Cierto día del presente año, rebuscando entre las músicas personales que conservo, encontré varias carpetas de vallenatos clásicos, de esa leña gruesa, la que sabe a yuca pero al tiempo cuenta historias muy bien narradas que se entrelazan entre la lírica y la poesía.
Me tomé el trabajo de irme a lo más antiguo, a la juglaría, al vallenato del cuento bien contado, a los primeros acordeones que se acoplaron a esta música que viene desde lo primitivo con las gaitas indígenas, el arraigo tradicional de los primeros juglares y la era moderna de un ritmo que en su esencia ha tenido siempre algo que lo caracteriza: el poder de la palabra.
En medio del vaivén de la hamaca y un buen café con pegao de arroz con coco (hecho por Margo, mi nana eterna que a sus 85 años aún me consiente), me llamó la atención algo que leí hace muchos años y que en el embriagamiento de los acordes del acordeón recordé con entusiasmo.
Muchos de esos compositores de vieja data, cronistas con melodía, algunos hasta ágrafos, se mencionaban con mucha regularidad en sus canciones. Si no era el nombre, era el apellido, y si no era el apellido, era algún apodo, pero quedaban inmersos, revolcados en sus propios versos.
A mediados del siglo pasado (XX), cuando surgen esos grandes contadores de historia cantada, que llevaban noticias e informaciones con melodías, se fueron adaptando a las agrupaciones vallenatas.
De la época del vallenato narrativo también surgió un movimiento poético y más lírico en las letras. Ya no solo eran historias, también se creaban poesía y odas acompañadas de caja, guacharaca y acordeón.
Esos compositores iban de parranda en parranda, de pueblo en pueblo dejando sus cantos, y así, la gente los aprendía y se iban regando de comarca en comarca, dejando que el viento y el correo humano los popularizara. Cuando aparece la radio en la región caribe, muchas de esas composiciones se dispersaron en las ondas hertzianas y fue más fácil colonizar con el canto vallenato.
Merengues, paseos, puyas y sones, aires que identifican este folclor, fueron tomando fuerza, pero no dejaban de ser una música regional, prohibida en los clubes, pero apetecida en las plazas y parrandas.
Ahí surgen nombres que se vuelven leyenda como Rafael Escalona, Leandro Díaz, Emiliano Zuleta Baquero, Luis Enrique Martínez, Hernando Marín y un romántico de románticos, Gustavo Gutiérrez Cabello. Faltarían muchos más, solo por mencionar a estos y en especial por lo que viene a continuación.
Leandro Díaz, nacido en Barrancas – Guajira, ciego de nacimiento, fue uno de los más prolíficos compositores. A pesar de su limitación física, describía el paisaje natural y las vivencias cotidianas, en un detalle minucioso que otros que veían, se acortaban en palabras ante el invidente Leandro, Veía lo que los demás no veían. Como lo diría él mismo en una ocasión: –Ustedes ya conocen el mundo, y saben dónde terminan las cosas. Mientras que yo no, mi imaginación es infinita.
Su fama se expandió por todos lados y gozaba de las miradas y la admiración de grandes personalidades. Era irónico y lanzaba crítica en sus versos, tocaba la dulzaina. Pero algunos aventajados, valiéndose de la deficiencia física de Leandro y su discapacidad para trasladarse a tierras lejanas, comienzan a robarse sus canciones. Llegaban orondos sacando pecho diciendo que esta y otras canciones eran de su autoría, desacreditando al verdadero creador.
Así le fueron tomando una y otra canción, hasta que llegó a los oídos del nacido en Barrancas y trató de desprestigiar a aquellos farsantes, solo que varios de estos gozaban de fama y prestigio, y era la palabra de ellos contra la del humilde ciego y campesino.
Es entonces cuando Leandro comienza a mencionarse en sus cantos, siendo más autobiográfico, dejando su sello y así hacerle más difícil el hurto al talento nato que lo caracterizaba. A este contador de historias se le atribuyen más de 350 composiciones, todas aprendidas de memoria (no las podía escribir), de las que podemos mencionar: Matilde Lina, La Diosa Coronada (ambas las más universales de su compendio de autorías), El Cardón Guajiro, A mí no me consuela nadie, La Ford Modelo, Debajo del Palo de Mango, Los Tocaimeros, Dos Papeles.
