Si alguien le hubiera dicho hace cinco años a los habitantes de Batata, zona rural de Tierralta, que iban a producir energía eléctrica con cascarilla de arroz, probablemente se habrían reído.
Pero aquí están, con una planta funcionando en plena zona rural del Alto Sinú, demostrando que la ciencia no es solo cosa de laboratorios.
El cambio empezó cuando la Universidad de Córdoba decidió que era hora de llevar sus investigaciones sobre biomasa al territorio. Con financiación del Sistema General de Regalías y del Ministerio de Ciencia, construyeron en Batata una infraestructura que procesa residuos agrícolas mediante gasificación y los transforma en energía limpia.
“Antes quemábamos todo eso, no sabíamos que se podía aprovechar”, explica Ángel Darío Lobo, líder comunal del corregimiento. Ahora, cada año dejan de quemar más de 1.000 toneladas de desechos y evitan liberar 77 mil kilos de CO₂ al ambiente.
Pero la historia no termina en la planta. Durante tres años, investigadores y docentes de la Universidad recorrieron las veredas del sur de Tierralta capacitando a la gente. No fue un taller de relleno: fueron tres cursos certificados sobre gestión de residuos, energías alternativas y sostenibilidad. Formación real, con certificado universitario.
“No se trató solo de instalar tecnología”, dice Mario Sánchez, jefe de Investigación de la Unicórdoba. “Se trató de transferir conocimiento para que la comunidad sea autónoma”.
Y lo lograron. Hoy los operarios de la planta son del mismo corregimiento, la mantienen funcionando y ya planean cómo seguir aprovechándola. Jorge Mario Mendoza, director del proyecto, tiene claro que esto apenas empieza: “La planta va a seguir como laboratorio rural abierto, para más investigaciones sobre biomasa y educación ambiental”.
Batata pasó de ser un punto más en el mapa a convertirse en referente regional de innovación. Un lugar donde la energía que antes se perdía en humo hoy impulsa el futuro.





