrucción en medio de lágrimas de seguidores que en vano intentaron elevarlo al cielo.

A la tumba de Maradona tal vez empiecen a llegar, como a la de Diomedes, multitudes a pedir ayuditas para resolver sus problemas o la revelación del número ganador de la lotería.

En esa forma continua la farsa de la idiotez de dos hombres que tuvieron el cielo entre las manos y por su mala cabeza prefirieron renunciar a él, creyéndose el cuento de que eran dioses cuando, en realidad, lo que dejaron fue un mal ejemplo para una juventud presta a incumplir reglas y a sobresalir más por escándalos que por méritos propios.



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