“Este paseo es de Leandro Díaz, este paseo es de Leandro Díaz, pero parece de Emilianito. Tiene los versos bien chiquiticos y bajiticos de melodía. Tiene una nota muy recogida que no parece hecha por mí; era que estaba en el río. Pensando en Matilde Lina”, de esta forma se fue autonombrando para evitar ser plagiado como intento de apropiación indebida en otras canciones como: La Viajerita, El Negativo, La Loba Ceniza, La Camaleona y Tigre de la Montaña.
Probablemente, el compositor más célebre e icónico de la música vallenata sea Rafael Escalona, nacido en Patillal–Cesar (1927), con más de 100 obras que se le atribuyen. Entre sus más reconocidas composiciones podemos destacar: La Casa en el Aire, El Testamento, Jaime Molina, El Almirante Padilla, La Maye, El Mejoral, Honda Herida, La Brasilera, El Pobre Migue: El Arcoíris, Vallenato Nobel, etc. Fue el compositor vallenato que más se incluyó en sus letras. Narrador magistral a quien muchos le consideraban más escritor que compositor.
“Qué tiene Escalona, qué tiene ese muchacho / Se dice la gente cuando lo ven muy flaco” en la canción El hambre del Liceo. O también en El Testamento, cuando dice en uno de sus versos: “Como es estudiante, ya se va Escalona, pero de recuerdo te deja un paseo, que te habla de aquel inmenso amor, que llevo dentro del corazón”
Estas referencias no eran casuales: en el vallenato funcionaban como manifestaciones de memoria oral, en las que el compositor se plasmaba a sí mismo con el fin de dejar huella de amistades, cariño, rivalidades y posesiones. La canción actuaba como un documento cantado, casi notarial, que establecía identidad, territorio y ancestralidad musical; una de las riquezas más profundas del género musical.
Hoy día, esa práctica es sobresaliente. La autoría ya no requiere ser declarada en el verso: hay entidades oficiales que validan y resguardan la obra —como Sayco y Acinpro—, y los estilos compositivos actuales se ajustan a otras tendencias estéticas y comerciales, muy alejadas de aquella autenticidad artesanal y oral del juglar vallenato.
En un principio, esto se realizaba para prevenir que las piezas musicales fueran robadas o copiadas; constituía una firma en voz alta, otorgando legitimidad y transformando la acción en documentos escritos. En el vallenato, el nombramiento no constituía una ostentación, sino un registro histórico. El compositor se incorporaba a la canción con el fin de identificar a quién narra la historia, consolidando la tradición oral en la que autor, narrador y personaje suelen coincidir.
“Gustavo Gutiérrez canta, en Valledupar, cuando sale el sol. Nada compara ese encanto, solo tu mirar, divino, mi amor”, es un verso de Gusto Gutierrez Cabello en su canción Confidencias. También no quiero dejar de mencionar al legendario Luis Enrique Martínez en la obra musical El Pollo Vallenato: “Óiganme, muchachos, yo soy Enrique Martínez, el que nunca tiene miedo si se trata de tocar. Luis Enrique, el pollo vallenato, es candela lo que van a llevar”.
Aunque parezca un acto más enfocado al machismo protagónico que caracteriza al costeño, ligado a la tradición oral y a versiones juglarescas, esta autorreferencia es ampliamente reconocida como forma legítima de autoexaltación dentro del vallenato clásico.
Escalona grabó la canción La brasilera, una melodía que había creado Leandro Díaz en su composición original llamada Corina. Cuando se regó la bola y los medios de aquel entonces acorralaron al maestro Escalona y le preguntaron por la canción, simplemente respondió: —Yo no me he robado ninguna canción de Leandro, simplemente tomé prestada esa melodía.
A pesar de la diferencia, los dos maestros nunca dejaron de ser amigos; ambos son leyenda del canto vallenato y siempre serán unos clásicos.
Buen viento, buena mar.





