Durante el empalme territorial en Montería, el presidente electo Abelardo De la Espriella lanzó una idea que merece ser tomada muy en serio: “Aprovechando la biodiversidad que tiene Córdoba y Montería, aquí tenemos que hacer un Distrito Verde”.
Anunció, además, un proyecto de ley con la bancada de Córdoba para elevar a Montería a esa categoría y acceder a recursos del BID y de otros organismos multilaterales. La coyuntura no puede ser más favorable, con un presidente cordobés, ministros de la región en carteras clave y una banca multilateral dispuesta a financiar.
Y ahí quiero detenerme, en la lógica de construir, pues un distrito verde puede quedarse en lo que ya se anuncia – un puente peatonal turístico, un muelle, un mercado- y ser, apenas, una operación de paisaje y turismo financiada con crédito.
O puede ser otra cosa, mucho más ambiciosa, y convertirse en el vehículo institucional para instalar en el Caribe un modelo de competitividad basado en innovación, ciencia y desarrollo tecnológico. La diferencia entre una y otra, más allá de la biodiversidad, la define el conocimiento que le agreguemos.
Conviene recordar una distinción, de esas que son tan obvias que las olvidamos; la biodiversidad, la tierra fértil, el paisaje, son ventajas comparativas, las heredamos. La competitividad, en cambio, es una ventaja que se construye, y se construye agregando valor.
Un territorio que exporta su biodiversidad en bruto – como paisaje para el turista o como materia prima para otros- compite por precio y casi siempre pierde. Uno que la transforma con ciencia y tecnología compite por valor.
Y aquí una confesión, porque la crítica más útil empieza por casa. Hace unos años escribí, con entusiasmo, sobre el CRIIE Ninha – “sol” en la cosmología zenú-, un centro de investigación, innovación y emprendimiento que el gobierno nacional de entonces prometió sembrar en Cereté.
Acompañé, en el acto de lanzamiento liderado por la ministra de Ciencia, al gobernador Benítez, al alcalde Rhenals y celebré aquella luz. Pero Ninha nunca se construyó, la idea se quedó, como tantas, en el anuncio.
Lo cuento no para lamentarme, sino porque ese es justamente el riesgo que hoy hay que conjurar. No partimos de una base instalada, porque sin obviar a la calidad de investigadores que tenemos, para el concepto en mayúscula que aquí propongo, partimos de cero. Y un Distrito Verde puede correr la misma suerte de Ninha si se queda en la foto.
Ahora, que partamos de cero no es excusa, es la oportunidad de hacerlo bien desde el diseño. La NASA, en los setenta, sistematizó los Niveles de Madurez Tecnológica, los TRL, que son nueve peldaños que van de la investigación básica a la aplicación comercial.
Un Distrito Verde y Agroindustrial serio no es un edificio ni una marca; es la infraestructura – física e institucional- que permite recorrer esos nueve peldaños, al pasar de investigar la biodiversidad a producir con ella bienes de alto valor agregado, que el mundo quiera comprar.
El techo de esa escalera, tiene un nombre que ya conocemos como “Agro 4.0”. Nueva Zelanda digitalizó su sector agropecuario y hoy empresas como Livestock Improvement Corporation gestionan en tiempo real la genética y el bienestar de sus hatos.
Irlanda lanzó en 2018 una estrategia nacional de digitalización agroalimentaria, con financiación para soluciones tecnológicas, formación digital para los productores y un centro de innovación con proyectos piloto. Israel convirtió la agricultura de precisión y la biotecnología en referentes mundiales a punta de política de fomento al emprendimiento. Ninguno de esos países es más biodiverso que Colombia, pero todos son más competitivos porque decidieron competir con conocimiento.
Ese es el punto que no puede perderse de vista, y lo digo con la siguiente racionalidad de ajuste, primero el objetivo, luego la estrategia y solo al final la táctica. El objetivo – lo político- es un modelo de desarrollo que cierre brechas regionales y eleve a Colombia en la cadena de valor.
La estrategia es un distrito que sincronice ciencia, tecnología y agroindustria. La táctica es el proyecto de ley, el turismo, los recursos del BID. Cuando la táctica se persigue por sí misma, o sea, cuando el fin se vuelve “traer la plata del multilateral”, la estrategia se desdibuja y el objetivo se pierde.
¿Cómo se evita? Con lo que en su momento llamé sincronía, que no es otra cosa que la articulación real entre academia, empresa, comunidad y Estado. Un Distrito Verde y Agroindustrial no es una categoría tributaria ni un edificio; es un sistema.
Necesita el centro de investigación que Ninha prometió y no llegó, un ecosistema emprendedor que hay que fortalecer – el Colombia Tech Report viene mostrando que las startups del agro se atreven cada vez más-, empresas dispuestas a adoptar sensores, drones y procesos robotizados, y un Estado que financie, forme y abra datos, como hizo Irlanda. La biodiversidad es la materia; la innovación es el método; la competitividad es el resultado.
Y aquí está el salto que propongo para el país, no solo para mi departamento, porque Córdoba puede y debe ser el piloto, no la excepción. Si el Distrito Verde y Agroindustrial se diseña como un modelo replicable – una categoría de distritos del conocimiento anclados en la hélice cuádruple y en la ruta de los TRL-, cada departamento megadiverso de Colombia tendría un camino para transformar su riqueza natural en riqueza tecnológica. Dejaríamos de hablar de Colombia como país biodiverso, para empezar a hablar de Colombia como potencia de bioeconomía. Eso es una decisión de política
El presidente electo puso la idea sobre la mesa. Ojalá la tramitemos en su mayor estatura, y que el Distrito Verde no sea el color de una campaña, sino la base de una economía.
La biodiversidad como punto de partida, la ciencia como método, el desarrollo tecnológico como piso de la prosperidad y la competitividad como sello de nuestro futuro. Hace unos años, en Cereté, se anunció una luz que nunca alcanzó a encenderse. La biodiversidad sigue ahí, intacta, esperando. Esta vez no se trata de anunciar el amanecer, sino de construirlo.








