Hace más de cuatro décadas se habla de la crisis en la prestación del servicio público de energía eléctrica en el Caribe. Sin embargo, el problema histórico no se limita a la energía. También ha estado presente, aunque con menor protagonismo, en los servicios de agua, alcantarillado y aseo. En realidad, el desafío abarca los servicios públicos domiciliarios, como también los niveles de desarrollo, la infraestructura, las obras inconclusas y las promesas que, durante años, han quedado pendientes con la región.
El Caribe sigue enfrentando brechas que otras regiones del país lograron superar hace décadas. No obstante, esa realidad no puede continuar determinando su futuro. Ha llegado el momento de ampliar la conversación y entender que el verdadero desafío consiste en construir una estrategia integral que permita liberar todo el potencial de una región llamada a ser uno de los principales motores económicos de Colombia.
Los siete departamentos de la Costa Caribe han soportado una deuda histórica en materia de desarrollo, pese a su enorme importancia geográfica, económica y política. Paradójicamente, el territorio con mayores oportunidades para liderar la transición energética también enfrenta algunas de las brechas sociales y de infraestructura más profundas del país.
Las condiciones para impulsar una transformación están dadas. El Caribe posee ventajas excepcionales para el desarrollo de energías renovables, la agroindustria, el comercio exterior, el turismo, la logística y la economía portuaria. Pocas regiones en Colombia cuentan con una combinación tan amplia de oportunidades. Sin embargo, esa riqueza aún no se refleja plenamente en la calidad de vida de millones de habitantes.
La pregunta es inevitable: ¿cómo explicar que una región privilegiada por sus recursos naturales continúe enfrentando altos niveles de pobreza, informalidad y desempleo? Parte de la respuesta está en que durante años se ha construyeron relatos centrados en las dificultades y los estereotipos, dejando en segundo plano la capacidad emprendedora, la resiliencia y el talento de su gente.
Por ello, la solución no puede ser aplicar las mismas fórmulas de siempre. Incrementar subsidios o adoptar medidas aisladas no resolverá un problema estructural que requiere transformaciones profundas y una acción coordinada entre Estado, empresas, líderes y comunidades.
Es necesaria una visión regulatoria que reconozca las particularidades de la región: los altos niveles de subnormalidad eléctrica que es un 92% del país, la pobreza e informalidad, las altas temperaturas que aumentan el consumo de energía, el crecimiento acelerado de la demanda y la necesidad de cuantiosas inversiones en infraestructura.
No se trata de otorgar privilegios al Caribe, sino de reconocer que un país diverso requiere políticas diferenciadas. El desarrollo de la región debe asumirse como un asunto estratégico para Colombia. Más que un destino turístico, el Caribe representa un territorio con la capacidad de impulsar una nueva etapa de crecimiento nacional.
Como lo ha planteado el presidente electo, Abelardo de la Espriella, la Patria Milagro comienza en las regiones. Y pocas regiones tienen tanto que aportar a ese propósito como el Caribe Colombiano. Es tiempo de corregir la historia.








