La herencia del maltrato: la violencia vicaria nos está haciendo mucho daño

Por Ana Paola Martínez de la Ossa
3 semanas atrás
Foto | La Razón

Muchas madres, tras años de soportar el maltrato de sus exparejas y victimarios, siguen siendo vulneradas aunque se haya terminado hace años la relación tormentosa en la que estaban: el dolor se perpetúa entonces a través de los hijos, instrumentalizados por los agresores. 

Por eso hoy quiero hablar sobre otro tipo de violencia contra la mujer, que no es tan silencioso como parece y que ocurre cada vez con más frecuencia.

Esas madres, además de ser castigadas socialmente por “permitir” el abuso que sufrieron; de tener que asumir las responsabilidades que el agresor evade; y de lidiar con la compleja relación con los hijos, a quienes pese a todo nunca dejan de sostener, siguen adelante. No lo hacen desde la comodidad, sino desde la resistencia diaria, viendo cómo la herida empieza a profundizarse entonces en un nuevo territorio, creciendo en hijos que quedan en la mitad, colgando de las cuerdas que tira el padre a través de la palabra y del dinero, que no son otra cosa que los tentáculos con los que sigue ejerciendo manipulación y daño.

Inculcarle a los hijos los patrones tóxicos extiende el maltrato hacia la madre, cuya frustración constante se mezcla con otro combustible difícil de controlar: la irresponsabilidad del victimario, que suele presentarse en forma de víctima; y el sufrimiento y el miedo de los hijos, que llegan a ser adultos con temor sostenido de increpar al victimario. Porque básicamente el discurso que se establece es aquel en el que tanto mujeres como hijos fueron y siguen siendo propiedad del agresor.

Entonces, por ejemplo, el hombre observa que la mujer avanza, que tiene estabilidad o que crece después de la separación, y él entra en una carrera absurda por superarla, al tiempo que incumple sus responsabilidades económicas alegando que “no tiene con qué”. Así que, aunque corre al mismo tiempo detrás de proyectos o apariencias destinadas a demostrar que ha llegado más lejos y promete a los hijos el cielo y la tierra, termina repitiendo el mismo guion de siempre: incumplir, faltar, rotular sus obligaciones como “ayudas” o “apoyos” esporádicos, cuando en realidad se trata de responsabilidad. Sin contar con que todo esto va acompañado de la amenaza latente de que algún día “tendrá” a los niños, como si fueran el trofeo o botín que le arrancará a la madre de los brazos. 

La violencia vicaria es aquella que se utiliza como arma contra las mujeres infligiendo daño a los hijos o a los seres queridos, incluso a las mascotas. Es común que este tipo de violencia sea precedida por una historia de maltrato en pareja y que nazca tras la separación o el divorcio. Incluso hay casos, ha dicho ONU Mujeres Colombia, “que han terminado en asesinato, secuestro y desaparición de hijos/as; con lo cual los padres aprovechan las visitas, la custodia compartida o exclusiva, y todo contacto para continuar el daño contra la madre”.

Ese ‘te voy a dar por donde más te duela’ lo siguen usando cada vez más hombres, y la violencia vicaria sigue sumándole dígitos a cifras alarmantes: según la Fundación Contra la Violencia Vicaria, 4.527 mujeres fueron víctimas de este tipo de violencia en Colombia en los primeros 9 meses de 2024. Aunque existen dos proyectos de ley en el Congreso (uno busca reformar la Ley 1257 de 2008 y el otro pretende tipificar específicamente esta forma de violencia), aún no se ha concretado su aprobación, lo que hace urgente avanzar en la protección legal de madres e hijos. ¡Qué deuda la que está pendiente!

Romper el ciclo de maltrato no es fácil, pero sí posible. Hace falta conciencia, límites firmes y, a menudo, ayuda profesional para las partes. Reconocer que el dolor heredado no define la relación ni la vida futura es el primer paso para que madres e hijos puedan sanar y construir vínculos basados en respeto y amor genuino. Porque, al final, el verdadero culpable sigue buscando separar, dañar, incumplir y destruir: hay que quitarle ese poder.

Los patrones de violencia intrafamiliar pueden pasar de generación en generación, pero también pueden terminar si las mujeres y nuestros hijos nos sentimos protegidos con límites claros, fronteras que lastimosamente no podemos marcar en solitario. Quienes sobreviven a estos círculos de violencia no deberían vivir permanentemente con la persecución de sus victimarios; su mayor señal de victoria es liberarse de ellos.

Más que legal, la urgencia es social. La sociedad y el Estado deben reconocer esta violencia y frenar sus daños irreparables. Madres e hijos seguimos sintiéndonos víctimas de un sistema que nos ignora y nos aplaza.