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El arte de enseñar

Opinión/ Por: Marta Saenz Correa En este mes celebramos con bombos y platillos dos fechas importantes: el día de la madre, del cual no me referiré por considerar que son todos los días del año, y el día del maestro como una forma de hacerles un merecido...


Opinión/ Por: Marta Saenz Correa

En este mes celebramos con bombos y platillos dos fechas importantes: el día de la madre, del cual no me referiré por considerar que son todos los días del año, y el día del maestro como una forma de hacerles un merecido reconocimiento a todas esas valiosas personas dedicadas al arte de enseñar. La labor educativa consiste, en esencia, en forjar la personalidad de los jóvenes, en prepararlos para la vida en sociedad y en alentarlos a pensar por sí mismos, más allá de las lecciones que se imparten en el aula y que se olvidan fácilmente.

A la vez, el aprendizaje es mucho más que incorporar conocimientos, ya que la capacidad para memorizar y razonar no es equiparable a la sabiduría, la riqueza emocional y la creatividad. Cuando en el proceso educativo no se inculcan valores y un sentido de propósito, los estudiantes se convierten en robots cargados de información. Y si los educadores priorizan la competencia entre los alumnos, terminan sembrando la arrogancia en quienes logran un buen rendimiento académico, llevando a los menos hábiles a perder la confianza en sí mismos.

Vivimos en un mundo en el cual debemos esforzarnos cada día por lograr una sociedad mejor, que se vea expresada en una convivencia sana, el respeto mutuo y en la cual la práctica de los valores no sea una casualidad. Para este objetivo, coincido con todos aquellos que consideran indispensable una formación basada en el desarrollo humano, fundamentada en el principio de que el hombre es un ser capaz de ser mejor, para bienestar suyo y el de los demás.

Hoy es preocupante que el vínculo imprescindible entre maestro y estudiante se esté debilitando a causa de la desconfianza y la incomprensión. Mientras los docentes bregan para controlar y disciplinar a sus alumnos, se agrava la inconformidad de los estudiantes que se ven obligados a llenarse de conocimientos y se sienten ignorados en su necesidad de saber más de la vida, la realidad y las relaciones personales. El auténtico objetivo de la educación debe ser el de orientar a las personas hacia una existencia feliz.

Finalmente, no podemos dejar de reconocer el papel del maestro en la educación, dado que, si bien es cierto que su papel en la educación viene cambiando, hay una característica que seguirá siendo vigente a pesar de todo, y es su rol inspirador. Todos hemos tenido experiencias en las cuales nuestro maestro nos dio enseñanzas para la vida, que nos serán de utilidad por siempre, para emplearlas o compartirlas, que son una inspiración para intentar ser mejores, para estar preparados, para ir desarrollando nuestras virtudes e ir corrigiendo nuestros errores.

Para destacar:
El mayor desafío de un educador es creer firmemente en el potencial de sus alumnos y procurar la felicidad de cada uno de ellos.



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