Planchones, una riqueza que va y viene

🔊 Escuchar noticia Esta entrevista hace parte de la recopilación hecha por Marcos Daniel Pineda García, en su libro “Visiones de Montería”     Por: Marcos Daniel Pineda García | @MarcosDanielPG   Mientras el planchón zarpa desde la Ronda del Sinú hacia la margen izquierda del río, Manuel Ramón Ruiz Peralta me cuenta su vida. La brisa que corre a esta altura de la ciudad le pone ritmo a nuestra conversación. Tras desatar la cabuya que nos mantenía anclados a la tierra, me contó que su oficio lo aprendió de su padre, Manuel Fidel Ruiz González, el primer planchonero que tuvo
11 años atrás

Esta entrevista hace parte de la recopilación hecha por Marcos Daniel Pineda García, en su libro “Visiones de Montería”  


 

Por: Marcos Daniel Pineda García | @MarcosDanielPG  

Mientras el planchón zarpa desde la Ronda del Sinú hacia la margen izquierda del río, Manuel Ramón Ruiz Peralta me cuenta su vida. La brisa que corre a esta altura de la ciudad le pone ritmo a nuestra conversación. Tras desatar la cabuya que nos mantenía anclados a la tierra, me contó que su oficio lo aprendió de su padre, Manuel Fidel Ruiz González, el primer planchonero que tuvo Montería, a quien acompañaba desde niño en su labor diaria.

El planchón donde el padre de Manuel Ramón trabajó era de don Miguel Gulfo, e iba y venía de una margen a otra en el sector donde hoy está el puente metálico. Manuel recuerda que transportaba vehículos, ganado y carga pesada. “Era algo así como un ferry”, dice. Con el pasar del tiempo, la misma necesidad dio lugar a la creación de otros planchones y, sin planearse, terminó siendo un importante sistema de transporte público, ecológico y económico, usado por millones de personas.

Por esta y otras razones soy un convencido de que los 28 planchones que existen en la zona urbana de Montería, más allá de organizarlos y constituirlos como transporte público formal, deben ser convertidos en un atractivo turístico, pues es agradable atravesar el río y sentir cómo, en medio de los 40 grados centígrados que calientan nuestra ciudad, la corriente que baja desde el Parque Natural Nacional Paramillo, en el Alto Sinú, viene acompañada de un grato frescor. Además, en ningún otro sitio del mundo de los que he visitado he visto algo parecido. Estas estructuras de madera hoy en día forman parte de nuestra riqueza mobiliaria.

Si Venecia tiene sus góndolas, y en París decenas de barcos navegan sobre el Sena para mostrarles a los turistas las maravillas de la ciudad, ¿por qué nosotros no podemos explotar lo nuestro en favor de la economía de quienes durante décadas nos han transportado de un lado a otro del río Sinú? ¡Claro que podemos hacerlo! Cuando le dije esto a Manuel Ramón, me sonrió y, sin vacilar, expresó: “en mi familia siempre hemos pensado en darle más usos al planchón. Por aquí han pasado personas de Estados Unidos, Costa Rica, Panamá… cuando hubo el eclipse, muchos extranjeros buscaron los planchones para ver mejor ese fenómeno. Queremos que las personas vean en este medio de transporte algo diferente, atractivo y recreativo”.

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Manuel recuerda mucho a una pareja de norteamericanos que venía una vez al año a Montería para tomarse una botella de whisky mientras los paseaban en el planchón. “A mí me da mucha satisfacción que lo primero que los foráneos quieren mirar cuando visitan Montería son los planchones, el río y la playa que se forma en verano”.

Él se siente orgulloso de su medio de transporte, y así lo hace saber cuando dice: “las personas que nos conocen y nos visitan se dan cuentan de que es algo que merece prolongarse en el tiempo, no solo como medio de transporte, sino como instrumento generador de cultura. El planchón nos comunica, nos lleva y nos trae, nos relaciona a los unos con los otros. Eso nos satisface, porque además de devengar el sustento de ahí, miramos que la ciudadanía lo ve como algo que es de Montería, que hace parte de nuestra idiosincrasia y de nuestra forma de pensar y vivir”.

Entonces, notando su entusiasmo y visión, le pregunté si estaba de acuerdo con que los planchones se modernicen, que se les mejore sus estructuras para la seguridad y comodidad de todos, y se les instalen paneles solares para que gocen de luz eléctrica. Él, sin dudar, contestó: “esa idea me parece magnífica, porque uno tiene que andar con la época, con el desarrollo. Uno no puede retroceder en la historia, tiene que mirar la historia como algo progresivo, en desarrollo”. Incluso va más allá: “nosotros hemos planteado que haya espacios más aptos, que se ilumine el puerto, porque en las noches los pasajeros tienen dificultades para abordar. También me parece importante ponerles internet a los planchones. Los cambios, mientras sean para el bien de todos, son bienvenidos”.

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Manuel Ramón, quien a los 14 años comandó su primer planchón, se la pasa sonriendo y contando historias. Su mayor deseo es que el servicio que presta no solo sea visto como un medio de transporte, que de por sí es muy importante, sino también como una forma de sustento para que muchas personas de futuras generaciones puedan sostener a sus familias; que se convierta en una actividad organizada, reconocida y atractiva.

Llamó mi atención que las personas que abordan lo saludan a él por su nombre. En ese ir y venir del planchón y de cientos de pasajeros, se ha vuelto amigo de media ciudad. A Manuel Ramón le brota con naturalidad un carisma excepcional, y aunque se le ve en la piel el paso del sol, que lo ha acompañado durante los 54 años que lleva a bordo de esta embarcación, no pierde su sonrisa. Da gusto subirse a su planchón, no solamente para cruzar el río, sino también para intercambiar unas palabras con él, y para que una y otra vez vuelva a contar sus historias.

Nuestra conversación finalizó con una anécdota, en la que Manuel recordó cuando unos turistas chinos a bordo del planchón recorrían toda la embarcación como si hubiesen perdido algo valioso; cuando él finalmente se decidió a preguntarles de qué se trataba, estos le respondieron que estaban buscando el motor, pues no podían creer que este se moviera aprovechando únicamente la fuerza de la corriente del agua.