Relatos de un pueblo violentado con ganas de perdonar

🔊 Escuchar noticia Crónica de: GUSTAVO SANTIAGO SOTO El reloj marcó la 1:30 de la tarde, el sol estaba encendido, el silencio abrumaba, la gente hablaba en voz baja, las cantinas, estaderos y las tiendas no encendieron sus equipos de sonido. Ni siquiera un radio para escuchar noticias se sentía. El pueblo no estaba solo, estaba de luto, un duelo que hace 13 años cargan, con pena, dolor y ahora con perdón. El parque Olaya Herrera, clavado en el corazón del municipio de San Juan Nepomuceno, zona de los Montes de María, en el sur del departamento de Bolívar, fue
12 años atrás

Crónica de: GUSTAVO SANTIAGO SOTO

El reloj marcó la 1:30 de la tarde, el sol estaba encendido, el silencio abrumaba, la gente hablaba en voz baja, las cantinas, estaderos y las tiendas no encendieron sus equipos de sonido.
Ni siquiera un radio para escuchar noticias se sentía. El pueblo no estaba solo, estaba de luto, un duelo que hace 13 años cargan, con pena, dolor y ahora con perdón.

El parque Olaya Herrera, clavado en el corazón del municipio de San Juan Nepomuceno, zona de los Montes de María, en el sur del departamento de Bolívar, fue y sigue siendo testigo de los más horrendos pasos de la muerte, la masacre, la barbarie y paradójicamente ahora, del perdón y la reconciliación.

Esta zona verde, de diversión, descanso y sitio de encuentro de los ancianos para charlar y recordar viejas historias, fue escenario el pasado 28 de octubre de 2013, del acto conmemorativo a las 12 víctimas de la masacre de Mampuján y de la vereda Las Brisas, ocurrida en marzo del año 2.000 y ordenada por los entonces comandantes de las Autodefensas Edwar Cobo Téllez, alias “Diego Vecino”, y ‘Úber Banquéz’, alias ‘Juancho Dique’, hoy desmovilizados y postulados de la ley de justicia y paz.

Con base en la sentencia judicial donde fueron condenados los paramilitares por sus acciones en los Montes de María, uno de los más de 300 exhortos del fallo contemplaba la construcción, de un monumento en honor a las víctimas de las AUC y a la no repetición de actos violentos de ese grupo ilegal.

La tarima de cemento del parque Olaya Herrera de San Juan Nepomuceno estaba lista para atender magistrados de la sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá, delegados del Estado y al mismo desmovilizado jefe paramilitar, Edwar Cobos Téllez.

Dos grandes carpas blancas que garantizaban sombra a las sillas y flores del mismo color, esperaban la llegada de los invitados especiales, los familiares de los asesinados en esa sonada y despiadada masacre que acabó, no solo con la ilusión de los muertos, sino que ‘robó’ el alma de sus víctimas, desmoronó las esperanzas y la tranquilidad de gentes de bien de ese municipio costeño.

Esperaban ver cara a cara al verdugo, pero no llegó

El acto estaba preparado para iniciar a las 2:00pm, los minutos se acercaban, era poca la gente que llegaba al lugar. Los curiosos, pero en especial los adultos mayores, se sentaron en una esquina del redondel de cemento del parque Olaya.

Un frondoso árbol de caucho les refrescaba las historias. Salieron a relucir historias violentas, bromas y hasta discutían por temas de actualidad política y religión.

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Ellos sabían de la importancia del evento, pero querían pasar desapercibidos, contaban entre ellos y unos pocos foráneos, como hace años se paseaban los ‘paracos’ por el pueblo.

Pareciera que estuvieran preparándose para recordarle, gritarle y porque no, reclamarle a alias ‘Diego Vecino’ y a alias ‘Juancho Dique’, por sus acciones violentas que acabaron con la paz del pueblo.

‘Corre Dionisio, que te coge Juancho Dique’, expresó con tono sarcástico y de broma, una gruesa mujer que con gafas oscuras sorprendió por la espalda a Dionisio, un señor de 72 años que rodeado de no menos de 10 amigos de su edad, era quien levantaba la voz a la hora del relato histórico de la masacre de Mampuján.

A la derecha del miso redondel del parque, distante de la multitud de sillas, una mujer que aparentaba tener 48 años de edad, vestida de falda larga, creyente y evangélica, decía entre dientes, “Dios es quien perdona, y nosotros podemos seguir sus pasos, pero quiere verle la cara a ese señor”.

