Un tal Simón de Cirene

Mario Sánchez Arteaga
36 minutos atrás

Pasado el mediodía del viernes previo a la Pascua, la ciudad empedrada de Jerusalén se estremecía en medio del bullicio y agitamiento entre la gente aglomerada en los bordillos de las calles empedradas. La atmósfera era bastante pesada y las arengas y reproches sacudían el ambiente.

Empujones entre hombres y mujeres para poder divisar el espectáculo de la crucifixión de tres hombres condenados a muerte. Dos, reconocidos ladrones y bandidos y un tal Jesús, oriundo de Nazaret.

Simón, procedente de Cirene, una región del norte de África (hoy Libia), en ese entonces con gran presencia judía, caminaba por las calles de forma curiosa, de paso, quizás de compras.

Pero la curiosidad mató al gato y en un pestañeo de ojos, quedó justo al frente de uno de los crucificados que llevaba en la cabeza una corona de espinas.

Aquel hombre, agobiado, golpeado hasta no poder por la crueldad del ejército romano, había caído varias veces con el madero que cargaba en su espalda (patíbulo), estaba exhausto a causa de los azotes y pérdida de sangre, extremadamente debilitado. Le llamaban Jesús; unos le gritaban elogios, otros ofensas e insultos.

Apenas unos días antes, este hombre coronado de espinas había sido recibido como un rey montado en un burro; ahora era tratado como un delincuente. Simón, el cirineo, quedó atónito, justo a la mirada solemne del Nazareno.

Un soldado romano agarró al cirineo y de un empujón le ordenó ayudarle a cargar el madero al condenado Jesús. Pudo haberse negado, no tenía velas en ese entierro, o simplemente no quería coger chibolo ajeno, como decimos castizamente en la costa, pero lo que Simón no sabría, es que no era casualidad su paso; ya estaba elegido por los designios divinos para que su nombre quedara plasmado en el libro más vendido y leído en la historia de la humanidad. La Biblia.

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¿Qué pensaría Simón en ese momento? ¿Desobedecería al soldado?, ¿ganarse unos latigazos de chévere por ayudar a un desconocido? ¿Se dejaría cautivar de la aureola de inocencia del coronado de espinas? ¿No tendría opción alguna a obedecer al romano?

El cirineo tomó el patíbulo y llevó sobre sus hombros junto a los de Jesús el madero hasta el Gólgota, donde sería crucificado el condenado. Según estudios arqueológicos, fueron unos 700 metros en subida de camino desde el lugar de la sentencia en aproximadamente una hora.

A paso lento, sufriendo un peso incómodo de alrededor de 50 kg en madera de pino, una distancia corta pero dolorosa, un tiempo no tan extenso pero sufrido. El condenado estaba en ayunas, arrestado desde la noche anterior, azotado en el máximo rango (entre 50 y 120), según historiadores romanos, para dejar plenamente debilitado al crucificado.

Los azotes fueron ejecutados con látigo corto y tiras de cuero; cada tira tendría unas puntas con bolas de plomo, fragmentos de hueso y puntas metálicas.

Esto ocasionaba abrir profundamente las heridas para producir pérdida de sangre, que en un hombre en ayunas lo debilitaría enormemente. Es por eso que los soldados romanos le ordenan a Simón ayudar al condenado nazareno.

Hablando en términos cristianos y de creyente, qué bendición la de este hombre, el único en ayudar a Jesús a cargar la cruz en todo el mundo. Simón no tenía ni idea de a quién estaba auxiliando. ¿Qué le habrá dicho Jesús en ese trayecto? ¿Se cruzaron miradas? ¿La sangre de Cristo quedaría en la piel de Simón? ¿Qué le diría Simón a Jesús mientras caminaban el viacrucis?

Como buen judío, guiado por sus antepasados, el cirineo, según la creencia, esperaba al mesías. No sabía que lo tenía enfrente, que lo estaba ayudando. Las escrituras dicen que Simón fue apartado por los romanos al llegar al lugar de la crucifixión.

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Probablemente, Simón estaría molesto porque fue obligado a cargar el madero de un condenado sin saber nada de él, o quizás habría sido tocado por la gracia divina y quedaría consternado por todo lo inexplicablemente vivido aquella tarde que salió a caminar por las empedradas calles de Jerusalén.

El extranjero cirineo que iba de paso, pero impredeciblemente quedaría inscrito sin quererlo en los evangelios Mateo 27:32, Marcos 15:21 y Lucas 23:26, se estaba convirtiendo en discípulo y testimonio de la profecía anhelada para el pueblo judío.

A nadie le gusta cargar una cruz, ninguno quiere cargar su propia cruz, mucho menos la de otro. Cuántas veces hemos sido un cirineo, ayudando a cargar el peso o cruz de algún conocido (familiar, amigo o compañero) sin saberlo, o cuántas veces nos hemos negado a ayudar a cargar otras cruces.

Cuando pasaron tres días de aquel acontecimiento, se regó el comentario de la resurrección de Jesús y poco a poco los apóstoles del nazareno lo fueron atestiguando. Fue entonces cuando Simón de Cirene se enteró a quién le había ayudado a cargar el madero; fue cuando dimensionó la bendición en su vida.

Según los datos de tradición oral indagados por historiadores, más no datos bíblicos, Simón regresaría a su natal Cirene, al norte de África, contando tan flamante historia.

Sus hijos Alejandro y Rufo son mencionados en el evangelio de Marcos y se cree que especialmente Rufo y su familia fueron miembros importantes y queridos en la comunidad cristiana de Roma, cuando San Pablo en Romanos 16:13 dice:“Saluden a Rufo, escogido en el Señor, y a su madre, que ha sido también madre para mí”.

Y todo esto gracias a que un tal Simón ayudó a cargar la cruz del hombre que dividió la historia en un antes y después, a quien aún no le encuentran sus restos mortales y la fe cristiana testifica como el hijo de Dios, el resucitado. Nadie aún puede comprobar lo contrario.

Felices pascuas