El Gobierno colombiano admitió este miércoles que su estrategia de nombrar gestores de paz a excombatientes y exjefes paramilitares no dio los resultados esperados. Fue el propio ministro del Interior, Armando Benedetti, quien lo dijo sin rodeos durante un evento organizado por la Procuraduría General de la Nación: “¿Usted me quiere decir que no hemos tenido un éxito? No hemos tenido un éxito”.
La política buscaba que actores armados privados de la libertad, o que ya habían cumplido su pena, contribuyeran a reconstruir el tejido social que ellos mismos destruyeron. La idea era que, más allá de la verdad judicial, estos personajes contaran públicamente lo que sabían sobre financiación política y apoyo militar a grupos ilegales. Nada de eso ocurrió
Pese al reconocimiento del fracaso, Benedetti anunció que la semana pasada arrancaron reuniones entre delegados del Comisionado de Paz, la Secretaría General de Presidencia y el Ministerio del Interior para intentar reactivar la iniciativa. “Para volver otra vez a armar la dinámica territorial de nuestro señor presidente”, explicó el ministro, quien también admitió: “No nos ha ido bien”.
Lo que Benedetti confesó este miércoles, la Defensoría del Pueblo lo advirtió desde noviembre de 2025. La institución presentó una demanda de nulidad ante el Consejo de Estado contra los nombramientos de exparamilitares como Salvatore Mancuso, Macaco, Jorge 40, Don Berna y Diego Vecino, argumentando que estas designaciones carecen de respaldo jurídico claro y ponen en riesgo los derechos de las víctimas.
La defensora del Pueblo, Iris Marín, señaló que los desmovilizados salían de centros penitenciarios para realizar actividades sin ningún tipo de regulación ni control judicial, y que las víctimas nunca participaron en el diseño de estos procedimientos.
El gobierno no precisó cuántos gestores de paz recibieron el nombramiento, cuánto costó la implementación de la estrategia ni qué resultados concretos produjo antes de su colapso. Esas cifras siguen sin conocerse públicamente, y son precisamente las que permitirían medir el verdadero alcance del fracaso que el propio ministro Benedetti terminó por reconocer.




