Gómez Jattin, el rockstar de la poesía colombiana

Por: *Mario Sánchez Arteaga


El pasado 22 de mayo se cumplieron 25 años del fallecimiento del poeta Raúl Gómez Jattin y el 31 del mismo mes cumpliría 77 años de vida. A Raúl lo conocí en el salón de clases en el año 2000 cuando José Miguel Amín, compañero de universidad me lo mostró en un video, luego me leyó el poema de la burrita y exclamé diciéndole que ¡eso no podía ser un poema!  a lo que Amín (ya curtido en lecturas literarias) me dijo: “toma este libro, léelo y hablamos después”. El libro era una recopilación de varios poemas de Gómez Jattin, con el paso de los días no se lo quería devolver. Me pasó como cuando vemos una serie en Netflix, pensamos ver uno o dos capítulos y terminamos viendo toda la serie en una noche. A Raúl es imposible leerle un solo poema, terminé devorando el libro y releyendo varias veces en una semana.

Desde ese momento he leído todos sus escritos, biografías y artículos sobre su vida. Su infancia trascurre en el municipio de Cereté, de donde se consideraba más hijo de este bucólico pueblo y no de Cartagena, donde nació en 1945. Parecería que su destino estaba trazado desde niño para el arte, mientras muchos de sus contemporáneos jugaban al trompo y bolita de cristal en las polvorientas calles, Raúl devoraba escondido debajo de su cama la excelsa biblioteca personal que tenía su padre. Así poco a poco fue muriendo el niño y naciendo el poeta.

Después de estudiar Derecho en Bogotá y pasar por el teatro decide escribir poesía, tomando como referencia a Antonio Machado, Rimbaud, Rubén Darío, Pessoa, Luis Carlos López, Kavafis, Álvaro Mutis, Barba Jacob, Jaime Jaramillo, Walt Whitman, entre otros. A parte de crear un estilo propio que lo catapultó como la revolución poética, Gómez Jattin era un magnífico declamador, cualidades que quizás adoctrinó del teatro; ni que decir de su portentosa voz. Eran características que no todo poeta gozaba. Su poesía es caótica, irreverente, pasional, amorosa, adictiva y ante todo biográfica de su universo. El pasado siempre fue su punto de llegada. Plasmó en el papel un lenguaje sencillo y popular en verso libre, sin obviar la sapiencia que cultivó de sus precoces lecturas.

En una ocasión tomándome un café con Alonso Mercado Emiliano, director y actor de teatro, amigo personal de Raúl; me dijo que más de una vez presenció cuando el pintor Alejandro Obregón (A quien le dedicó el poema “Lola Jattin”) recogía a Raúl en las calles de La Heroica, lo montaba en su carro y se lo llevaba para tertuliar sobre arte en general. Y para sentarse a dialogar con Obregón se necesitaba saber según lo expresado por Alonso.

Un episodio relevante fue cuando Raúl, ya adulto, atropellado por los alucinógenos, con varios escritos en su mochila, revisó la biblioteca de su casa y al ver que aún no estaba su libro, los lanzó a la calle y él se fue con ellos. Ahí comienza una serie de episodios de mendicidad, vive “Temporadas en el infierno” como el poema de Artur Rimbaud y en una búsqueda de esperanza y libertad, asimilando el “Canto a mí mismo” de Whitman. Se convierte en inquilino constante de las cárceles, hospitales psiquiátricos y aceras en los parques. En medio de su desenfrenada vida siempre hubo inspiración para dejar a “la imaginación, la loca de la casa” tomar papel y lápiz. Uno de sus versos recita “Como yerba fui y no me fumaron” pero creo que esa afirmación no duró mucho porque su poesía se ha ido fumando desmedidamente por toda esa legión de Ángeles Clandestinos que son sus lectores.

Luego de su inesperada muerte en la ciudad de Cartagena en 1997, la poesía de Raúl cobró mayor relevancia sobre todo entre los jóvenes, convirtiéndose casi que en una religión. Colombia, un país de poca lectura y menos en poesía, les rindió culto a sus poemas, en los recitales eran coreados como canciones, las personas lo asediaban buscando autógrafos o dedicatorias; los flashes de las cámaras se disparaban en cada evento que llegaba. Era un Rockstar, algo inusual en este arte y él lo sabía, gozaba de esos momentos gloriosos.

Sus poemas comenzaron a imprimirse en antologías poéticas en toda Hispanoamérica, sus libros reeditados se venden en tiempo récord, rompiendo paradigmas y estereotipos, creciendo como diría uno de sus versos “como crece la hierba entre el pavimento de las calles”. Es un Dios al que adoran, el intelecto y procaz narrador al que siguen por ser el gran irreverente que se atrevió a hablar de la zoófila, homosexualismo, pansexualismo, drogas y amor desmesurado. Muchos querían hacerlo, pero no se atrevieron, él, cuerdo y loco se lanzó al vacío y se inmortalizó.

La obra de Raúl fue para muchos corta pero sustanciosa, se destacan: Poemas, Tríptico cereteano, Retratos, Amanecer en el valle del Sinú, Del amor, Hijos del tiempo, Esplendor de la mariposa, Libro de la locura y Los poetas amor mío (póstumo).

Personajes como Gómez Jattin jamás pasan desapercibidos en la historia, su modus vivendi en muchas ocasiones es adoptado para imitarle más que su propia obra, que es lo verdaderamente relevante. Sin embargo, el mismo poeta lo dejó plasmado en uno de sus escritos “Los poetas amor mío son para leerlos, más no hagas caso de lo que hagan en sus vidas”. Raúl en sí mismo fue poesía pura, su cuerpo de figura mitológica griega de dos metros tan solo fue un lápiz al que se le acabó la punta, sus poemas aún siguen emergiendo como fogón de leña que no se apaga.



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