Adriana; la joven de 17 años que mide más de 2 metros en Montería

Esta adolescente ha pasado por cinco cirugías. Una de ellas dejó a la familia frente a uno de sus momentos más difíciles.
2 horas atrás
Foto | La Razón

En un barrio ubicado en el sur de Montería, entre calles polvorientas y familias humildes, destaca una adolescente que, con 17 años, mide 2 metros y 9 centímetros y pesa 125 kilos. Aunque nació sin ninguna complicación, durante su infancia le diagnosticaron gigantismo y acromegalia, dos trastornos causados por la producción excesiva de la hormona del crecimiento (GH).

Su madre, Ana Ortega, recuerda que a los 6 años comenzó a notar un crecimiento desproporcionado para su edad, lo que la llevó a buscar ayuda médica. Tras varios meses, llegó el diagnóstico y, con él, un gran golpe para la familia.

Adriana estaba en octavo grado cuando debió dejar sus estudios por recomendación médica. El exceso de hormonas y los problemas en la pituitaria le impedían estudiar y llevar una vida normal como cualquier niño de su edad.

Esta adolescente ha pasado por cinco cirugías. Una de ellas dejó a la familia frente a uno de sus momentos más difíciles. Su madre cuenta que, después de una intervención, su hija permaneció tres meses en una unidad de cuidados intensivos. La posibilidad de perderla y los riesgos de nuevas operaciones han acompañado las decisiones de la familia.

Pero las dificultades no terminan en los hospitales. Ana dejó de trabajar para dedicarse al cuidado de Adriana. Su jornada gira alrededor de las necesidades de su hija, una responsabilidad que, según explica, le impide buscar un empleo y conseguir ingresos propios. También afirma que no recibe ayudas del Estado.

La atención médica incluye medicamentos que la adolescente debe tomar de manera permanente y, aunque su EPS siempre ha respondido de manera satisfactoria, cuando alguno no está disponible, conseguirlo representa un gasto adicional para el hogar.

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A las necesidades de salud se suman otras dificultades cotidianas. Encontrar ropa, zapatos y una cama adecuada para sus dimensiones no resulta sencillo.

Ana asegura que su hija calza talla 55 y que algunos zapatos pueden costar cerca de 700.000 pesos. También explica que la cama que tienen no responde completamente a sus necesidades.

El calor de Montería es otra preocupación. Adriana cuenta que durante las noches siente tanto calor que llega a experimentar una sensación de ahogo. Su madre intenta aliviarla con baños y agua. Por recomendación médica, esta menor debería pasar la mayor parte de su tiempo bajo el aire acondicionado, ya que el calor le produce una “presión” real en esa zona del cerebro, que contribuye a una inflamación que, en semanas pasadas, debió ser operada en la ciudad de Medellín.

A pesar de estas limitaciones, Adriana ve la vida con ilusión. Recuerda con agrado los días en el colegio, cuando compartía y jugaba con sus compañeros. Hoy dice que le gustaría trabajar cuando sea adulta y que disfruta actividades como dibujar, jugar con un balón y cuidar las plantas del patio.

Hay situaciones que le duelen más allá de las limitaciones físicas. Adriana dice que le incomoda cuando otras personas la miran y murmuran. Su petición es que la traten como a cualquier otra persona: “Que entiendan que yo soy normal, también soy una persona. Y también tengo que ser querida por los demás”.

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En su casa encuentra respaldo en su madre y sus hermanos. Su padre, aunque lejos del hogar, también le manifiesta su amor constante.

También conserva recuerdos de gestos que la han hecho sentirse acompañada. Sonia López, conocida como “La calva de Oro” y quien ayuda a jóvenes con alopecia donándoles pelucas, le regaló una después de su última operación, que ameritó raparla totalmente. Adriana recuerda este momento con especial amargura: verse sin cabello fue un alto impacto, y creer que nunca más le crecería fue lo peor. La adolescente cuenta que ese regalo le dio más confianza, especialmente cuando debe asistir a sus citas médicas.

Por su parte, Ana, la madre de la adolescente, conoce el peso de una responsabilidad que no tiene pausas. En la entrevista reconoce que hay momentos en los que siente que no puede continuar, pero también expresa su deseo de vivir muchos años para seguir cuidando a su hija.

“Hay veces que yo me siento que no puedo más, pero le digo, Señor, si tú me la tienes a ella con todo lo que haya pasado y si tú me la tienes, me la tienes con un propósito”, relata.

La historia de Ana y Adriana transcurre entre controles médicos, medicamentos, cuidados en casa y necesidades que todavía esperan resolver. Mientras su madre sostiene la atención diaria, Adriana insiste en algo que considera fundamental: que las personas la miren más allá de su apariencia y reconozcan sus capacidades, sus gustos y sus proyectos.