Botero y sus gorditas

En épocas de juventud, a eso de los 20 años de edad, cuando todo parecía posible y fácil de obtener, salía en planes de conquista con un grupo de amigos. Uno de ellos aplicaba la teoría de la gallina…directo al grano. Siempre le apuntaba a las gorditas. En una ocasión alguien del grupo le dijo “tú lo que eres es un acomplejado, no eres capaz de caerle a una flaca esbelta” a lo que respondió tajantemente sin titubeos “no señor, estás equivocado, a mí me gustan las mujeres gordas”. Como en el caribe sobreabunda el espíritu del perrateo, desde ese
10 meses atrás

En épocas de juventud, a eso de los 20 años de edad, cuando todo parecía posible y fácil de obtener, salía en planes de conquista con un grupo de amigos. Uno de ellos aplicaba la teoría de la gallina…directo al grano. Siempre le apuntaba a las gorditas. En una ocasión alguien del grupo le dijo “tú lo que eres es un acomplejado, no eres capaz de caerle a una flaca esbelta” a lo que respondió tajantemente sin titubeos “no señor, estás equivocado, a mí me gustan las mujeres gordas”. Como en el caribe sobreabunda el espíritu del perrateo, desde ese día le llamaron Fernando Botero.

Aquel compañero de andanzas fue asertivo en sus gustos y preferencias en el plano sentimental femenino. Nunca le fue mal y siempre y en todo evento y actividad que estuviésemos, ahí estaba él con alguna compañía voluminosa. Así también, a mediados del siglo XX, un paisa aventurero y visionario de 19 años comenzó su carrera artística, dándose a conocer rápidamente en el gremio del arte colombiano y explorando a punta de pincelazos un estilo que lo identificara. Y como aquel conocido mío de la juventud, le apuntó a los volúmenes, se enamoró de las gordas y se inmortalizó. Su nombre, Fernando Botero, considerado hasta el pasado 15 de septiembre como el pintor vivo más importante del planeta. Ese día murió el hombre y se eternizó su obra. De Botero se hablará no los próximos 50 años, se hablará a nivel mundial en los próximos siglos.

Colombia ha parido magníficos y talentosos pintores como la revolucionaria Debora Arango, el muralista Pedro Nel Gómez, el surrealista Alejandro Obregón, Beatriz González, David Manzur, entro otros; pero ninguno trascendió globalmente marcando con un sello inconfundible como Fernando Botero. Fundó y creó su estilo propio al que llamaron en el argot del arte “El Boterismo”. Figuras voluminosas, coloridas, escenas y paisajes inspirados en su natal Colombia. Todos fueron prolíficos, pero ninguno dejó una huella tan gorda como él y permitirnos ver la realidad del país de manera agigantada.

Tuve la oportunidad de conocer algunas de sus obras en el Museo de Antioquia, la plaza Botero de Medellín, el Museo Nacional de Colombia, en la plaza Santo Domingo de Cartagena y la inolvidable exposición llevada a cabo en la ciudad de Montería, a orillas del río Sinú en el 2006 por el Muzac. Es una experiencia que todo amante del arte o la cultura goza, aprecia y aprende. Toda persona ubicada en cualquier rincón del globo terráqueo que quiera conocer sobre pintura, obligatoriamente será remitida a su obra. Es un orgullo enorme para Colombia, un ilustre personaje, modesto, reconocido por sus allegados y empleados como gran ser humano.

Tuvimos por algún tiempo dos de los artistas vivos más taquilleros y rankeados en el mundo. Gabo en la literatura y Botero en la pintura. Pero el prestigio del artista nacido en Medellín en 1932 no solo fue a punta de pinceladas, su éxito artístico también se plasmó en la escultura y como dibujante.  Sus cuadros y esculturas en bronce están repartidas en los principales y más prestigiosos museos del mundo. Amó tanto a nuestro país que no solo le bastó en reflejarlo en toda su obra artística, también fue generoso en hacer una cuantiosa y valiosa donación de sus piezas y pinturas. La mayor parte está situada en su natal, Medellín, donde convirtieron la plaza Botero en el corazón del centro de la capital antioqueña, en un Museo Público a cielo abierto con 23 esculturas. Otras están en museos y centros de arte en diferentes regiones del país.

Dos de sus cuadros, llamados “Los Músicos” y “Los Cuatro Músicos” llegaron a costar en 2006 US $2,1 millones. Hasta la fecha los cuadros de su autoría más costosos sobre lienzo. Algunas de sus gordas de bronce han costado más de mil millones de pesos. Creó más de 300 obras.

Aquel conocido de mi juventud, un día decidió divorciarse de la mujer que había tomado por esposa (una bella gordita) y jamás volvió a irle bien en el amor. Botero, en cambio, se afianzó a sus gordas y su camino estuvo adoquinado de exitos. Su fortuna es incalculable y deja un meritorio legado artístico a la humanidad.

A pesar de los achaques de un anciano como él, a sus 91 años, nunca dejó de imprimirle al lienzo colores con las robustas y gruesas figuras.

Paz en el alma a un colombiano universal, que enalteció el arte del país y nos dio pincelazos de alegría. ¡Gracias, gracias, maestro Fernando Botero! Por personas como usted nos emana el orgullo de portar un pasaporte, izar la bandera tricolor y cantar a voz de pulmón el himno nacional.