Durante años nos hicieron creer que la sostenibilidad era un lujo: un tema para ambientalistas o un eslogan de moda en las conferencias internacionales. Se hablaba de cuidar el agua, los bosques y los suelos como si se tratara de un asunto estético o moral, desconectado del desarrollo económico. Pero el tiempo y la evidencia se encargaron de demostrar lo contrario, sin sostenibilidad no hay futuro posible.
Cada vez que una comunidad protege su ciénaga, un agricultor tecnifica su cultivo o una empresa opta por energías limpias, no está deteniendo el progreso – como aún sostienen algunos negacionistas del cambio climático-, sino reinventando la forma de producir y de vivir. O quizás redescubriéndola, porque mucho de lo que hoy llamamos sostenibilidad ya lo practicaban los pueblos originarios, al producir respetando los complejamente perfectos ciclos de la naturaleza.
En Córdoba, ese cambio de mirada ya se siente en proyectos vivos de Socioecosistemas Biodiversos Familiares (ABIF), en el trabajo de GANACOR por una ganadería sostenible y regenerativa, en el liderazgo de la UPB en economía circular, en el impulso de la CVS a los Negocios Verdes y en las apuestas de URRÁ por las energías renovables. Todas ellas demuestran que la rentabilidad y el respeto por la naturaleza no se excluyen, se potencian.
El Foro Económico Mundial estima que los negocios sostenibles pueden generar más de 10 billones de dólares en oportunidades económicas al 2030. La sostenibilidad, entonces, dejó de ser un costo para convertirse en una inversión inteligente. Quien produce sin destruir, innova. Quien innova, prospera. Y quien prospera cuidando la vida, asegura su permanencia.
La sostenibilidad no es solo ecológica: también es social y económica. Tiene rostro de mujer rural, de jóvenes que regresan al campo con ideas tecnológicas, de comunidades que apuestan por el turismo de naturaleza, de cooperativas que agregan valor sin depredar. Es una nueva ética del desarrollo donde producir y conservar caminan juntos.
En esa dirección, Córdoba dio un paso decisivo al incorporar en su Plan de Desarrollo la meta de formular un Programa de Reducción de Emisiones (PRE), que articulará esfuerzos entre la Gobernación, la CVS y Conservación Internacional, con la posibilidad de vincular al Banco Mundial como cooperante técnico y financiero. La inclusión de este programa no fue casual, responde a una visión integral que entiende la sostenibilidad como un componente estructural de la competitividad, no como un anexo ambiental.
El PRE permitirá medir y reducir las emisiones, impulsar prácticas bajas en carbono y posicionar los productos del territorio en los mercados de sostenibilidad. Más que una acción climática, es una apuesta de desarrollo inteligente, que alinea al departamento con la meta nacional de reducir el 51 % de las emisiones para 2030, mientras abre la puerta a nuevos mecanismos de financiamiento y generación de créditos de carbono.
Colombia, y particularmente Córdoba, tiene todo para ser ejemplo de esa transformación, gracias a su biodiversidad, capital humano, creatividad y territorio. Pero hace falta decisión política y conciencia ciudadana para entender que el crecimiento del PIB sin equilibrio ambiental es una falsa victoria, y que el desarrollo solo tiene sentido si mejora la vida de las personas y protege la vida del territorio.
Según el Ministerio de Ciencia, la bioeconomía podría aportar más de 40.000 millones de dólares al PIB colombiano en 2030. Es una cifra que traduce la posibilidad de construir riqueza desde la naturaleza, sin sacrificarla.
La sostenibilidad no es un destino, es un proceso. Requiere coherencia, educación y propósito compartido. El propósito de crecer con sentido.
Al final de cuentas, de eso se trata el desarrollo: de garantizar que la vida tenga futuro.
Boris F. Zapata Romero
Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico





