Colombia, a través de Córdoba, no enfrenta solo una calamidad; enfrenta un test de Estado. La respuesta se mide en qué tan rápido protegemos vidas, qué tan bien reconstruimos medios de vida y qué tan seriamente decidimos reducir el riesgo para los próximos eventos. Porque los habrá, más frecuentes e intensos. En menos de ocho días, los reportes pasaron de alertas por lluvias persistentes a cifras de entre 120.000 y 140.000 damnificados, con afectación extendida en cuencas como Sinú y San Jorge.
Con ese panorama, tras ver tantas acciones memorables en especial de personas y empresas anónimas, hay que pasar a ver qué aprendemos para salir del agua y no volver a caer. La primera lección es incómoda. En territorios ribereños, o susceptibles de inundarse, el desastre no empieza cuando el agua entra, sino cuando la gente se queda, regresa demasiado pronto o subestima las indicaciones.
Por eso la prioridad inmediata debe seguir siendo la misma, es decir, cero muertes evitables. Esto se logra con procesos simples, apropiados y verificables, como evacuar cuando la autoridad lo indique, contar con refugios-albergues con logística mínima y sostener controles de movilidad. Cuando un puente se restringe, como pasó en Montería, no es una molestia sino una barrera contra la tragedia. En una creciente, la primera política pública es la coordinación y la disciplina social, no la improvisación individual.
A partir de ahí aparece la segunda lección, que es operativa. La ayuda sirve más cuando se convierte en sistema y no en un evento aislado. La movilización local y nacional es decisiva, pero el cuello de botella suele estar en la “última milla”, es decir, en el momento exacto de la entrega. Si no hay reglas claras, la solidaridad se pierde entre duplicidades y vacíos. Por eso se requiere un registro único de afectados, distribución por priorización (niñez, discapacidad, gestantes, adultos mayores) y trazabilidad para que el apoyo llegue a quien debe llegar, en el momento en que lo necesita.
Con todo, incluso una operación humanitaria impecable se queda corta si no se corrige el problema físico que hace recurrente la tragedia. Esa es la tercera lección, hidráulica y territorial. La Gobernación de Córdoba adelantó acciones como apertura y limpieza de caños para acelerar el drenaje hacia el mar, y ese tipo de decisiones conectan con experiencias internacionales, como el giro que dio Países Bajos al pasar de solo contener a darle espacio al río (Room for the River), combinando obras con recuperación de planicies de inundación para reducir picos de agua.
El equivalente para Colombia por supuesto no es copiar soluciones europeas, sino ordenar el territorio con ciencia, mapas de amenaza actualizados, control real de ocupación en zonas inundables y corredores de alivio hídrico donde el agua pueda expandirse con el menor daño social posible. Todos sabemos que el agua siempre buscará su camino, la diferencia está en si la obligamos a atravesar casas y escuelas, o si le diseñamos rutas seguras.
Esa discusión conduce a una cuarta lección, tal vez la más difícil, porque toca la vida cotidiana. Habrá hogares que no podrán volver al mismo punto. En Estados Unidos existen buyouts voluntarios, mecanismos de compra y reubicación de viviendas en zonas de alto riesgo, que funcionan como reducción permanente del riesgo, aunque exigen buena gobernanza y paciencia. Para Córdoba, y para otros departamentos afectados, vale la pena abrir un instrumento equivalente de reasentamiento voluntario, con suelo seguro, acceso a servicios y compensaciones socioambientales claras.
Finalmente, la quinta lección es resiliencia doméstica y productiva. En el Reino Unido se ha evaluado el apoyo a “property flood resilience”, adecuaciones para que una vivienda resista mejor y se recupere más rápido. Esto debe aplicarse también a escuelas, centros de salud y al ecosistema de microcomercios, que suele ser el primero en caer y el último en levantarse. Eso podría marcar la diferencia entre volver a empezar, para lo que somos expertos a la fuerza, y volver a funcionar, que es la meta real.
Cerrar esta emergencia, para volver más fuertes, exige un plan en tres tiempos. Primero, proteger la vida, sostener la logística de ayuda y reforzar la salud pública. Luego, reactivar ingresos (agro, comercio y empleos temporales de recuperación), mientras se repara infraestructura priorizada. Finalmente, reducir el riesgo de manera estructural mediante ordenamiento, obras, soluciones basadas en naturaleza y reasentamientos. Si Colombia lo logra, la frase “superar la situación” se convertirá en ejemplo de una política pública exitosa.
Boris F. Zapata Romero
Consultor en Competitividad, Innovación y Desarrollo Económico









