“Dios me dejó con vida para hacer algo bueno”: María Zabala

Esta entrevista hacer parte de la recopilación hecha por Marcos Daniel Pineda García, en su libro “Visiones de Montería”     Por: Marcos Daniel Pineda García | @MarcosDanielPG  María Zabala viuda de Polo nació en el municipio de Valencia, pero hizo su vida en la vereda San Rafaelito, corregimiento de Martinica, en Montería. Allá, con su esposo y sus hijos tenía una familia tradicional del campo que, como dice ella, fue descompuesta por la violencia. En diciembre de 1988 la muerte tocó su puerta, cuando miembros de los Autodefensas Unidas de Colombia incendiaron su parcela y le mataron a un hijo,
9 años atrás

Esta entrevista hacer parte de la recopilación hecha por Marcos Daniel Pineda García, en su libro “Visiones de Montería”


 

 

Por: Marcos Daniel Pineda García | @MarcosDanielPG 

María Zabala viuda de Polo nació en el municipio de Valencia, pero hizo su vida en la vereda San Rafaelito, corregimiento de Martinica, en Montería. Allá, con su esposo y sus hijos tenía una familia tradicional del campo que, como dice ella, fue descompuesta por la violencia.

En diciembre de 1988 la muerte tocó su puerta, cuando miembros de los Autodefensas Unidas de Colombia incendiaron su parcela y le mataron a un hijo, a su esposo y a dos familiares más. Todo ocurrió ante su mirada y la de sus hijos menores.

Su historia y sus logros después de esta devastadora experiencia, son dignos de admiración. Demuestran la entereza de esta mujer campesina que, sin saber leer ni escribir, llegó a la ciudad para educar a sus hijos como personas de bien y dar ejemplo a todo un país; al ser elegida como Mujer Cafam en el año 2004.

Quería entrevistar a esta valerosa señora en la vereda Valle Encantado (corregimiento Las Palomas, Montería), donde con su liderazgo, ella y otras mujeres víctimas de la violencia han sembrado nuevamente su vida, a pesar del inmenso dolor que llevan en sus corazones. Sin embargo, conversamos en Montería, en su vivienda del barrio San Cristóbal al sur de la ciudad, donde se encontraba ya que debía asistir a una cita médica.

“Esta guerra me ha pasado factura; que hipertensión, que el corazón, en fin; pero yo soy más mala que esas vainas”, aseguró María Zabala, durante una conversación que nunca olvidaré, ya que ese día entendí el verdadero significado de la fortaleza, de la entereza y la valentía, todo conjugado en una mujer campesina, que debe ser tomada como ejemplo para todos los colombianos.

Después de la masacre en la que perdió parte de su familia, usted se vino a Montería como desplazada de la violencia. ¿Cómo fue ese proceso de adaptación?

En ese momento no nos atrevíamos a decir que éramos desplazados, teníamos eso escondido para no sentir el rechazo de la gente. A mí me tocó sola, pero yo creo en Dios y sé que después de pasar una cosa de estas, él es el único que le da a uno la fuerza para enfrentarse al mundo. No es fácil que usted se acueste bien y se levante al otro día con sus hijos en la miseria. Más de una persona me dijo que le diera mis muchachitos, pero yo tenía claro que no podía regalar a mis hijos, porque si quedamos juntos fue para salir adelante juntos. Mi núcleo familiar se unió más. Les decía a mis hijos que sí se podía, que el mal nunca es más fuerte que el bien. Esa fue la fuerza que me ayudó a salir adelante. Mi hija de 15 años se fue a trabajar, el de 12 también y yo me puse a vender peto y empanadas.

¿Cómo llegó al barrio Edmundo López en Montería?

Mi hija estaba haciendo el bachillerato aquí en Montería y nosotros le pagábamos a ella una habitación en Edmundo López: allí fue donde yo me refugié, en una situación que no era la mejor. Siempre he dicho que los perros de los ricos estaban en mejores condiciones que nosotros cuando llegamos aquí, porque había mucha lluvia y eso era agua por arriba y agua por debajo… estábamos en una casa de palma con piso de tierra. Los más grandes cargaban a los más pequeños, y yo, en embarazo, tenía que barrer el barro con los pies y tirar unos cartones para dormir, porque nos quemaron lo que teníamos, no nos quedó nada.

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Después de haber pasado esta tragedia, usted se convirtió en Mujer Cafam 2004, en un símbolo del desplazamiento en Colombia. ¿Por qué cree que se ganó este premio?