Me senté a su lado, sus manos estaban sudorosas, y no dejaba de manipular dos monedas de 200 pesos. Era como si estuviera nerviosa. Sin tener un estetoscopio, ponerle la mano en el pecho, o tomarle el pulso, supe que estaba intranquila.

Su mirada profunda y confundida entre pensamientos de la historia trágica de la masacre de Mampuján y el acto de perdón que se retrasaba unos minutos, la delataron.

Ella era Olga, a secas, quien demostrando la comprensión de la biblia, su fiel compañía, no dudó en afirmar, “allá se perdió lo más grande que el ser humano puede tener, la tranquilidad, la paz y la confianza”. Las palabras se acabaron, no cabían más frases, fueron espontáneas, sinceras y resumen el sentimiento de los campesinos sanjuaneros.

“Allá dormimos, con un ojo abierto y otro cerrado”, narró Olga. ¿Pero por qué, si allá no hay dominio de grupos ilegales?, pregunté. “¿Acaso cuando nos mataron a los 12 en Mampuján había grupos armados?

Y continuó relatando. Fue contundente, me silenció, la comprendí y me reveló que las muestras de paz, de solicitud de perdón, como las que estaban a punto de iniciar, servían para aliviar el dolor inocultable y eterno de la muerte de un familiar querido, pero no para olvidar.

Minutos después, y fastidiada de los cuentos de Dionisio, con el que discutió por conceptos de fe cristiana, creencias y costumbres de la religión católica y evangélica, Olga se levantó y se sentó en una de las sillas blancas, esperando ver la cara de su victimario que nunca llegó.

“Así es que la gente debe morir; de viejo”

El reloj marcó las tres de la tarde, el evento con una hora de retraso, inició. El sol seguía erguido y se posaba con toda su fuerza sobre un toldo de color blanco que cubría el monumento que entregaba el extinto bloque ‘Héroes Montes de María’ de las Autodefensas, como señal de perdón, de reconciliación y no repetición.

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El ex comandante de las Autodefensas, Edwar Cobos, no fue conducido por el Inpec al parque Olaya Herrera, de San Juan Nepomuceno.

El monumento lo descubrieron varias mujeres del pueblo víctimas de la violencia de ‘Diego Vecino’ y ‘Juancho Dique’.

Es un mulo, cargando un campesino, que a lado y lado lleva dos costales de ñame, sus abarcas tres puntá, en el cinto, su machetilla que descansa en la vaina. El rostro del hombre sobre el mulo, es de un labriego veterano, en el que se notan las grietas de la vejez, la seriedad y la pujanza del hombre sanjuanero.

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El monumento fue rodeado con las flores blancas del evento, todos los familiares de los asesinados rodearon un largo y vertical pendón, donde posaban las fotografías de sus seres queridos que jamás serán olvidados.

En el discurso fallido que tenía preparado el ex comandante de las AUC, Edwar Cobos Téllez, para las víctimas describe el monumento como, “Un símbolo de recordación permanente a las víctimas de la violencia en manos de grupos al margen de la ley. Así mismo, será un sitio de recogimiento espiritual y de visita permanente para ofrendar a los ausentes que cayeron en manos del paramilitarismo que azotó en otrora a los Motes de María dejando a miles de niños huérfanos, mujer viudas y madre destrozadas”.

Los curiosos empiezan a desalojar el parque, el grupo de ancianos que todo lo cuestionaban y relataban sus historias, guardaron el libro mental de los recuerdos para una próxima oportunidad.
Mientras tanto, Olga, sacudió su larga falda, aferrada a su biblia, y sus dos monedas de 200 pesos, exclamó, “yo perdono a esos señores, pero quería verles la cara para saber si lo hacían con sinceridad”.

Las víctimas se retiraban del parque Olaya, el pueblo seguía en silencio, no se escucharon llantos, muy pocas lagrimas desbordaron los ojos de hombres, mujeres y niños, que recordando a sus familiares afloraban tristeza y duelo, el mismo que se confundió, minutos después con un nutrido sepelio.

“Así es que la gente debe morir, de viejo y cuando Dios disponga, no cuando el hombre quiera…no es verdad”, atinó a decir Jorge, un humilde y exigido campesino de la zona rural de San Juan Nepomuceno, que mantenía sus ganas de llorar abriendo la boca, mirando el monumento y las fotos de sus amigos y familiares asesinados, como si se estuviese riendo. A lo mejor quería recordarlos con felicidad para aliviar las heridas de su envejecido corazón.