Por mi entereza. Yo nunca había ido a un plantel educativo, validé la primaria en un año porque necesitaba el cartón de quinto para hacer unos cursos de gestora de salud. Me fui convirtiendo en líder desde el momento en que llegué al sector San Cristóbal (en Edmundo López duré 6 meses), pues no había luz ni agua y le dije a las mujeres que hiciéramos una junta de acción comunal para conseguir estos servicios. Nos reunimos, creamos la junta, y aunque yo no sabía leer ni escribir, me propuse como fiscal… yo era el motor. Nos pusimos a trabajar enseguida, luego hicimos la ‘marcha del bloque’ para hacer un colegio y lo logramos.

¿Cómo nació Valle Encantado?

Después de lo de San Cristóbal, 27 mujeres creamos una organización llamada Musumesi. Tuvimos un plan rotatorio con el que les prestábamos a las mujeres 200 mil pesos, y para eso conseguimos que la corporación María Cano nos asesorara y nos ayudara a organizarnos. Así empecé un liderazgo y de ahí nace lo de las Mujeres de Valle Encantado, porque ya tenía una preocupación: había mucho desplazamiento. Eso fue en 1996. Convertí una casita de palma en un albergue para las mujeres y las familias desplazadas. Ahí empezamos a preocuparnos por varias cosas, por ejemplo, por el ‘pelao’ que habiendo hecho el quinto de primaria no tenía cómo ir al bachillerato. Yo soy campesina y trabajé para que las mujeres consiguiéramos un pedazo de tierra. Por eso se interesaron en postularme como Mujer Cafam. En ningún momento lo busqué, ni lo soñé, pero ha sido muy bueno porque eso me abrió muchas puertas. Sin embargo, no he sido ambiciosa. Cuando yo le toco la puerta a alguien es porque es un caso extremo, porque la guerra, si bien me quitó las vidas humanas y lo material, no me ha quitado mis valores. Yo no correteo políticos ni a nadie. Sí, ellos son personas respetables y dignas, pero yo, siendo campesina, también merezco respeto por lo que soy. Tengo dignidad y derechos que deben ser respetados.

Usted viajó a La Habana en representación de los desplazados y víctimas. ¿Qué les dijo a los guerrilleros?

Yo no tenía el viaje a La Habana en mi presupuesto y no sé quién me postuló. Me propusieron ir y dije que sí, tenía que decirles unas verdades a los que están allá, porque se merecen que uno les vea la cara y les diga qué se siente. Les dije que esperaba que ellos se pusieran en los zapatos de María Zabala, para que supieran cuánto dolor ha causado la guerra, que lo sientan y lo vivan, para que sepan cuánto duele la guerra. Me di esa satisfacción.

¿Cree en el proceso de paz?

Es una puertecita que se ha abierto. Cualquier camino que nos lleve a esa paz, que tanto anhelamos los que hemos padecido la guerra, nos debe hacer creer que es posible para que el país diga lo que digo yo: ¡basta ya! Lo que más quiero es que las cosas se den, pero que se den con igualdad de derechos, con igualdad de condiciones, porque si no hay equilibrio, el sistema se rompe por cualquier lado y no vamos a tener ni lo uno ni lo otro. Tenemos que concientizarnos de que tiene que ser una paz duradera y sostenible en el tiempo.

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Usted ha visto el desplazamiento desde hace muchos años y, con esos años, han cambiado las políticas y los programas de asistencia. ¿Cómo cree que el Estado viene atendiendo a la población desplazada?

Yo creo que al Estado se le ha salido de las manos esto, porque la Ley de Víctimas se ha quedado corta para que sea una ley efectiva, como queremos que sea. Sin embargo, los desplazados han recibido mucha atención, que en el momento en que yo me desplacé, no tuve. Para mí ha sido un avance, pero hay mucha tela por cortar para que esto sea una cosa integral.

¿Qué propondría usted?

Desde mi ignorancia les diría que estudien verdaderamente al campesino, porque no se hace nada con darle una vivienda urbana a él cuando esa no es su cultura. El campesino está enseñado a estar en el campo, por eso, el campesino para su tierra y el urbano para su ciudad. Por ejemplo: mi hija, la que nació y estudia en Montería, sí necesita una casa aquí, ella y su marido requieren un trabajo porque están desempleados. En cambio mis otros hijos, que son campesinos, necesitan una parcela.

En esta ciudad se vive del famoso rebusque, que la moto, que lavar aquí y allá… ¿le parece a usted que eso es una condición digna?, no, pero el desplazado se ha acostumbrado a vivir con la barriga llena y con la barriga vacía, con salud y sin salud, como sea. Lo que hacemos los desplazados es luchar para tener las cosas dignamente.

A mí no me gusta el asistencialismo y no estoy de acuerdo con esos programas de ayudas humanitarias, como Familias en Acción o la plata que les dan a los viejos, que tienen que hacer una cola larguísima para recibirla; no estoy de acuerdo porque no nos merecemos eso, nos merecemos tener una condición de personas, para que, como le digo, el campesino tenga sus burros, sus caballos, sus pescados, sus gallinas, para que cultive su maíz y con eso salga adelante y le traiga a los que están acá en la ciudad, esperando a que les llenen la despensa. Así todos estaremos tranquilos.

Se ha avanzado mucho en la transformación urbana de la ciudad, pero aún hay un rezago frente al componente rural. Montería tiene 400 mil hectáreas y su verdadera vocación y sus riquezas naturales están en el campo. ¿Qué propone usted para que en nuestra zona rural haya más oportunidades?

No es culpa de los dirigentes políticos, sino del mismo campesino, porque la gente no vota por el programa de los políticos, sino por el bolsillo. Si yo le recibiera a usted algo, ¿cómo voy a reclamarle porque usted no cumplió lo que prometió? Usted me va a decir que ya me ayudó. Si nosotros estamos allá en Las Palomas y necesitamos que nos pongan un colegio de bachillerato para que los niños no tengan que venir a Montería a estudiar, tenemos que exigirles eso a los dirigentes y decirles que somos tantas personas las que nos vamos a beneficiar y que trabajaremos de la mano del Gobierno, porque es el que nos representa. Así el dirigente sabe que cuenta con una comunidad que es honesta y que lo va a respaldar. Hoy es el colegio, mañana será el agro, pero la comunidad es la que tiene que tomar esa decisión, porque es la que ha padecido.

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Las Mujeres de Valle Encantado aún tienen una deuda con Incoder por la tierra donde viven…

He dicho que aquí estoy y aquí me quedo, porque esa deuda no es mi deuda, el Estado tiene una deuda mayor con María, porque me quitaron lo que yo tenía, principalmente a mi esposo y a mi hijo de 17 años. No he podido entender por qué los Castaño nos hicieron esto, por la ambición a la tierra, tal vez; nos hubieran dicho que nos fuéramos para otro lado, que querían la tierra… nos hubiesen dejado completos. Si me he parado yo sola, sin nada, ahora dígame usted si estuviéramos juntos, hubiésemos pasado menos trabajo. No nos han condonado esa deuda por falta de voluntad política, ya que somos víctimas de la violencia y del desplazamiento en el país, por eso perdimos lo que teníamos antes. Yo nunca hice papeles para reclamar lo que era de mis hijos, porque lo que tenía allá eran mis muertos, los saqué y no quiero más esa tierra, no la voy a pelear, yo quiero otra tierra que es la que ha estado en mis manos, en la lucha. Las víctimas no necesitamos que nos nombren por aquí y por allá, necesitamos solución a una problemática que tiene muchos años. Aspiro a que el presidente tome conciencia de eso y que le ponga voluntad.

¿Cómo hizo para superar su propio odio?

Entendiendo que tenía la muerte cerca, Dios me dejó con vida para hacer algo bueno. En ese momento, yo le vi el miedo a mis hijos en la cara, como pidiéndome que hiciera algo y, enseguida, rebajé esa altivez y esa rabia que tenía. Entonces le dije a Dios que si ahí no había más muertos, me entregaría a servirle por lo que me quedara de vida, porque mis hijos se merecían y se merecen todo. En ese momento temí por mi vida, supe que si me mataban, mis pelaos iban a quedar fregados. Aunque todos teníamos ganas de chillar, tomamos la cosa con entereza, recogimos los muertos y los sacamos de la candela. Me tocó a mí enterrarlos para que no se los comieran los animales… las paradojas que tiene la vida: yo los enterré y yo los desenterré.

Usted no sabe la lucha que yo he dado para levantar a mis hijos como hombres de bien, para quitarles ese odio que a mi hija de 15 le hacía decir que se quería ir con la guerrilla; yo le decía: ‘¿acaso la guerrilla es mejor que los paramilitares? ¡Todos matan! A ti te dolió lo que nos pasó, así le dolerá a otra persona lo que tú hagas, y si matas a otro, eres igual de matona’. Yo tengo que ser mejor que ese, porque las manos de ese son de destrucción y mis manos deben ser de bendición: de mi boca no debe salir una expresión para maldecir, sino para bendecir.